Batú y su ejército tardan una eternidad en aparecer. La ciudad de Ye ha enviado a diez exploradores a reconocer los alrededores, y en varias ocasiones encuentran rastros del ejército mongol, pero no importa dónde se detengan, nunca permanecen mucho tiempo. Toman rutas sinuosas y enrevesadas para confundir al ejército de Ye, impidiéndoles saber cuándo comenzará realmente la batalla.
—¿Qué están esperando? —Duan Ling contempla el mapa con el ceño profundamente fruncido.
—Esperan el momento oportuno para atacar —responde Wu Du—. Y en cuanto a qué momento es ese, solo ellos lo saben.
El clima es caluroso y sofocante. Capas de nubes oscuras y pesadas se arremolinan en el cielo; parece que se avecina otra gran tormenta. No es una buena señal: Duan Ling está de pie sobre la muralla, observando el horizonte. Si esa lluvia termina por desatarse, las torres de señales que mandó construir entre Ye y Hejian no funcionarán. Las señales de humo no sirven una vez que la lluvia las empapa.
Mover al ejército y librar una batalla en el lodo también se volvería mucho más difícil. Y si los mongoles decidieran atacar la ciudad justo entonces, pondrían a Ye en una posición sumamente vulnerable.
Sopla un viento inusualmente fuerte. La primera torre de señales está cerca, y dentro de la ciudad muchos milicianos practican tiro con arco. Wu Du seleccionó a varios hombres en su mejor edad y asignó a cinco centuriones y veinte decanos del ejército de Ye para guiarlos en un entrenamiento básico. Con eso, lograron sumar unos dos mil hombres más a sus filas, pero apenas han tenido tiempo para entrenar, así que en realidad no son de mucha utilidad.
Esa es la ventaja de recurrir a su propia gente: al menos no surgirán verdaderos conflictos con su incorporación. Sin embargo, Duan Ling no cree que esta milicia pueda enfrentarse cara a cara con los mongoles. Lo único que pueden hacer es proteger la ciudad, apostarse en lo alto de las murallas y tratar de intimidar al enemigo.
—¿Cuándo crees que vendrán? —pregunta Duan Ling.
—Mañana es el aniversario de la muerte del emperador —responde Zheng Yan, sin contestar en realidad la pregunta.
—Sí. —La atención de Duan Ling estaba dispersa—. No me había dado cuenta de que han pasado dos años. ¿Cómo conmemora su majestad el aniversario cada año?
—Lo único que puede hacer es lamentarse en el palacio —contesta Zheng Yan—, ¿de qué otra forma?
Duan Ling asiente. De pronto ve a Wu Du regresar a la ciudad con cerca de cien hombres.
—¿Saliste de la ciudad? —grita Duan Ling.
—¡Baja de ahí! —le responde Wu Du alzando la vista—. ¿Qué haces parado en la muralla? ¡Está demasiado alto!
Las dos últimas noches Wu Du no ha vuelto a casa, y Duan Ling no tiene idea de dónde ha estado; quizá reconociendo los movimientos de los mongoles. Duan Ling baja de la torre y ordena a los guardias que abran la puerta.
Pero Wu Du no entra en la ciudad.
—Estoy preparado. No te preocupes. Vuelve a la residencia. Pronto lloverá, y voy a inspeccionar las torres de señales. Anda, vuelve a casa.
Dos días sin ver a Wu Du han hecho que Duan Ling lo extrañe mucho. Pide un caballo y cabalga tras él.
—¡Iré contigo!
Wu Du quiere hacer que Duan Ling regrese, pero tras pensarlo un momento, le dice:
—Ven.
Así, Duan Ling y Wu Du terminan compartiendo un solo caballo, mientras Zheng Yan se queda a resguardar la ciudad. Juntos, los dos parten con sus aproximadamente cien soldados para inspeccionar las torres de señales.
—¡Arriba! —le grita Wu Du a los soldados al pie de una de las torres—. ¡Cabeza en alto! ¡Pronto va a llover!
Los combustibles de encendido y la leña para las señales de humo ya están listos. Cuando empiece a llover, los soldados deberán meterlo todo bajo un cobertizo para que no se moje. Ambos recorrien una a una, inspeccionando seis torres en total. De vez en cuando, Duan Ling alza la mirada, preocupado de que pueda surgir algún contratiempo.
—Ojalá tuviéramos halcones exploradores como los de los mongoles —dice Duan Ling—. Incluso unas simples palomas mensajeras servirían.
—Tu padre me dijo una vez —responde Wu Du— que ellos tienen arqueros entrenados para cazar aves, precisamente para eso: derribar palomas mensajeras. ¿Tienes frío?
Ha comenzado a soplar un vendaval, y nubes oscuras se ciernen sobre la ciudad. En la vasta llanura, Wu Du despliega una capa y la envuelve alrededor de sí mismo y de Duan Ling. El borde de la tela ondea al viento, y su caballo de guerra los lleva a ambos hacia el horizonte.
—Va a llover —dice Duan Ling—. De verdad espero que no ataquen justo ahora.
—Aunque vengan, estaremos bien, no te preocupes. ¿Por qué quisiste venir de pronto? ¿Me extrañabas?
Duan Ling estira los brazos y lo rodea por la cintura desde debajo de la capa, presionando su cuerpo contra el de él.
—¿Crees que podamos ganar esta batalla?
—No vamos a perder —responde Wu Du—. Este es el feudo de tu padre. Él está allá arriba, en el cielo, velando por nosotros.
Sin embargo, el cielo sobre ellos está cubierto de capas y capas de nubes oscuras, que no hacen más que espesarse con el paso del tiempo, surcadas de vez en cuando por un relámpago. Wu Du tira de las riendas y detiene al caballo.
—Ya empieza a llover. Volvamos por hoy. Mañana revisaré el resto.
Wu Du silba. Los soldados giran al unísono y todos emprenden el regreso a la ciudad. No sabe por qué, pero Duan Ling tiene un presentimiento muy fuerte: Batú atacará hoy.
—¡Informe! —grita un soldado que corre en su dirección—. ¡El señor Sun Ting ha regresado!
El corazón de Duan Ling se le sube de golpe al pecho.
—¡Vamos! ¡Rápido!
—¡Informe! —grita otro soldado cuando están a menos de cuarenta millas de Ye—. ¡Tenemos noticias de los exploradores! ¡El ejército mongol ha aparecido a cien millas de distancia, avanzando hacia Ye!
¡Por fin han llegado!
Un trueno retumba con fuerza en el horizonte, y enseguida comienza a llover a cántaros. Duan Ling grita:
—¡Están viniendo! ¡Rápido, que alguien lleve un mensaje a Hejian!
Wu Du ajusta su capa y cubre tanto a Duan Ling como a sí mismo. Bajo la capucha empapada, su rostro, apuesto y frío, queda apenas visible mientras azuza su caballo a todo galope en la lluvia torrencial.
Ye yace envuelta en sombras. Los truenos rugen, los relámpagos iluminan el cielo: ha llegado la última tormenta antes del otoño.
—¡Todos a sus puestos! —grita Wu Du en cuanto entra a la ciudad—. ¡Prepárense para la guerra! Cuando esta batalla termine, ¡vamos a echar a todos los mongoles de vuelta a su tierra!
Varios de sus subordinados se dispersan de inmediato para movilizar a las tropas. Duan Ling no sabía que Wu Du ya había conseguido ganarse la obediencia del ejército de Ye, y lo mira con asombro.
—¿Por qué estás sonriendo? —pregunta Wu Du.
—Por nada. ¿Vas a salir a combatir ahora?
—Vamos a dividirnos para tenderles una emboscada, así que puede que no regrese esta noche. Volvamos primero a ver a Zheng Yan —dice Wu Du.
Encuentran a Sun Ting esperando en la residencia del gobernador, y en cuanto ve a Duan Ling, se hinca sobre una rodilla.
—¡Señor gobernador, señor comandante, cumplí con mi misión!
Al oírlo, a Duan Ling casi se le doblan las piernas. Apoya una mano en la esquina de una mesa para no caer y, sin aliento, dice:
—Eso es… maravilloso… maravilloso.
Cuando Han Bin recibió la carta que Sun Ting llevaba consigo, las cosas resultaron exactamente como Duan Ling había previsto. El ejército mongol había enviado varios halcones mensajeros, y estos llevaron la solicitud directamente a Ögedei. Por su parte, Ögedei también había despachado tropas en apoyo de Batú.
Pero Han Bin actuó sin titubear y tendió una emboscada a los mongoles a las afueras de Yubiguan, batalla en la que Sun Ting también participó. Lograron hacer retroceder al enemigo y, además, cortar la ruta que conducía a Ye. Con la misión cumplida, Sun Ting regresó a toda prisa y llegó a Ye un día antes de lo previsto. Es muy probable que, en este momento, las fuerzas mongolas donde se encuentra Batú aún no hayan recibido la noticia: sus refuerzos no van a llegar.
O quizás ya lo sabe, y por eso va a desafiar la lluvia para atacar la ciudad.
—Lo hiciste muy bien —le dice Duan Ling a Sun Ting—. Ve a descansar un poco.
—Fue gracias a su carta, mi señor. Después de leerla, el general Han no me hizo ni una sola pregunta; salió de inmediato a reunir las tropas para la batalla.
Duan Ling asiente, tranquilo. Sun Ting continúa:
—¿Vamos a entrar en guerra ahora? ¡Quiero estar en la vanguardia por usted, señor gobernador!
—No —responde Wu Du mientras despliega el mapa—. Tú te quedas en la ciudad como apoyo.
Luego se vuelve hacia Duan Ling y le señala sobre el mapa:
—Estaremos aquí, aquí y aquí. Vamos a emboscarlos en estos tres puntos.
Zheng Yan también está presente. Echa un vistazo al mapa antes de decir:
—Esta noche llueve, y no parece que vaya a parar pronto.
—Ya envié un mensajero para avisar a Qin Long —dice Wu Du—. Pueden llegar en una noche a marchas forzadas. Yo lideraré las tropas fuera de la ciudad y montaremos las emboscadas. Cuando el ejército mongol llegue, atacaremos por la retaguardia sin previo aviso. Ustedes se quedan en la ciudad. No hagan absolutamente nada. La milicia se encargará de defender haciendo ruido y engañándolos.
—Será mejor que esperes a que lleguen los refuerzos de Qin Long antes de atacar —dice Duan Ling.
—No podemos poner todas nuestras esperanzas en él. —Wu Du se da la vuelta. Duan Ling lo sigue hasta el patio. Un nuevo relámpago cruza el cielo, iluminando la noche y proyectando sus siluetas sobre el suelo.
—¡Llévate a Benxiao! —dice Duan Ling.
Se detiene y toma la mano de Wu Du. Con la espalda aún vuelta hacia él, Wu Du también se queda quieto.
—Por favor, cuídate mucho —le dice Duan Ling.
Wu Du se gira y baja la cabeza hasta que su frente toca la de Duan Ling. Luego se inclina y le da un beso en los labios.
—Aguarda mi regreso —le dice Wu Du.
La lluvia cae como un telón opaco, empapando la tierra como si quisiera apagar todas las señales de humo del mundo, borrar todos los pecados del reino mortal, arrastrar rencores y enemistades –antiguos y nuevos–, y lavar la noche por completo para recibir el amanecer de un nuevo día.
—¡Los mongoles vienen!
Dong, dong, dong…
Empiezan a sonar los gongs, y todos los milicianos corren hacia las murallas de la ciudad, mientras Wu Du lidera al ejército por la puerta norte. Azuza a Benxiao y galopa al frente; los cascos del caballo levantan salpicaduras de agua como una ola continua. Con un silbido, los soldados que lo siguen se dispersan, tomando las rutas preestablecidas hacia los puntos planeados para la emboscada.
Afuera, el bullicio resuena por doquier. Duan Ling permanece en la residencia, con la respiración entrecortada, incapaz de evitar que su mente vuelva a la noche en que cayó Shangjing. También fue una noche lluviosa como esta, igual de ruidosa.
Zheng Yan está de pie detrás de él, con las manos a los costados, vestido con una túnica de artista marcial color rojo oscuro. Baja la mirada mientras se pone los guantes.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta Duan Ling.
—Ni idea. Wu Du me pidió que garantizara tu seguridad. ¿Tú no sabes qué hacer?
—¿Podemos mirar desde la torre de la puerta? —pregunta Duan Ling.
—Por supuesto. ¿Qué armas usas? Aún no te he visto en combate. ¿Sabes manejar alguna?
Duan Ling se cambia a ropa más ligera, arremangándose para disparar con más facilidad. Se cuelga un arco largo a la espalda y se ata una espada al cinturón. El trueno retumba y la lluvia cae a cántaros. Ambos salen corriendo de la residencia del gobernador en dirección a la torre de la puerta.
Bajo la torre, los milicianos que se preparan para la batalla se empujan unos a otros entre el alboroto. De vez en cuando, alguien grita:
—¡Traigan el brasero para encender el fuego!
—¿Dónde está el aceite?
—¡Está lloviendo demasiado! ¡No consigo encenderlo!
—¡El gobernador está aquí! ¡Abran paso! —grita Zheng Yan con voz potente.
La gente a lo largo del camino se alinea rápidamente por voluntad propia. Duan Ling alza la voz:
—¡¿Dónde están los arqueros?! ¡Vengan conmigo!
Un centurión desciende apresuradamente para recibirlo.
—¡Mi señor! ¡Hace demasiado viento! ¡No podemos disparar!
Wu Du ha dejado un centenar
Wu Du ha dejado un centenar de arqueros en la ciudad y se ha llevado al resto de las tropas. Ahora mismo, aparte de esos arqueros, los únicos soldados dentro de las murallas son los milicianos. Bajo la guía del centurión, los arqueros se alistan y suben a la torre.
Cuando Duan Ling comienza a subir la escalera, casi lo derriba la ventisca; sopla con tanta fuerza que la lluvia parece estar en horizontal.
«Cuídame, padre», se dice en silencio.
—¡No subas! —grita Zheng Yan—. ¡El viento nos da de frente! ¡Es demasiado peligroso! ¡Cuidado con las flechas perdidas!
—¡No hay nada que temer! —responde Duan Ling—. ¡A lo alto de la torre!
Zheng Yan no tiene más remedio que sujetar a Duan Ling y arrastrarlo escaleras arriba.
Con su llegada, el viento arrecia y las nubes se abren paso; al sonar los gongs, un antiguo y majestuoso tifón atraviesa los cielos, sus ráfagas se extienden desde el firmamento hasta la tierra, empujando con furia capas de densas nubes de lluvia hacia el oeste. En un instante, el viento del Este lo domina todo, y bajo la mano de esa deidad, la lluvia y las nubes retroceden sin cesar.
Cuando Duan Ling pone un pie en lo alto de la torre, el mundo se ilumina de pronto. La tormenta, arrastrada por el viento enfurecido, se desvanece, y en el cielo nocturno aparece una cinta resplandeciente como brocado: la Vía Láctea, centelleando en el horizonte.
—¡Enciendan las señales! —grita Duan Ling al darse cuenta de que la lluvia ha cesado. ¡Aún hay esperanza!
Los gongs suenan de nuevo.
Dong, dong, dong…
El ejército mongol avanza hacia Ye como una marea incontenible.
El viento va amainando poco a poco. Duan Ling sube a la torre de la puerta, con los extremos de su túnica ondeando bajo una brisa suave.
Sobre su cabeza se extiende un radiante río de estrellas, revelado tras el paso de las densas nubes de tormenta; bajo sus pies, la tierra está cubierta de charcos.
—¡Llegas demasiado tarde! —dice Duan Ling lo primero que quería decir. No sabe cuál de los soldados mongoles allá afuera es Batú, pero está seguro de que debe estar ahí, al pie de las murallas.
Desde el ejército mongol se escucha una orden, seguida de un largo grito y el sonido uniforme de armas siendo envainadas. Todos dan un paso atrás.
Un joven general mongol se adelanta a caballo, deteniéndose frente al ejército. Se empuja hacia arriba el borde del yelmo, dejando al descubierto el apuesto rostro de Batú.
Batú va completamente cubierto de armadura, y con una larga lanza en la mano, se detiene a caballo ante las puertas de la ciudad.
—Siempre llego un paso demasiado tarde —dice Batú—, pero esta vez, parece que aún hay tiempo.
Pero de pronto, un sordo estruendo sacude la plataforma elevada en el centro de Ye: una llama gigantesca se alza hacia el cielo, iluminando la tierra en un radio de diez millas. La luz y el calor de la señal toman por sorpresa al ejército mongol, que retrocede instintivamente.
Batú tira con fuerza de las riendas de su corcel de guerra y da un paso atrás.
En cada uno de los incontables charcos formados por los cascos de cinco mil caballos se refleja el resplandor de las estrellas en el horizonte. Al final de aquél Río de Plata, pulsa una luz ardiente, como un fuego furioso capaz de arrasarlo todo.
En la lejanía, las torres de señal comienzan a encenderse una tras otra, iluminando la larga noche.
Cada torre que se enciende traza una ruta en espiral, como un camino serpenteante que asciende hacia el cielo y se pierde en la distancia. Los soldados mongoles murmuran entre ellos; no es la primera vez que ven algo así: el día que las señales ardieron a lo largo de la Gran Muralla fue también el día en que los dos grandes ejércitos de sus naciones se enfrentaron cara a cara.
Las densas capas de nubes que cubrían el cielo se han disipado por completo, como si una mano celestial las hubiese apartado con gracia; y al otro lado de la línea entre la vida y la muerte, el espíritu de la guerra que vela por estas tierras parece avanzar hacia ellos por ese camino celestial de señales encendidas.
«¡¿Quién osa invadir mi territorio y amenazar a mi hijo?!».
Batú gira la cabeza y lanza órdenes a viva voz a su ejército.
Los soldados mongoles tensan los arcos, prenden fuego a sus flechas y apuntan hacia el centro de la ciudad.
—¡Retrocede! —grita Batú hacia la torre, con el rostro frío e imperturbable—. ¡No quiero matarte por accidente!
Pero Duan Ling no muestra ni una pizca de temor. También tensa su arco y apunta directamente a Batú.
—Si quieres tomar Ye —grita Duan Ling—, tendrás que hacerlo sobre mi cadáver.
Batú ruge con furia:
—¡Fuego!
Ambos bandos disparan sus flechas al mismo tiempo.
—¡Hombres, al combate conmigo!
—¡Carguen!
Fuera de la ciudad de Ye, las tropas en emboscada lanzan su primer ataque: ¡Wu Du encabeza la carga!
La punta de la flecha de Duan Ling brilla con el resplandor de las estrellas sobre su cabeza y con las llamas de la gran señal encendida a sus espaldas; marca el camino para el centenar de flechas que los arqueros disparan desde lo alto de la muralla, cayendo sobre el ejército mongol como una lluvia torrencial.
Mil flechas en llamas se alzan desde las tropas mongolas, iluminando a Batú asediando la ciudad con su ejército; iluminando el rostro de Duan Ling, erguido en lo alto de la torre de la puerta.
Las puntas de flecha de ambos bandos arden como diez mil estrellas fugaces cruzando el cielo en un instante, encendiendo por completo la noche.
En el Séptimo del Séptimo, las miradas de Duan Ling y Batú se encuentran desde lejos. Todo lo demás en el mundo parece desvanecerse, y solo ellos dos permanecen, de pie a cada lado de un río inmenso, contemplándose en la distancia.
No saben en qué momento este río rugiente y furioso se abrió paso entre ellos, relegándolos sin piedad a orillas opuestas del mundo mortal, condenándolos a no volver a encontrarse.
Séptimo del Séptimo; rencores antiguos, agravios recientes, ¿qué lamento tan cruel?
Séptimo del Séptimo; aborrece este mundo, donde rara es la ocasión de vernos y tan frecuente la de separarnos, por toda la eternidad.
En el Palacio de la Danza Epang, las bailarinas danzaban con largas mangas ondeantes;[1]
en el afamado Jardín Jungu, torres de jade se alzaban hacia el cielo;[2]
los botes imperiales que recorrían los diques Sui pasaban junto a una hilera de sauces plantados.[3]
Mirar atrás me duele, y el viento del este vuelve a alzarse; solo las flores silvestres florecen tan tarde en esta primavera desolada.
La consorte Yu se suicidó en la costa de Wujiang;[4]
las llamas de la guerra ardieron una vez en el Acantilado Rojo;[5]
un general murió de viejo protegiendo en vano el Paso Yumen.[6]
Pensar en los años de guerra me entristece, en todos aquellos que vivieron en su miseria; todo lo que un erudito puede hacer es lanzar un suspiro nostálgico.[7]
Fin del libro 3: El viento del Este se levanta
[1] La construcción del Palacio Epang comenzó en el 212 a. de C. bajo las órdenes del primer emperador de China. La construcción nunca se completó.
[2] El Jardín Garden fue construido por el comerciante Shi Chong durante la dinastía Jin del Oeste. Murió ejecutado después de ser inculpado por traición, y todas sus riquezas, incluso el Jardín Jungu, fueron confiscadas por el Estado.
[3]El emperador Yang de Sui construyó canales y plantó sauces en sus orillas. Esta línea habla de su recorrido por ellos.
[4] Esa famosa Consorte Yu de Adiós a mi concubina.
[5] Esto se refiere a esa famosa batalla durante el periodo de los Tres Reinos.
[6] Específicamente, este general Ban Chao que murió de viejo protegiendo el Paso Yumen. Pero no murió exactamente ahí, sino un mes después de retirarse en Luoyang.
[7] “Reminiscencia”, un poema de Zhang Kejiu de la dinastía Yuan. Él es ampliamente considerado como el “Li Bai” del género sanqu.
