Aunque extraña a Lang Junxia, Duan Ling ha ido comprendiendo algo: tal vez si su padre no hubiera venido, Lang Junxia no se habría marchado.
Algunos vendrán y otros se irán, es como Lang Junxia lo describió. No se pueden tener todas las cosas buenas que pasan en el mundo; uno siempre tendrá remordimientos, de una forma u otra.
Muchas cosas parecen haber sido preparadas para él por el mismísimo cielo.
No sin asombro, Duan Ling se da cuenta de que si alguna vez tiene preguntas sobre alguno de los libros que está leyendo, siempre que se las plantea a Li Jianhong, éste casi siempre puede responderlas. Además, aunque sus respuestas son totalmente diferentes a las del director, no contradicen sus otras interpretaciones, por lo que Duan Ling no tiene más remedio que dejarse convencer.
—Papá, ¿no me dijiste que no tuviste muchos estudios?
—La vida es limitada, el conocimiento es ilimitado[1] —contesta Li Jianhong—. ¿Quién puede decir de verdad que es culto? Todo lo que uno puede aprender son retazos. Cuanto más sabes, menos entiendes.
Duan Ling solo comprende a medias, pero asiente de todos modos. Hoy lleva un rato hojeando sus libros y vuelve a preguntar:
—Papá, Confucio dijo que «un caballero venera tres cosas». ¿Qué significa eso?
—Primero, venera al destino; segundo, venera a la clase dirigente; tercero, venera las palabras de los sabios. Un desgraciado que no conoce la inevitabilidad del destino no sabría que debe venerarlo.
—Venerar no significa temer. —Li Jianhong da una improvisada explicación mientras mira al patio—. Significa respetar. Solo honrando el destino se puede encontrar refugio.
—¿Y qué significa el destino? —pregunta Duan Ling.
—Todo el mundo tiene algo que debe lograr en su vida, y eso se decide desde el mismo momento en que nace. Algunos nacen para ser agricultores, otros para luchar en guerras, otros para ser emperadores. Hay todo tipo de destinos, infinitamente distintos.
—¿Pero cómo voy a averiguar cuál es mi destino? —Duan Ling hace otra pregunta.
—Tiene mucho sentido que no lo sepas. —Li Jianhong deja su tazón y lanza un suspiro—. Papá tampoco lo sabe. Independiente a los treinta, seguro de sí mismo a los cuarenta, conocedor de su destino a los cincuenta, decía Confucio. Se supone que no debemos averiguarlo hasta los cincuenta.
—¿No es demasiado tiempo? —Duan Ling no sabe si reír o llorar.
—Sí. Nos pasamos la primera mitad de nuestras vidas dando tumbos en la oscuridad sin saber qué se supone que tenemos que hacer: es una auténtica pérdida de tiempo.
Li Jianhong se levanta y sale de la habitación, pero Duan Ling sigue pensando en lo que le dijo su padre; él le parece mucho más interesante que sus profesores.
Pero pronto Li Jianhong vuelve a pasar por delante de su puerta. Afuera está lloviznando y Li Jianhong se ha puesto una capa. Lleva un fardo en una mano.
—¿No tienes que ir hoy al Salón Ilustre? ¿Quieres seguir yendo a la escuela?
—¡Oh! —Duan Ling recuerda ahora: hoy es el día en que recogerá sus papeles. Podrá recoger el último ensayo que escribió en el Salón Ilustre y conseguir que el director se lo selle para poder entregarlo en el Colegio Biyong. Casi lo había olvidado, pero Li Jianhong, de algún modo, aún se acuerda de todo y se lo lleva a caballo. Planean ir a buscar los papeles y luego dirigirse a la sala de tinta para inscribirse en los exámenes antes de salir de la ciudad para un viaje de placer.
El Colegio Biyong de Shangjing está situado en medio de la calle Zhenghe, repleta de peatones y carruajes que van y vienen en un flujo interminable. Ya se ha formado una fila en el exterior, todos procedentes de hogares de nobles y altos funcionarios. Apartados de la multitud, Duan Ling y su padre miran, ambos vestidos con sencillas ropas de plebeyos.
—¿Envidias su exhibición de riqueza en sus hermosos carruajes? —pregunta Li Jianhong sin pensárselo mucho.
Duan Ling sacude la cabeza. Muchas de estas personas son sus compañeros del Salón Ilustre. Han pasado años estudiando juntos, pero nunca imaginó que procedieran de familias tan eminentes. Duan Ling le dice a Li Jianhong:
—El director nos enseñó que uno debe contentarse con la pobreza y ser dueño de sí mismo.
Li Jianhong asiente.
—Aunque el director dice muchas tonterías, en este caso tiene razón.
Duan Ling se ríe mientras va a buscar un número para registrarse por su cuenta, así que Li Jianhong se baja la capucha hasta que le cubre la mitad de la cara y se queda entre las sombras mientras escruta los rostros de los transeúntes.
—¡Duan Ling! —grita Cai Yan su nombre desde la distancia—. ¿Qué estás esperando? ¡Ven aquí!
A pesar de haber completado su ciclo de estudios en el Salón Ilustre, Duan Ling ha hecho pocos amigos. Lang Junxia se aseguró de que viviera en un ala apartada, lo que le dejó pocas oportunidades para relacionarse con sus compañeros. Las únicas personas con las que tiene cierta cercanía son Cai Yan y Borjigin, a quienes conoció el primer día, y Helian Bo, a quien ocasionalmente se le imponía el mismo castigo de permanecer de pie.
Cai Yan llegó con su hermano mayor, como siempre, y le hace señas a Duan Ling. Li Jianhong se acerca para saludarlos, y le hace una ligera inclinación con una mano sobre el puño a Cai Wen.
—Gracias por cuidar de él —le dice Li Jianhong.
—No hice nada —responde Cai Wen con una sonrisa, devolviendo el gesto.
Cai Yan coloca su brazo sobre el hombro de Duan Ling, dejándolo alinearse frente a él, y los dos intercambian cortesías. Duan Ling rara vez ve a Cai Wen y no puede evitar recordar aquel invierno en que Lang Junxia resultó herido. Después de ese incidente, Duan Ling regresó al Salón Ilustre y Cai Yan lo visitó sin avisar; al notar su ojo derecho hinchado, Cai Yan pensó que había sido golpeado por los adultos en su casa y se quedó hablando un rato con él para consolarlo.
Por lo general, los dos casi nunca estaban en la misma clase. Cuando Duan Ling comenzó la escuela, Cai Yan ya estaba en el pabellón de literatura, estudiando los Cuatro libros y Cinco clásicos y escribiendo ensayos por adelantado. Cuando Duan Ling llegó al pabellón de literatura, solo fueron compañeros de clase durante unos breves meses antes de que Cai Yan fuera llevado de vuelta a casa, donde su hermano contrató a un tutor para él. Por lo tanto, los dos no se veían con frecuencia.
No obstante, Duan Ling tenía una noción de la situación familiar de Cai Yan. Sabía que, aunque Cai Wen era su hermano mayor, no compartían la misma madre, y que Cai Yan necesitaba que Cai Wen lo cuidara todos los días, al igual que Lang Junxia hacía con Duan Ling. Esto hacía que Cai Yan y Duan Ling se sintieran aún más cercanos, aunque de manera intangible. Además, Cai Yan y su hermano mayor se habían cruzado con Duan Ling y Lang Junxia en dos ocasiones fuera de la escuela: una en el Festival de las Linternas de Medio Otoño y otra durante el Festival del Doble Tercio[2], en una excursión primaveral junto al agua.
No obstante, a Ding Zhi parece gustarle Lang Junxia, pero no tanto Cai Wen, por lo que cuando sus respectivos mayores se cruzaban, el ambiente resultaba un poco incómodo.
Mientras los jóvenes hacen fila, los adultos que los rodean charlan amigablemente. Duan Ling se ha olvidado de presentar a Cai Wen a su padre; Cai Wen viste hoy un traje informal azul celeste, con un aspecto bastante elegante y un porte de luchador, como una espada afilada recién forjada. De lo que hablan no es más que de los estudios de los dos niños. Comparado con la respetuosa distancia que suele mantener Lang Junxia, Li Jianhong se muestra mucho más cordial.
Cuando se menciona a Lang Junxia, Li Jianhong simplemente descarta el tema con un comentario:
—Es mi sirviente y no iba a dejar que interfiriera demasiado en los estudios de mi hijo. Una vez que terminé mi trabajo y llegué a Shangjing, lo envié de vuelta al sur para que se encargara de los negocios.
Cai Wen asiente.
—¿Me han dicho que eres comerciante, Duan-xiong?
Li jianhong asiente.
—No me va muy bien. Estaba pensando en buscar otra forma de ganarme la vida. Ambición tengo de sobra, pero con toda esta guerra es difícil encontrar un punto de apoyo en algún sitio, así que qué puedo hacer sino comerme mis ahorros mientras me quedo de brazos cruzados. Ya me preocuparé de eso cuando acabe de cuidar a mi hijo y haya crecido.
Cai Wen se ríe.
—A juzgar por tu porte, Duan-xiong, seguro que no tendrías que comerte tus ahorros. Estás siendo demasiado modesto.
Aunque las ropas y los ornamentos de Li Jianhong no son extravagantes, cada uno de sus movimientos y cada una de sus palabras transmiten una aura especial, muy diferente a la de un nuevo rico. En los últimos años, Shangjing ha atraído a todo tipo de personas, ricas y pobres, y muchas familias nobles se han refugiado bajo los pies del emperador celestial Liao. Aunque Cai Wen reconoce que Li Jianhong no es un hombre común, no le da demasiada importancia porque ya ha conocido a Duan Ling.
Cai Yan ve a un joven caminando hacia ellos y dice, sorprendido:
—¡Helian Bo!
—¡Helian Bo! —exclama Duan Ling con una sonrisa.
—¡Tú también has venido! —lo saluda Cai Yan—. Ven aquí.
Helian Bo también ha crecido; a menudo lo mandaban al pasillo junto a Duan Ling a quedarse de pie como castigo. A sus catorce años, ya es muy alto, de piel morena y viste al estilo xiqiang. Tiene cejas altas, ojos profundos y rasgos marcados. Normalmente, parece bastante imponente simplemente estando de pie, sin decir una palabra, pero, en realidad, tartamudea.
Helian Bo viene acompañado por su mayordomo. Asiente con la cabeza hacia Duan Ling y Cai Yan y le dice a su mayordomo que se retire antes de colocarse en silencio detrás de ellos.
—¿Has visto a Borjigin? —pregunta casualmente Cai Yan.
Helian Bo sacude la cabeza y mira a Li Jianhong. Es evidente que es la primera vez que lo ve.
—Mi padre. —Duan Ling se acuerda por fin de presentarlo.
Helian Bo coloca una palma sobre la otra, y Li Jianhong le asiente, respondiendo con el mismo gesto. Duan Ling mira hacía atrás y ve un carruaje detenido en el camino. Helian Bo señala hacia esa dirección y le explica a Duan Ling:
—Mi mamá.
Fue su madre quien lo trajo para registrarse. Según la costumbre de Shangjing, las mujeres de la familia no pueden aparecer en público, así que Helian Bo ha venido solo a hacer fila. Pone una mano sobre su puño en señal de disculpa a los presentes.
Los jóvenes charlan casualmente por un rato, y cuando llega su turno, Duan Ling quiere dejarlos pasar, pero Helian Bo le hace un gesto con la palma hacia arriba, como diciendo «por favor, adelante». Junto con Cai Yan, permiten que el más joven de ellos sea el primero en pasar.
—Duan Ling puede venir cuando quiera —ofrece Cai Wen—. He contratado a un profesor del sur que puede enseñarle algunos materiales más sencillos por ahora.
—Es muy generoso de su parte, gracias —responde Li Jianhong.
Cai Wen hace un gesto con la mano, significando «no es nada». En tanto, Duan Ling ya ha entrado, entregado sus respuestas y recibido el sello. Li Jianhong se despide de Cai Wen y se aleja con Duan Ling para pagar la tasa del examen.
Cuando Duan Ling termina, sus amigos ya se han ido. Al notar que Duan Ling sigue mirando hacia atrás para buscar entre la multitud, Li Jianhong le pregunta:
—¿Tienes amigos que no vinieron?
—Batú no vino —responde Duan Ling—. Habíamos dicho que hoy vendríamos a registrarnos para los exámenes.
Li Jianhong se queda pensativo un rato antes de preguntarle a Duan Ling:
—¿Has hecho otros amigos?
—Esos son los que son buenos conmigo. Pero no sé por qué sus familias son tan estrictas con ellos.
—De hecho me olvidé de preguntar. ¿Fue Lang Junxia estricto contigo?
Duan Ling sacude la cabeza. Ya ha pasado un tiempo desde que se separó de Lang Junxia, pero al recordar esos días, valora mucho los años cómodos que pasó con él. No es que no quisiera jugar, pero a Duan Ling le aterrorizaba decepcionarlo. No obstante, puede darse cuenta de que Cai Yan, Helian Bo, así como sus otros compañeros de clase parecen estar pasándolo mal, como si una constante nube de tristeza pesara sobre ellos.
—Helian Bo y los otros… No sé cómo decirlo, pero siempre parecían… parecían… mmm…
—Como si hubiera un fantasma persiguiéndolos, obligándolos a estudiar tanto que ni siquiera pueden reírse a carcajadas —termina Li Jianhong por él.
Duan Ling sonríe.
—Eso es.
—Todos son más maduros de lo que deberían. No son como tú.
Duan Ling lanza un suspiro.
—Son herederos de rehenes políticos, así que desde pequeños han tenido que entender más que los demás —dice Li Jianhong.
—Sí, ya lo sé. Pero ¿es realmente tan aterrador? —pregunta Duan Ling.
Li Jianhong toma a Duan Ling de la mano mientras caminan por la calle.
—Helian Bo es hijo de Helian Luan, de la familia real Xiqiang. Borjigin es descendiente de la línea Yuan Jiwowen. En cuanto a los hermanos Cai Wen y Cai Yan, son vástagos de la familia Cai, que se mudó al norte para trabajar como funcionarios en Shangjing. Son fruto de matrimonios mixtos con mujeres kitanas.
—En otras palabras —continúa Li Jianhong—, sus padres son todos extranjeros, y la mayoría de ellos son parientes de la realeza. Están aquí como rehenes a cambio de la paz entre su país de origen y el Imperio Liao. Si estalla la guerra entre ellos, los kitanos los matarán.
Duan Ling se queda callado un momento antes de preguntar:
—¿Quién es el rehén de Chen del Sur?
—La familia imperial de Chen del Sur no tiene un rehén aquí, porque los han se niegan a ceder.
—Mucha gente que fue a la escuela contigo en el Salón Ilustre son descendientes de los burócratas del lado sur del Imperio Liao. Si alguna vez desertaran, el emperador Liao mataría a sus hijos. —Li Jianhong pregunta—: ¿Conoces a algún niño que se apellide Han?
—¡Sí! —Duan Ling piensa inmediatamente en ese jóven Han.
—En realidad es kitano. Su padre es el tutor imperial de la Administración del Sur.
Duan Ling asiente. Está de pie en la intersección con Li Jianhong; el callejón Dayu’er está justo al lado de ellos. Se detiene un momento para mirar hacia adentro.
—Quiero revisar la casa de Batú.
Li Jianhong lo acompaña al callejón Dayu’er, pero se dan cuenta de que hay muchos soldados kitanos adentro, interrogando a todos los que ven.
—¿Quién está ahí? —preguntan, poniéndose en alerta de inmediato.
—Yo… —Duan Ling apenas comienza a hablar cuando siente que Li Jianhong le presiona suavemente el hombro.
—Cuando llevaba a mi hijo a matricularse hace un rato, me encontré con el general Cai afuera del Colegio Biyong —dice Li Jianhong con calma—. Se dio cuenta de que Borjigin estaba ausente, así que me pidió que viniera a ver cómo estaba.
—No tiene nada que ver con Cai Wen —dice el oficial—. Vuelva y dígale que se ocupe de sus propios asuntos.
Li Jianhong asiente y se va con Duan Ling, con una ligera arruga entre las cejas.
—¿Por qué están…?
Li Jianhong pone un dedo sobre los labios de Duan Ling, dándole a entender que no pregunte. Cuando llegan a casa, Duan Ling ya ha olvidado por completo el asunto y se dedica a trabajar en su parterre. Al cabo de un rato, Duan Ling encuentra a Li Jianhong tomando el sol en el sillón del patio, con los ojos entrecerrados, como si estuviera sumido en sus pensamientos.
—Papá. —Duan Ling está a punto de pedirle que entre a dormir, pero Li Jianhong abre los ojos y le hace señas para que se acerque.
Entonces Duan Ling se acerca y se desploma sobre él. Li Jianhong lo abraza con una mano y con la otra toma su mano.
—¿Qué es esto? Tienes las manos llenas de barro, vas a ensuciarle la cara a tu padre.
Duan Ling se limpia ambas manos en la ropa de Li Jianhong y dice:
—Tengo hambre.
—¿Qué quieres comer? Vayamos a un restaurante…
Duan Ling está a punto de ir a lavarse las manos, pero Li Jianhong no lo suelta; lo mira a los ojos y examina con atención su expresión.
—Dime esto antes de irte. ¿Eres buen amigo de Borjigin Batú?
La expresión de Li Jianhong es seria, y Duan Ling se preocupa un poco, pensando que Li Jianhong debe desaprobar su amistad con Batú, así que empieza a considerar cómo responder. Sin embargo, tras esa breve pausa, Li Jianhong le dice:
—Si es tu amigo, di que lo es; si no lo es, di que no lo es. ¿Qué crees que te voy a hacer?
—Lo es —contesta Duan Ling.
—La vida es larga, y debes tener algunos amigos. Ve a lavarte las manos.
Después del mediodía, Li Jianhong lleva a Duan Ling al mejor restaurante del Imperio Liao para comer algo. Duan Ling se apoya en la barandilla y mira hacia la calle.
—Papá, he oído que el padre de Batú le pega mucho, y ya no viene a verme.
—No ha venido a verte porque lo han encerrado —dice Li Jianhong en tono despreocupado—. Su padre, Jochi, siempre ha sido un hombre violento. Ahora que está aquí en Shangjing como rehén y lo tratan con desprecio, solo puede desquitarse con su hijo.
—Entonces… ¿por qué hay gente vigilando fuera de su casa y no dejan entrar a nadie?
—Les preocupa que huya. —Li Jianhong mira al otro lado de la calle, a lo que resulta ser la Mansión Borjigin. Un gran número de tropas están reunidas en el interior; la seguridad es estricta.
—La tensión entre Yuan y Liao en la frontera está aumentando —explica Li Jianhong—. Es probable que estallen en guerra este mismo mes.
—¿Por qué dices eso?
—Es solo una suposición. Ahora es primavera al norte del Altyn-Tagh; los mongoles han logrado sobrevivir al invierno, así que necesitan desplegar sus tropas pronto o corren el riesgo de pasar hambre.
—¿Qué pasa si estalla la guerra? —pregunta Duan Ling—. ¿Batú estará en peligro?
—El emperador Liao es menor de edad, la emperatriz viuda actúa como regente y el ejército está en manos del príncipe del Norte Yelü Dashi, así que todo depende de su estado de ánimo. Si está de mal humor y sufre una derrota, al volver probablemente le hará pasar un mal rato a la casa Borjigin. Incluso podría arrastrarlos a todos para que los decapiten.
Duan Ling se inquieta de inmediato y no deja de preocuparse durante todo el camino de regreso a casa. Al llegar, Li Jianhong se lo piensa un poco.
—¿Quieres salvarlo?
—¿Cómo? Papá, ¿tú puedes salvarlo?
Li Jianhong se agacha en el patio para lavarse la cara y, sin levantar la mirada, responde:
—No soy yo quien lo salvará. Eres tú.
—¿Pero cómo?
—Buena pregunta. —Li Jianhong termina de lavarse la cara y camina por el pasillo para secarse las manos—. ¿Cómo la harás? Tendrás que pensar en eso.
Duan Ling se queda callado un momento antes de decir:
—Sería estupendo que Lang Junxia estuviera aquí, tres siempre es mejor que dos…
—Por favor no menciones a Lang Junxia en un momento como este —dice Li Jianhong muy solemnemente—. Tu padre es como mínimo el espadachín número uno de Chen del Sur; que mi hijo me compare con un asesino todo el día es realmente deprimente.
Duan Ling no sabe qué decir.
—Mmm…
—Aiyoh, solo piensa en algo, ¿de acuerdo? ¿Has leído libros de estrategia? ¿Has escuchado a un cuentacuentos? Te estoy asignando un gran guerrero ahora mismo. En cuanto a cómo vas a darle órdenes, ya sea como un burro o un perro, eso lo tendrás que decidir tú mismo.
Duan Ling se echa a reír. La expresión de Li Jianhong se ensombrece.
—¿De qué te ríes? Un gran guerrero no entra en acción por cualquier cosa. En todo el ancho mundo, las únicas órdenes que este maestro espadachín acatará son las tuyas. Cuando volvamos, incluso me deberás un favor.
Mientras habla, Li Jianhong levanta una mano y frota su pulgar y su índice, como si, una vez concluido el asunto, Duan Ling le fuera a deber un favor. El rostro de Duan Ling se torna sorprendido. Li Jianhong no le presta atención y se dirige al patio trasero para lavarle su ropa. Duan Ling se queda allí, perdido en sus pensamientos por un rato; pero cuando finalmente comprende lo que Li Jianhong le estaba sugiriendo, una intensa emoción brota de lo más profundo de su corazón y corre de vuelta al interior en busca de un pincel y papel.
—¡Papá!
—Eh, hijo mío —responde Li Jianhong, desatento, lavando la ropa.
Duan Ling sale corriendo; el mapa que tiene en las manos tiene un camino dibujado, y también hay muchas figuras diminutas que representan a los guardias fuera de la Mansión Borjigin.
—Es un mapa estratégico. ¿Por qué hiciste a la gente tan bonita? Basta con dibujar unos triángulos.
Duan Ling asiente, y explica:
—Primero tenemos que sacarlos, y luego pensar cómo enviarlos fuera de la ciudad después de que se abran las puertas por la mañana. Esta es su casa. ¿No estábamos tomando el té aquí arriba por la tarde?
—Bueno, entonces, ¿dónde los escondemos una vez que los saquemos? —pregunta Li Jianhong—. ¿En nuestra casa?
—Nuestra casa está demasiado lejos de las puertas de la ciudad, y ni siquiera tenemos un sótano, es difícil esconder a alguien aquí. Si descubren que los Borjigin han escapado, seguro que buscarán casa por casa; la gente que no tenga nada que hacer no podrá salir de la ciudad.
—Mn. Eso es muy inteligente de tu parte —dice Li Jianhong despreocupadamente, sonriendo.
—Lo preocupante es que sellarán la ciudad mañana por la mañana, así que los esconderemos… ¡aquí! Está cerca de las puertas de la ciudad, ¡y podemos enviarlos fuera sin que se den cuenta!
—¡Esto es factible! Hagámoslo así. Papá sacará la basura y luego irá a salvarlos.
Duan Ling lo persigue.
—¡No viste lo que estaba señalando! ¡El Salón Ilustre!
Li Jianhong cuelga la ropa lavada y tira la basura.
—Conoces el terreno del Salón Ilustre, así que naturalmente ese es el escondite más adecuado. Vámonos.
—¿Eh? ¿No vas a cubrirte la cara? ¿No se cubren la cara todos los asesinos?
—Solo la basura se cubre la cara —dice Li Jianhong.
—Mmm… —Duan Ling sabe que si va con él se interpondrá en su camino, así que trata de entregarle el mapa—. Sigue este camino…
—No me acuerdo. —Li Jianhong se echa con facilidad a Duan Ling al hombro como un saco de arroz. En dos pasos está subiendo por la pared, y al tercero está en el tejado, luego se desvanece en la noche como si caminara por terreno llano.
Duan Ling por poco grita, pero por suerte consigue contenerse. Tras correr unos pasos, Li Jianhong vuelve a tocar el suelo y atraviesa velozmente un gran número de callejones con Duan Ling a la espalda. Toma un atajo y se deja caer en el patio de alguien, lo que alarma al perro que hay dentro, que empieza a ladrar.
—Aiyoh —dice Li Jianhong—. Qué perro tan enorme. Suena más aterrador que Kublai Kan[3].
Duan Ling se queda sin palabras.
—Baja —dice Li Jianhong.
En un santiamén han llegado a un callejón próximo a la Mansión Borjigin. Li Jianhong se arrodilla con un brazo alrededor de la cintura de Duan Ling, dándole a entender que se agarre a la bandera colocada en el extremo de la cumbrera del tejado y se quede quieto.
—Papá, se nos olvidó tu espada. ¿Regresamos por ella?
—No la necesito. —Li Jianhong mira a la luna. Da la casualidad de que hoy es día quince; una luna llena ilumina la tierra.
—Qué noche tan brillante —murmura Li Jianhong para sí.
—Allí hay sombras que pueden cubrir tus movimientos. —Duan Ling señala otra zona de la mansión. Li Jianhong emite un «mn» en voz baja en señal de reconocimiento.
Por el callejón pasan soldados kitanos. Duan Ling señala bajo sus pies para recordarle a Li Jianhong que tenga cuidado.
—Espera aquí —susurra Li Jianhong, y le pone un paquete de bocadillos en las manos, indicándole que puede comer algo si se aburre.
¿Cómo se supone que coma en estas circunstancias? Duan Ling se lo mete bajo la solapa y Li Jianhong desaparece en el tiempo que tarda en parpadear.
Cuando el pelotón de soldados kitanos dobla la esquina, el último hombre de la fila recibe un hachazo de mano en la nuca y es arrastrado hacia atrás por Li Jianhong, que se oculta entre las sombras. Li Jianhong quita el arco y el carcaj de la espalda del soldado y luego le quita la espada larga que lleva en la cintura. Comprueba el peso de la espada con una mano y luego la arroja por encima de su cabeza. Más nervioso que nada, Duan Ling alarga la mano para atraparla, pero no lo consigue. Li Jianhong vuelve a lanzarla. Duan Ling sigue sin conseguir atraparla.
Tercer lanzamiento; finalmente la atrapa.
Li Jianhong le da un pulgar hacia arriba, «buen trabajo».
Duan Ling suda de vergüenza.
[1] Es de Zhuangzi. La cita completa es “La vida es limitada, el conocimiento es ilimitado; la búsqueda de lo ilimitado con lo limitado solo puede acabar en fracaso”.
[2] El Festival del Doble Tercio tiene lugar el 3 del 3, el tercer día del tercer mes lunar.
[3] Kublai Kan. Como nota al margen, nació después de la muerte de Batú Kan.
