Li Jianhong salta de nuevo a la pared. Agarra algunas flechas, rompe las puntas y las tira, dejando solo los palos. A Duan Ling se le sube el corazón de golpe hasta la garganta.
Una flecha sale volando y se clava en la parte superior de un árbol del jardín, produciendo un suave sonido. Li Jianhong se da la vuelta hacia otro árbol y, en un rápido movimiento, dispara tres flechas consecutivas, derribando a tres centinelas ocultos, quedando cada uno colgando de su respectiva rama. Luego, Li Jianhong salta nuevamente a los aleros; con una mano apoyada en las tejas, oculta su figura esbelta a lo largo del borde del techo, fundiéndose en la oscuridad de la noche.
—Están empezando a cambiar los turnos. Ya puedes bajar —susurra Duan Ling—. Solo tenemos un octavo de hora. Papá, ¿sigo esperando aquí?
Li Jianhong toma la espada de Duan Ling.
—No vamos a pasar por el techo en el camino de regreso. ¡Salta!
Li Jianhong toma la cuerda que encontró en el soldado kitano y la lanza, enrollándola alrededor de un alero curvo. Duan Ling rodea con sus brazos la cintura de Li Jianhong y los dos se balancean formando un amplio arco sobre los soldados kitanos, cayendo en el patio de la Mansión Borjigin.
En el momento en que caen al suelo, Li Jianhong blande la larga espada, vaina incluida; Duan Ling apenas ve un destello y, al instante, dos soldados kitanos caen al suelo. Li Jianhong toma la mano de Duan Ling y corre tres pasos hacia adelante, diciéndole:
—¡Salta otra vez!
Duan Ling salta la valla del patio junto a Li Jianhong y entran en el pasillo. Li Jianhong sujeta la mano de Duan Ling con una mano, y, con la otra, empuña la espada larga, apuntando de manera casual un par de veces para derribar a otro soldado. También hay soldados kitanos patrullando dentro de la mansión; Li Jianhong mantiene a Duan Ling cerca y, agachado, se esconde bajo el alféizar de la ventana.
El salón está iluminado y se oye a gente hablando. Li Jianhong se vuelve para mirar a Duan Ling; los ojos de éste están llenos de admiración, pero no se atreve a decir ni una palabra. Li Jianhong se da cuenta de que Duan Ling se ha ensuciado la cara y se la limpia al azar.
Duan Ling escucha la voz de Batú salir de la habitación.
Batú suena muy agitado, hablando en mongol, y luego se oye el sonido de una taza rompiéndose en el suelo.
—¿Es él? —pregunta Li Jianhong.
—¡Es él! —contesta Duan Ling.
Li Jianhong se levanta y se dirige hacia la puerta del salón, aún agarrando de la mano a Duan Ling, y girándose hacia un lado da un paso en tromba, con una palma de la mano aterrizando en la espalda del guardia de la puerta para, primero, aplicarle una fuerza suave que lo deja inconsciente, y luego, inmediatamente, convertirla en una fuerza dura que lo lanza volando sin hacer ruido hasta aterrizar detrás del parterre.
Duan Ling se da la vuelta y carga hacia el vestíbulo, con Li Jianhong siguiéndolo de cerca.
—¡Batú!
En el momento en que entra precipitadamente en el salón, para su gran sorpresa, ¡Duan Ling se da cuenta de que aquí también hay guardias en servicio!
La intensa discusión entre Batú y su padre se interrumpe de repente. Alarmado, Duan Ling se detiene en seco y se da la vuelta para correr hacia Li Jianhong, pero éste da un paso hacia el salón y, con un movimiento de su mano, lanza las piezas de ajedrez hechas de madera que sostiene. Las piezas vuelan como una lluvia de pétalos, noqueando a los cuatro vigilantes y haciéndolos caer al suelo.
—¿Duan Ling? —dice Batú, atónito.
—¡Vámonos! —exclama Duan Ling—. ¡Venimos a salvarte!
La aparición de Duan Ling es más convincente que cualquier cosa que Li Jianhong pudiera haber dicho. Batú le lanza una mirada a su padre antes de girarse con decisión para seguir a Duan Ling a la salida.
—Voy a empacar algunas cosas —dice Batú—. Espérame aquí.
—¡No hay tiempo! —dice Duan Ling frenéticamente.
Pronto, el padre de Batú, Borjigin Jochi, sale corriendo tras ellos. Li Jianhong lo saluda cortésmente con un gesto de la cabeza, extendiendo un brazo en un gesto que dice «escapa antes que yo en señal de respeto»[1].
En el pasillo, Batú deja de caminar. Duan Ling lo agarra de la mano.
—De acuerdo. —Batú toma una decisión—. Vámonos.
—Vamos a buscar a tu mamá primero —dice Duan Ling.
Batú se detiene y mira al suelo. Duan Ling no tiene ni idea de lo que está pasando; balancea sus manos unidas de un lado a otro y siente cómo los dedos de Batú se aprietan ligeramente sobre los suyos.
Batú levanta la cabeza y le dice a Duan Ling:
—Ya se ha ido.
Eso le quita un gran peso de encima a Duan Ling; después de todo, correr con dos es más seguro que correr con tres. Cuando mira de nuevo a Li Jianhong, este le señala el patio trasero.
Li Jianhong ya ha noqueado a todos los guardias del camino. Jochi echa un vistazo al suelo cubierto de guardias inconscientes e, invadido por una indignación insondable, desenvaina su arma, pero Li Jianhong la bloquea ligeramente con su espada.
—Shh. —Li Jianhong intenta decirle que no deben causar más disturbios. Jochi lo observa con intensidad.
Sin perder tiempo, Li Jianhong se da la vuelta y se lanza hacia el patio trasero, derribando a otro guardia con un par de movimientos. Los cuatro escapan por el callejón.
—¡Nos atacan!
Los cálculos de Duan Ling fueron impresionantemente exactos; termina el cambio de turno, y los guardias que acuden a sus puestos de centinela se encuentran con un pandemónium dentro de la mansión, y dan la voz de alarma. Otros guardias que patrullaban el perímetro se acercan inmediatamente, y un pelotón corre de cabeza hacia ellos. Jochi tiene por fin la oportunidad de desahogarse; enseguida lanza un puñetazo sobre la cabeza de un caballo de guerra, haciendo caer al suelo tanto al jinete como al caballo.
Flechas vuelan a ciegas por el oscuro callejón mientras Jochi ataca y retrocede al mismo tiempo. Li Jianhong silba con fuerza, y Jochi deja de luchar, retirándose por los pequeños senderos que se ramifican del callejón.
La ciudad se sume en la confusión.
—Por aquí —dice Duan Ling en voz baja.
Con las manos enlazadas, Duan Ling y Batú corren tan rápido como pueden, pero por desgracia la Guardia de la Ciudad ya ha llegado hasta donde están, así que Li Jianhong se lanza hacia adelante y carga a uno con cada mano. De un brinco aterriza en el patio de alguien, escapa saltando sobre otro muro y, en un abrir y cerrar de ojos, ya están en la calle principal. Jadeando, Jochi casi logra alcanzarlos cuando otro pelotón de guardias aparece a su lado.
—¿A dónde creen que van?
—¡Flanquéenlos!
Batú quiere volver para ayudar a su padre, pero Li Jianhong lo detiene.
—¡Déjame ir! —dice Batú, enojado.
Li Jianhong, sin más ni más, arroja a Batú a un lado, como diciendo «como gustes», pero Duan Ling lo abraza de inmediato para impedir que intente correr a ayudar. Li Jianhong salta por encima del muro, y justo después se oye el sonido de flechas disparadas y unos gritos que hielan la sangre. Duan Ling cubre la boca de Batú, y ambos sienten como si tuvieran el corazón en la garganta.
Acto seguido, Li Jianhong dice algo en mongol. Los dos empujan la puerta trasera rota de una casa y se deslizaron dentro. Jochi ha salido ileso y está jadeando, su mirada fija en Li Jianhong.
Justo cuando Duan Ling y Batú empiezan a relajarse, Li Jianhong patea la puerta de una habitación y entra con calma. Sobresaltada por su patada, una mujer se levanta de su diván e inmediatamente empieza a gritar. Li Jianhong aprieta su vaina contra ella y la empuja suavemente de vuelta a la cama.
—Solo estamos de paso —dice Li Jianhong con elegancia, guiando al grupo hacia la puerta principal. Luego levanta a Duan Ling en brazos. Duan Ling no sabe si debería reír; le hace una seña a Batú, pero ve que Jochi ya se lo ha cargado a la espalda. Zigzagueando por las calles, huyen velozmente en la oscuridad de Shangjing.
—¿Por dónde? —pregunta Li Jianhong.
Una vez que pierden a sus perseguidores, Duan Ling los guía al jardín del Salón Ilustre. No es día de descanso; la cohorte de estudiantes más jóvenes de los dormitorios ya se ha ido a dormir.
La maceta es apartada. Batú es el primero en pasar arrastrándose, seguido de cerca por Duan Ling. Li Jianhong cruza el muro de un salto en carrera y se dirigen hacia la biblioteca bajo la dirección de Duan Ling. Es claro que Batú está familiarizado con el lugar, pues extrae sin vacilar una llave de reserva de debajo de una maceta. Juntos, entran en la biblioteca.
Los nervios de Duan Ling están a flor de piel por el viaje y, al llegar a su destino, pasa un rato apoyado en la larga mesa, jadeando. Batú enciende una lámpara, aportando un súbito calor a esta noche primaveral aún tocada por el frío, pero antes de que la llama tenga tiempo de crecer, unos pasos se acercan junto con su dueño: es Li Jianhong, cuyo movimiento de un dedo envía una ráfaga de viento para apagarla.
—Esperen aquí hasta que amanezca. —Li Jianhong cierra las ventanas de la biblioteca una por una, y les dice sin mirar detrás de él—: Encontraré alguna forma de enviarlos fuera de la ciudad.
—¿Quién es él?
—Mi padre.
Duan Ling responde en voz baja a la pregunta de Batú y se saca un paquete de bocadillos de la solapa.
—¿Tienes hambre? —le pregunta Duan Ling.
Batú niega con la cabeza.
—Come un poco. Si no comes no tendrás fuerzas para correr por la mañana —insiste Duan Ling.
La habitación está completamente a oscuras, salvo por un poco de luz de luna que ilumina el rostro de Duan Ling a través de la celosía de la ventana. Batú lo mira en trance y, tras una breve pausa, alarga la mano para acariciarle la cara.
—¿Qué pasa? —Duan Ling piensa que el Batú de hoy no es como el de siempre, y siente un poco de miedo; razonablemente hablando, esto no es algo que Batú haría.
—No es nada —responde Batú—. ¿Y Helian?
—Todos están muy bien —dice Duan Ling—. Acabo de verlo hoy. Es demasiado tarde para despedirse, así que lo haré en tu nombre.
—¿Qué vamos a hacer si te ves arrastrado a esto? —dice Batú con el ceño fruncido.
—Todo irá bien. Mi padre es increíble. Nadie sabe que ha sido él.
Batú lanza un suspiro. Se apoya en la estantería y, como si se le hubieran acabado las fuerzas, cierra los ojos.
—Batú, ¿estás bien? —Duan Ling le toma la mano, estrechándosela.
Batú niega con la cabeza. Duan Ling se mueve para hacer sitio y deja que Batú use su muslo como almohada. Li Jianhong se acerca, les da unas palmaditas en la cabeza a cada uno y los cubre con una túnica exterior; todavía huele a sangre: es la que llevaba Jochi antes.
Lejos de ellos, Jochi dice algo. Duan Ling no lo entiende, pero Batú sí. Tan pronto como sus voces suenan, los ojos de Batú se abren de par en par.
Li Jianhong responde, de nuevo en mongol, y ambos entablan conversación. El idioma mongol es tosco y cándido, y ambos han bajado la voz, como si conspiraran o estuvieran negociando. Duan Ling nunca pensó que su padre conociera tan bien el idioma de una tribu extranjera. Observa que Batú escucha en silencio, así que le da un pequeño empujón.
—¿De qué están hablando? ¿Puedes entenderlos?
—Mi papá y tu papá ya se conocían —contesta Batú—, y hasta eran enemigos.
Sorprendido, Duan Ling se queda con la boca ligeramente abierta, sin poder creerlo. Jochi dice algo que pone fin a su conversación, y Batú, de repente, se muestra alerta y en guardia. Se incorpora y mira a Duan Ling con incredulidad.
—Tú eres… realmente eres… —Batú parece totalmente sorprendido.
Duan Ling, por su parte, se ve completamente confundido.
—¿Qué?
—¡Batú! —dice Jochi con severidad, y Batú guarda silencio.
—¿Qué soy? —pregunta Duan Ling, angustiado.
—Hijo —comienza Li Jianhong.
El silencio se apodera del pabellón de libros. Después de un momento, Li Jianhong continúa:
—Ven aquí con tu padre.
Li Jianhong se vuelve hacia Duan Ling. En ese instante, Duan Ling percibe un peligro inminente, tácito pero cierto. Gira la cabeza para mirar a Batú antes de volver a mirar a Li Jianhong.
Está confundido y, sin embargo, Batú ha soltado la mano de Duan Ling que ha estado sujetando todo este tiempo, insinuándole que debe ir. Duan Ling y Li Jianhong se sientan en el suelo bajo una estantería repleta de pergaminos. Jochi se acerca al lado de Batú y, dejando escapar un largo suspiro, se sienta en el lugar.
—¿Tienes sueño? —le pregunta Li Jianhong.
Duan Ling realmente tiene sueño, pero intenta mantenerse despierto. No entiende cuáles son las intenciones de su padre. Entre ellos y Jochi y Batú hay una larga mesa, igual que el primer día en que él y Batú se quedaron dormidos juntos en el estudio. La única diferencia es que ahora, en lugar de una lámpara sobre la mesa, la luz plateada de la luna baña la escena.
Duan Ling entierra la cara en el hombro de Li Jianhong y frota bruscamente la cabeza contra él, intentando mantenerse despierto. Sacude la cabeza.
—Los mongoles ya están atacando Huchang —dice Li Jianhong—. Dentro de poco, una vez que enviemos a tu amigo fuera de Shangjing, estarán fuera de peligro y ya no tendrás que preocuparte por ellos.
Duan Ling responde con un «mn». Cuando se da cuenta de que Batú lo observa absorto, vuelve a mirar a Li Jianhong.
—Papá, ¿de qué hablabas antes con el padre de Batú?
—Le pedí que me ayudara con algo —responde Li Jianhong—. Así será más fácil enviarte de vuelta al sur en el futuro.
Duan Ling se queda perplejo; no entiende qué tienen que ver Batú y su padre con su regreso al sur. Li Jianhong le pregunta:
—¿Quieres volver al sur? ¿Quieres vivir aquí en el norte con tu padre el resto de tu vida, o quieres volver a nuestra patria?
Duan Ling piensa en esto por un momento.
—¿Volverás conmigo?
La comisura de la boca de Li Jianhong se alza en la más leve sugerencia de una sonrisa, preguntándole en cambio:
—¿Y si no fuera así?
—Entonces no iré —responde Duan Ling.
—Iré. Donde tú estés, allí estaré yo —afirma Li Jianhong.
Duan Ling asiente, dejando escapar un sonido de acuerdo, y responde al fin:
—Sí quiero.
Li Jianhong no contesta. En cambio, se vuelve para mirar a Batú y a su padre, como si la respuesta de Duan Ling hubiera confirmado alguna conclusión suya.
—Es propio de la naturaleza humana extrañar el hogar. Aunque tu hijo haya nacido y crecido en la capital del enemigo —dice Li Jianhong sin prisa—, la sangre que corre por sus venas sigue siendo mongola. Batú, ¿has visto alguna vez tu tierra natal?
Sus palabras sobresaltan a Batú; se vuelve para mirar a Jochi, y está a punto de traducirle, pero Jochi le pone una mano en la cabeza para hacerle saber que ha entendido.
—Tu hijo, también querer volver a casa —dice Jochi con un han algo vacilante—. Pero tú, no mucha esperanza. Tú, sin esperanza.
—Nunca ha ido a ver esa perla azul[2] en lo profundo de las praderas de Hulun Buir, pero ya la ha visto innumerables veces en sus sueños. Ese es su instinto. Mi hijo también anhela los sauces de las orillas del lago del Oeste, anhela ver la furia turbulenta del río Yangtsé bajo el monte Yuheng —dice Li Jianhong.
Batú se lo piensa y traduce rápidamente las palabras de Li Jianhong.
Jochi no se mueve ni un milímetro. Se queda mirando a Li Jianhong como si estuviera considerando una propuesta extremadamente difícil.
—Pasada esta noche, este será su mundo —finaliza Li Jianhong—. Yo, por supuesto, no tengo intención de obligarte a nada. Tanto si decides aceptar como si no, al amanecer serán libres de irse. Esto no es un trueque. No te coaccionaré reteniendo mi ayuda. Espero que lo consideres detenidamente.
[1] Las palabras utilizadas aquí son 先逃為敬, un juego de palabras con la frase 先乾為敬, que es algo que se dice mientras se bebe con alguien. “Bebo primero en señal de respeto”. Li Jianhong aquí está básicamente diciendo “muestra respeto hacia mí corriendo primero” y eso es hilarante.
[2] Se refiere a un lago.
