Capítulo 2: Visitante

La maleza primaveral crece exuberante en una tierra ahora vencida; las ruinas del palacio de verano yacen enterradas bajo montones de tierra[1].

Desde que el emperador Liao[2] se abrió camino a través de Shangzi durante la expedición al sur, los han se han retirado más allá de Yubiguan. Los territorios que se extienden hasta trescientas millas al sur de Yubiguan, incluida la prefectura de Hebei, forman ahora parte del Imperio kitán. En Hebei hay una ciudad llamada Runan que ha sido un centro de distribución entre la llanura central y los que vivían al norte de la Gran Muralla desde la antigüedad, pero ahora que ha pasado a formar parte de Liao, los han que pueden huir hacia el oeste han huido hacia el oeste, los que pueden desplazarse hacia el sur se han desplazado hacia el sur. La que fuera la ciudad más próspera de Hebei está ahora en estado de deterioro: quedan menos de treinta mil familias.

La familia Duan reside en la ciudad de Runan.

Los Duan son una familia de tamaño medio, ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Hacen algunos negocios con comerciantes ambulantes y poseen una casa de empeños y una almazara. El cabeza de familia contrajo la tuberculosis antes de cumplir los treinta y cinco y falleció. Ahora, toda la familia depende de la gestión de la señora Duan para salir adelante.

Es el octavo día del duodécimo mes[3], y lo que queda del atardecer resplandece en la carretera, llenando los callejones de Runan de ondas de piedra como si los bordes de los adoquines estuvieran hechos de oro líquido. Un grito desgarrador resuena desde el patio de los Duan.

—¡Eso te pasa por robar las cosas de la señora Duan!

—¡Di algo, bastardo! ¡Pequeño animal!

Un garrote impacta contra la cabeza y el cuerpo del niño, como un aguacero, marcando un ritmo sordo y contundente. El chico, cubierto de harapos, tiene el rostro cubierto de barro y la cabeza y la cara amoratadas por los golpes. Uno de sus ojos está hinchado, mientras que sus brazos muestran arañazos violáceos, producto de las uñas de alguien. Intenta huir corriendo hacia la parte trasera de la casa, pero tropieza con una sirvienta y tira la bandeja de madera que ésta lleva, provocando un nuevo grito del ama de llaves.

En ese momento, se lanza sin miramientos contra la mujer, derribándola. Le apunta directamente a la cara y empieza a darle puñetazos.

El chico abre la boca y muerde.

—¡Asesino! —grita el ama de llaves.

Este grito llama la atención del mozo de cuadra, de aspecto agresivo y musculoso, que se acerca corriendo con una horquilla. El chico recibe un fuerte golpe en la nuca. De repente, su visión se oscurece y se desmaya. Después, es golpeado con violencia hasta que se despierta del dolor, hasta que su hombro está lleno de sangre, tras lo cual es levantado por el cuello de la camisa y arrojado a la leñera. Le cierran la puerta y echan el cerrojo.

—Lleve sus wantanes…

Escucha a un anciano gritando desde el callejón, a través de las paredes. Todas las tardes, al caer el sol, Laoqian recorre las calles y callejones con un palo sobre los hombros.

—¡Duan Ling! —Las voces de los niños vienen de fuera del patio.

—¡Duan Ling!

Sus llamadas despiertan al chico. Duan Ling tiene un corte en el hombro producto de la horquilla y un remache le ha agujereado la palma de la mano. Intenta levantarse, cojeando.

—¿Estás bien? —grita un niño.

Duan Ling, respirando con dificultad, tiene todo el rostro contraído. Ya no tiene fuerzas ni para estar de pie. Responde con un simple «sí…» y se deja caer con pesadez hasta quedar sentado. Tras oír la respuesta, los niños se alejan a toda prisa.

Despacio, se desliza hasta el suelo y se acurruca en posición fetal en la húmeda y oscura leñera. A través de la claraboya, contempla el cielo gris. La nieve en polvo flota hacia él. Entre la niebla que cubre el cielo y la nieve que flota en el aire, cree ver un destello de estrellas sobre él, en el centro del firmamento.

La oscuridad va cayendo poco a poco, y el silencio se adueña de todo. En Runan, las familias encienden sus cálidas lámparas amarillas, mientras la nieve cubre los tejados con un suave manto. Solo Duan Ling sigue tiritando en la leñera, delirando de hambre. Imágenes desordenadas pasan ante sus ojos, una tras otra.

A veces son las manos de su difunta madre, a veces el vestido bordado de la señora Duan, a veces la cara contorsionada del ama de llaves.

—Lleve… sus wantanes…

«No he robado nada», piensa Duan Ling. Aprieta con más fuerza las dos monedas de cobre que tiene en las palmas de las manos y su visión se llena solo de oscuridad.

«¿Voy a morir?». Su conciencia se difumina. La muerte siempre le ha parecido un concepto muy lejano.

Hace tres días, vio a un mendigo muerto, congelado bajo el puente verde, y a su alrededor había una multitud de gente. Acabaron poniéndolo en un carro de plataforma, llevándolo fuera de la ciudad y enterrándolo en una fosa común.

Aquel día se unió a la multitud y los siguió fuera de la ciudad junto a otros niños. Vio cómo envolvían el cuerpo del mendigo en una estera de hierba y lo enterraban en un agujero. Junto al agujero había otro más pequeño. Ahora que lo piensa, tal vez cuando muera lo entierren junto a un mendigo al que ni siquiera conoce…

La noche se profundiza, y Duan Ling está casi congelado de pies a cabeza. El último aliento que exhala se convierte en una niebla blanca que se eleva ante él; los copos de nieve flotan de un lado a otro a través de la niebla. Su mente divaga y se pregunta cuándo dejará de nevar. El sol aparece ante sus ojos, como en tantas mañanas de verano, justo al amanecer, cuando el cielo empieza a clarear.

El sol se transforma en una lámpara, y cuando la puerta de la leñera se abre con un largo chirrido, la luz cae sobre su rostro.

—¡Sal! —le dice bruscamente el mozo de cuadra.

—¿Es Duan Ling? —La voz de un hombre llega desde algún lado.

Duan Ling yace de lado en el suelo, retorciéndose casi de manera inapreciable, mirando hacia la puerta. Todo su cuerpo está rígido. Con dificultad, intenta incorporarse. El hombre entra, se arrodilla ante él y examina sus facciones con atención.

—¿Estás enfermo? —le pregunta.

Duan Ling siente la cabeza embotada, ante sus ojos no hay más que espectros y alucinaciones.

El hombre tiene una píldora entre los dedos. La pone en la boca de Duan Ling y lo levanta en brazos.

Medio consciente, puede oler vagamente el aroma de aquella persona, y con cada suave sacudida de sus pasos el camino parece calentarse poco a poco.

Hay un agujero en el viejo abrigo de Duan Ling. Los amentos de junco cosidos en el forro se adhieren al hombre por todas partes.

Es una noche oscura y desolada; las luces de las lámparas titilan.

Con Duan Ling en brazos, el hombre atraviesa un pasillo donde las sombras y la luz de las lámparas se mezclan, dejando tras de sí un rastro de flores de junco flotando.

A ambos lados del pasillo, el sonido de risas despreocupadas de chicas atraviesa las paredes de las cálidas habitaciones, mezclándose con el suave murmullo de la nieve cayendo y las notas largas y agudas de alguien cantando ópera. El mundo se vuelve cada vez más cálido, y se hace la luz.

Caminan del invierno a la primavera, de la noche al día.

El mundo es una posada para toda criatura; el tiempo es un viajero desde que el tiempo existe.[4]

Duan Ling recupera poco a poco la conciencia, y su respiración se vuelve áspera y pesada.

Están en un salón de recepciones brillantemente iluminado. La señora Duan se ha recostado en la parte delantera del diván y mira con concentración un trozo de satén bordado con paisajes que tiene en la mano, aparentemente perdida en sus pensamientos.

—Señora Duan —dice la voz del hombre.

Las palabras de la señora Duan contienen un atisbo de sonrisa.

—¿Usted conoce a este niño?

—No lo conozco. —El hombre sigue sosteniendo a Duan Ling.

Duan Ling siente cómo la medicina que le dieron antes se disuelve en su garganta, el calor regresa a su vientre y poco a poco recupera las fuerzas. Apoyado en el pecho del hombre, de cara a la señora Duan, pero tiene demasiado miedo para levantar la vista. Solo alcanza a ver un rincón de una cama resplandeciente, cubierta de brocado.

—Su certificado de nacimiento está aquí —vuelve a hablar la señora Duan.

El ama de llaves saca el certificado de nacimiento y se lo pasa al hombre.

Duan Ling es bajito, está desnutrido, enfermo y tiene ictericia. Acurrucado contra el pecho del hombre, se remueve con algo de temor, así que el hombre lo baja al suelo. Duan Ling se apoya en él, encuentra su equilibrio y lo mira. El hombre viste una túnica negra, una parte de sus botas de combate está húmeda, y un adorno de jade cuelga de su cinturón.

—Por favor, diga su precio —dice el hombre.

—Bueno, para empezar nunca íbamos a acoger a este niño —comienza la señora Duan con una sonrisa—. Cuando su madre volvió a casa embarazada de él, hacía mucho frío, y no tenía otro lugar a donde ir. Bueno, dicen que la providencia valora la vida y todo eso, pero desde que lo dejamos quedarse, esto no ha tenido fin.

El hombre guarda silencio. Mira fijamente a la señora Duan a los ojos, esperando que continúe.

—Digámoslo así —dice la señora Duan soltando un suspiro—, como mínimo, su madre fue quien me lo confió. Todavía tengo la carta. Aquí tiene, mi señor. ¿Quizá quiera echarle un vistazo?

El ama de llaves le entrega otra hoja de papel. El hombre ni siquiera se molesta en mirarla. La guarda.

—Pero mire ahora, ni siquiera sé cuál es su nombre. Si se lo entrego sin saber nada así como así, ¿qué le diré a Duan Xiaowan cuando nos encontremos en el más allá? ¿No le parece?

El hombre permanece en silencio.

La señora Duan estira una mano, su manga extendiéndose, y añade con mucho encanto:

—Para empezar, lo de Duan Xiaowan ya era un poco complicado. Había pensado que con su muerte, todo quedaría en el pasado. Pero si usted se lleva al chico hoy… ¿Qué pasa si mañana aparece alguien más diciendo ser enviado por su padre? ¿Qué se supone que le diré? ¿No le parece?

El hombre sigue sin decir nada.

La señora Duan le sonríe, luego dirige su atención al rostro de Duan Ling y le hace una seña con la mano. De forma automática, Duan Ling retrocede un paso, escondiéndose detrás del hombre, mientras le agarra con fuerza la esquina de su túnica entre los dedos.

—Oiga —dice la señora Duan—, mi señor, debería al menos darme algún tipo de explicación.

—No tengo ninguna explicación. —El hombre finalmente abre la boca—. Solo dinero. Diga su precio.

La señora Duan no sabe qué decir.

El hombre vuelve a sumirse en el silencio. A juzgar por la situación, la señora Duan se da cuenta de que este individuo solo planea entregarle una suma de dinero para saldar la deuda por criar al niño. No tiene intención de revelarle su identidad y no le importa lo que pase después, dejando que cualquier consecuencia que sobrevenga sea enfrentada por los Duan.

Pasa un tiempo. La señora Duan intenta descifrar lo que el hombre está pensando, pero él ya se ha metido la mano en la solapa y sacado varios billetes multicolores.

—Cuatrocientos taeles. —La señora Duan finalmente establece el precio.

El hombre sostiene un solo billete entre los dedos y se lo entrega.

Duan Ling no puede respirar. No sabe qué quiere este hombre, pero una vez oyó a las sirvientas decir que en las noches de invierno, gente bajaba de las montañas para comprar niños y luego los llevaban de vuelta, para ofrecerlos como alimento a los monstruos. Un miedo instintivo se apodera de él.

—¡No me iré! —exclama Duan Ling—. ¡No! ¡No!

Duan Ling se da la vuelta y echa a correr. Solo consigue dar un paso antes de que una sirvienta lo agarre por la oreja y lo arrastre hacia atrás envuelto en un dolor desgarrador.

—Suéltalo —ordena el hombre con voz grave, y luego pone una mano en el hombro de Duan Ling.

Esa mano parece pesar más de tres mil jin[5]. En ese instante, Duan Ling se ve incapaz de moverse un ápice.

El ama de llaves acepta el billete y se lo entrega a la señora Duan, que frunce sutilmente el ceño.

—Quédese con el cambio. Nos vamos —dice el hombre.

—¡No quiero ir! ¡No quiero ir! —grita Duan Ling.

La señora Duan sonríe.

—Afuera está muy oscuro. ¿Adónde van a ir? ¿Por qué no se quedan a pasar la noche?

Duan Ling grita hasta quedarse ronco, pero el hombre se limita a mirarlo.

—¿Qué pasa? —pregunta éste con el ceño muy fruncido.

—¡No quiero que me den de comer a los monstruos! ¡No me vendas! No… —Duan Ling intenta esconderse bajo la mesa, pero el hombre es más rápido. Lo agarra, curva un dedo y golpea un punto de la cintura de Duan Ling, haciendo que éste caiga de bruces.

Lo carga y lo saca por la puerta ante la mirada suspicaz de la señora Duan.

—No temas —dice el hombre con voz profunda, sosteniendo a Duan Ling bajo el brazo—. No te daré de comer a ningún monstruo.

Nada más salen de la mansión, una ráfaga de aire frío les azota el rostro como si fuera un cuchillo, levantando a su paso una ligera nieve. Duan Ling siente como si el qi[6] retrocediera por su garganta, bloqueándola. Abre la boca pero no sale ningún sonido.

—Mi nombre es Lang Junxia —dice la voz del hombre—. Recuérdalo bien: Lang Junxia.

—¡Lleve sus wantanes! —anuncia un anciano, su voz firme y lenta.

El estómago de Duan Ling gruñe. Se queda mirando el puesto de wantanes. El hombre llamado Lang Junxia se detiene, piensa en silencio un momento y coloca a Duan Ling en el suelo. Saca unas cuantas monedas y las arroja a un tubo de bambú que hay frente al puesto. Las monedas producen un ruido metálico al golpear el fondo.

Duan Ling se tranquiliza un poco. Se pregunta: «¿Quién es este hombre? ¿Por qué me ha sacado de ese lugar?».

Una lámpara amarilla frente al puesto de wantanes proyecta su luz a través de la nieve que cae. Lang Junxia presiona algunos puntos en la espalda de Duan Ling, desbloqueando sus puntos de acupuntura. Duan Ling está a punto de volver a gritar por ayuda cuando Lang Junxia le hace «shh». El anciano le trae a Duan Ling un tazón de wantanes bien calientes.

—Come —dice Lang Junxia.

Duan Ling ya no tiene tiempo de preocuparse por nada más. Toma el tazón y comienza a comer de inmediato, sin importarle que pueda escaldarse la garganta. Son wantanes de cerdo picado, gordos y rellenos, espolvoreados con sésamo y cacahuetes triturados. Un trocito de manteca de cerdo está fundido en el caldo; su fragancia embriaga los sentidos. En el fondo del tazón hay hojas de mostaza escalfadas.

Duan Ling se dispone a devorar la comida. El hambre vence a su miedo y, mientras come y el caldo le mancha la cara, un abrigo de piel de zorro se coloca sobre su espalda y luego lo envuelve.

Se toma el resto del caldo de un solo sorbo, deja los palillos a un lado y exhala. Solo entonces se vuelve para mirar a Lang Junxia.

Parece alguien que ha salido de una pintura; tiene la piel clara, una nariz alta y ojos profundos. Sus pupilas reflejan la luz de la lámpara del callejón y la nieve siempre presente.

Sus ropas realzan su alta figura; hay monstruos de aspecto feroz bordados en su prenda exterior, y sus dedos son largos y elegantes. Incluso lleva una espada colgando de su cinturón, un objeto resplandeciente que Duan Ling solo ha visto en un escenario.

A veces, cuando los que han hecho fortuna regresan de la capital, atraviesan las calles montados en grandes y altos caballos; Duan Ling se mezclaba entre la multitud para observarlos. Veía a esos jóvenes sonrojados por el éxito en la corte o en los negocios, vestidos de satén y brocado.

Pero ninguno es tan guapo como él. En cuanto a qué lo hace tan guapo, Duan Ling no sabría decirlo.

Está terriblemente asustado; teme que este hombre llamado Lang Junxia sea en realidad un monstruo disfrazado de humano, y que en cualquier momento vaya a mostrar sus colmillos y tragárselo para llenarse la barriga. No obstante, Lang Junxia se limita a mirarlo fijamente, sin apartar la mirada.

—¿Estás lleno? —le pregunta—. ¿Quieres comer algo más?

Duan Ling no se atreve a responder. Está tratando de idear una forma de escapar.

—Si ya estás lleno, entonces vámonos —le dice Lang Junxia, extendiendo la mano para que Duan Ling la tome. Sin embargo, él retrocede, lanzando miradas suplicantes a Laoqian como pidiendo ayuda. Lang Junxia simplemente gira la mano y le toma la suya. Incapaz de resistirse, lo sigue obedientemente.

—Señora —informa una sirvienta al regresar—, ese hombre está en el callejón con el bastardo comiendo wantanes.

La señora Duan se ciñe el abrigo y parpadea con inquietud. Llama al ama de llaves:

—Haz que alguien lo siga. Averigua adónde lleva al bastardo.

La luz brilla en cada ventana de Runan. La cara de Duan Ling está roja por el frío. Lang Junxia lo lleva por las calles húmedas y nevadas descalzo. Al llegar a un restaurante de la ciudad llamado Gota de Jade, por fin se da cuenta de que Duan Ling no tiene zapatos y lo levanta en brazos. Se vuelve hacia el edificio, silba, y en cuanto lo hace, un caballo sale trotando hacia ellos.

—Espérame aquí. Hay algo que tengo que hacer. —Lang Junxia envuelve a Duan Ling en un abrigo de piel y lo ayuda a subir al lomo del caballo.

Duan Ling inclina la cabeza para mirarlo. Lang Junxia tiene rasgos apuestos; sus ojos y cejas son afilados y definidos, como si estuvieran tallados en jade, y hay flores de junco enredadas en su cabello. Le dice que espere antes de darse la vuelta y desaparecer en la noche, como un halcón que despliega sus alas.

La imaginación de Duan Ling se desboca. ¿Quién es esta persona? ¿Debería huir ya? Pero el lomo del caballo está demasiado lejos del suelo y no se atreve a bajar de un salto por miedo a romperse una pierna y, más aún, por temor a que el caballo le dé una coz. Reflexiona sobre esto y aquello; ¿debería entregarle su destino a este extraño o dejarlo en sus propias manos? La pregunta clave es: ¿a dónde puede huir? Justo cuando finalmente se decide a dejar su vida y su muerte en manos de los cielos, una silueta aparece de nuevo en la entrada del callejón. Lang Junxia coloca el pie en el estribo y se monta en el caballo.

—¡Jía!

El gran caballo pisa el empedrado, produciendo una serie de sonidos de taconeo. Sale galopando del callejón, y en una noche sin un alma a la vista, dejan atrás la ciudad de Runan.

Duan Ling está sentado frente a Lang Junxia. Olfatea y el olor de su propia ropa húmeda le llega a la nariz. Sorprendentemente, la ropa de Lang Junxia está muy seca, como si acabara de secarse frente al fuego. Huele bien, como shaobing[7] recién horneado. Sus manos sostienen las riendas y hay una mancha de quemadura en su manga.

Duan Ling se da cuenta de que esa parte no estaba quemada antes. ¿Qué fue a hacer?

Duan Ling recuerda una historia: dicen que en el valle de Heishan[8], a las afueras de la ciudad, personas de las sociedades clandestinas fueron asesinadas durante los conflictos de dinastías anteriores. Estaban enterradas en las montañas, descomponiéndose desde hace más de un siglo, esperando que llegaran niños a quienes robarles sus cuerpos. Primero se transformaban en humanos, cada uno más apuesto que el anterior y con habilidades marciales excepcionales. Cuando encontraban a un niño, lo llevaban a la tumba, revelaban sus rostros podridos y le quitaban la esencia de su qi.

Los niños cuyos cuerpos eran robados quedaban atrapados en esas tumbas para siempre, mientras que esos gules obtenían su piel y podían pasearse por el mundo de los mortales, viviendo una buena vida.

Duan Ling no puede dejar de temblar. Piensa muchas veces en saltar del caballo y correr, pero el caballo es demasiado alto; es casi seguro que se rompería las piernas si lo hiciera.

¿Lang Junxia es un gul? La imaginación de Duan Ling se desborda. ¿Y si el gul quiere consumir su qi? ¿Debería, tal vez, guiar al gul a otra persona? No, no… no debe hacerle daño a nadie.

Alguien espera bajo las puertas de la ciudad para abrírselas a Lang Junxia. El caballo sigue hacia el sur, galopando a través de la ventisca a lo largo de la carretera. No se dirigen a la fosa común ni al valle de Heishan. Duan Ling comienza a sentirse más tranquilo y se siente cada vez más somnoliento mientras avanzan. Poco a poco, se queda dormido rodeado del aroma limpio y seco de Lang Junxia.

En sus sueños, dos eternas líneas de montañas y valles se deslizan con la fugacidad de una imagen en el lienzo de un teatro de sombras.

La nieve desciende delicadamente, como plumas de ganso, formando una manta; las cimas verde pálido de los picos montañosos parecen trazadas con tinta, una sola pincelada sobre lienzo blanco. Es en medio de esta pintura de tinta que su caballo se aleja a toda velocidad.


[1] Poema de Li Bai.

[2] Esta historia utiliza nombres y lugares históricos, pero no de forma históricamente exacta. Hubo un Imperio Liao, también conocido como Imperio kitán. Yuan era Mongolia, y Chen del Sur (ficticio, un sustituto de Song del Sur) aquí son los han.

[3] Todas las fechas son del calendario lunar, así que en lugar de nombres solares para los meses, simplemente están numerados. Hay que recordar que el año nuevo chino suele caer entre el 21 de enero y el 20 de febrero. El duodécimo mes suele ser el más frío, también conocido como el mes de la “preservación”.

[4] Prosa de Li Bai, versión ligeramente parafraseada del original.

[5] El jin es una unidad de peso que varía de una dinastía a otra.

[6] ☄La energía vital que existe en todas las cosas. [Fuente].

[7] Panes planos horneados en capas. Imágenes de referencia.

[8] 黑山谷. Valle de Heishan, literalmente “valle de la montaña negra”.

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