Duan Ling se despierta con un violento sobresalto.
La campana está tocando una y otra vez, un repique tras otro; desde afuera llegan los gritos de pánico. Al instante alcanza la espada que guarda junto a la cama, y entre el tumulto logra distinguir una frase:
—¡El ejército mongol está aquí!
Esta es la segunda ofensiva de las fuerzas mongolas contra Shangjing en dos años, y la última vez que atacaron también estaba llegando el otoño; da la casualidad de que ha pasado un año desde entonces. Duan Ling se pone la espada de inmediato y toma el arco largo que cuelga en el salón. Tan pronto como llega al patio trasero, ve cómo rocas y botes en llamas son lanzados a la ciudad. El fuego ha comenzado a propagarse.
La gente corre por las calles gritando «fuego», y Duan Ling atraviesa otra calle para unirse a un grupo que pasa cubos de agua. Pronto, otra roca vuela hacia la ciudad.
—¡Este lugar no resistirá! —grita Duan Ling—. ¡Todos, huyan al distrito norte…!
El distrito occidental de Shangjing es un completo caos. De alguna manera, el ejército mongol ha llegado a las puertas de la ciudad sin llamar la atención de nadie. Las llamas se disparan por todas partes, y ya se han colocado escaleras de asedio contra la puerta occidental; incluso hay soldados mongoles que se abrieron paso hasta la ciudad, alzando sus armas en alto.
«¡La ciudad aún no ha sido capturada! ¡Solo fuimos atacados por sorpresa!». Duan Ling salta al tejado, saca su arco largo y mata a un soldado mongol que se encontraba solo. Otro soldado que ha robado un caballo avanza por la calle trasera, prendiendo fuego por donde pasa, y Duan Ling también lo derriba de su caballo.
Para cuando dispara la tercera flecha, el enemigo ya lo ha descubierto y se le echa encima con sonoras maldiciones, apuntándole con una pesada ballesta. Duan Ling se oculta tras el alero y da una voltereta sobre el borde del tejado. Espada en mano, da un rodeo por el patio trasero y, de una estocada, mata a otro hombre.
La Guardia de la Ciudad se apresura desde todas direcciones para abatir al enemigo invasor, y finalmente logran contener el caos. No obstante, los tambores de guerra comienzan a sonar fuera de la ciudad; Yelü Dashi llega apresuradamente con sus tropas y cierra completamente las puertas de la ciudad, impidiendo toda entrada.
Al amanecer, Duan Ling corre a la casa de Cai Yan. Las puertas de la Mansión Cai están cerradas y atrancadas, y no encuentra a nadie allí; Duan Ling se dirige entonces a la casa de Helian Bo y tampoco hay nadie. Las calles están en un estado de desorden total, algunas personas recurren a recitar los sutras mientras que otras simplemente se centran en huir. A Duan Ling no le queda más remedio que volver a casa, y cuando llega encuentra a una chica en la puerta esperándolo. Sabe que es del Viburnum, pero no recuerda bien su nombre.
—Joven Duan, la madame quiere invitarlo al Viburnum —dice la chica con una inclinación.
Duan Ling coloca el arco en su espalda y la sigue. Poco a poco, Shangjing se calma; de vez en cuando se oye el gemido de alguien que llora. El sol de la tarde es de un blanco tan radiante que le escuecen los ojos. Cuando llegan al Viburnum, la chica le dice:
—Por favor, descanse aquí, joven Duan. En cuanto la madame termine el trabajo que tiene entre manos, le pedirá que la vea.
—Adelante —dice Duan Ling.
Antes de que la chica se marche, Ding Zhi ha venido a verlo. Se saludan y Ding Zhi le pregunta:
—¿Quiere comer algo, señor? Haré que preparen algo enseguida.
—No hay necesidad de molestarse.
Ding Zhi se inclina y sale de la habitación. Duan Ling bebe agua, come un poco de pastel para saciar el hambre y deja la espada y el arco antes de salir de la habitación. Salta sobre el muro con la esperanza de ver a lo lejos, pero encuentra humo negro elevándose en todas direcciones; entonces simplemente salta al tejado y, con los pies sobre las tejas, se sienta allí, contemplando la ciudad.
—La madame solicita una audiencia —dice una voz argentada.
Duan Ling mira hacia abajo; Xunchun ha llegado. Despacha a sus ayudantes antes de inclinarse ante él.
—¿Qué ocurre? —le pregunta Duan Ling.
—No hace mucho, durante la guerra civil en el sur, cuando su alteza y Zhao Kui se enfrentaron frente a Jianmenguan, Zhao Kui redesplegó urgentemente treinta mil tropas lejos de la carretera del este de Yubiguan y las hizo marchar hacia el sur —dice sombríamente Xunchun—. Esperaba atacar Jiangzhou por sorpresa y cortar la escapatoria de su alteza, haciéndolo enfrentarse a enemigos por ambos lados. No obstante, mientras las tropas eran redesplegadas, no hubo batalla. Antes de que llegaran los refuerzos, Mu Kuangda coordinó un complot con su alteza y Jianmenguan se rindió.
—En dos días se recuperó toda la carretera de Xichuan. —Xunchun mira hacia el patio—. Las campanas tañeron nueve veces en el monte Wenzhong; su tercera alteza se hizo cargo de la ciudad de Xichuan.
»Al mismo tiempo, como la guarnición dentro de Yubiguan se había debilitado considerablemente, los mongoles escalaron sobre la frontera natural del monte Jiangjun para invadir Liao. Pasaron por Huchang y vinieron directamente a Shangjing. Hace tres días, enviaron a un grupo disfrazado de comerciantes extranjeros y los infiltraron en Shangjing. Una vez dentro de la ciudad, lanzaron una emboscada y mataron a los guardias de la puerta, abriendo las puertas de la ciudad. Afortunadamente, fueron descubiertos a tiempo y la puerta occidental permanece segura.
—Hay diez mil soldados mongoles afuera, marchando sin obstáculos. Dentro de la ciudad solo quedan dos mil guardias de la ciudad y diez mil soldados. Antes de que el enemigo pudiera rodear la ciudad, el príncipe del Norte envió mensajeros hacia el sur y el oeste pidiendo refuerzos —termina Xunchun.
—¿Y mi abuelo?
—Está muerto. Antes de que su alteza se fuera, me dijo que en cuanto se resuelva la situación en el sur, tanto si el que asciende al trono es él como si es el Cuarto Príncipe, usted será el príncipe heredero. Debemos tratarlo con toda la cortesía que se le daría al emperador.
Duan Ling asiente.
—Por eso su alteza no debe hacer nada peligroso. Si necesita algo, por favor pídalo.
—Gracias. —Duan Ling baja de un salto del alero curvo.
Xunchun se da la vuelta y se aleja con pasos elegantes.
No tiene idea de dónde ha ido Cai Yan. Duan Ling comienza a quedarse en el Viburnum desde esa noche. Dentro de sus muros se siente como si nunca hubiera pasado nada; afuera sigue siendo tan ruidoso como antes, pero las mujeres están haciendo pasteles para el Festival del Doble Siete en el jardín del Viburnum. Duan Ling nota que cada vez que pasa por un lugar donde hay gente, ya sean hombres o mujeres, todos en el Viburnum se detienen y le hacen una reverencia.
Le preocupa Cai Yan, teme que tras la muerte de Cai Wen busque venganza por su hermano mayor sin importarle su vida, y por eso envía gente a buscar su paradero.
Xichuan.
Li Jianhong está sentado en el trono imperial; la silla misma fue traída aquí desde la antigua capital, pero lamentablemente, la tierra donde solía estar esa silla ya se ha convertido en territorio kitano.
—Hace años, incluso en ese entonces, padre ya tenía problemas de salud —dice Li Jianhong.
Li Yanqiu está de pie en una esquina mirando a través de los cristales de la ventana. Los rayos del crepúsculo se cuelan uno a uno en la habitación.
—Todavía recuerdo cómo solíamos perseguirnos el uno al otro frente a esa silla cuando éramos pequeños —dice Li Yanqiu—. En un abrir y cerrar de ojos han pasado tantos años.
—Sé el emperador —le dice Li Jianhong.
—Se tú.
—Se tú. No digas una palabra más. Está decidido.
Li Yanqiu sacude la cabeza con impotencia, pero Li Jianhong comienza a sonreír.
—Tengo un hijo. Te gustará cuando lo conozcas.
—¿Dónde lo escondes?
—En Shangjing. En unos días, cuando asciendas, iré a buscarlo.
—Lo trataré como si fuera mío.
Li Jianhong asiente. Los hermanos guardan silencio durante un largo rato antes de que Li Yanqiu vuelva a hablar.
—¿Vamos a trasladar la capital?
—Después de todo, Xichuan es el dominio de la familia Mu, así que dejémoslo en sus manos —dice Li Jianhong con voz profunda—. Siempre me opuse a la idea de mudarnos aquí a Xichuan.
—Debes estar en guardia a su alrededor.
—No podemos hacerle daño en este momento. La nueva corte aún no es estable, la clase terrateniente tiene sus raíces bien profundas en el gobierno, así que todo lo que podemos hacer es esperar.
Li Yanqiu lanza un largo suspiro.
Li Jianhong silba; suena especialmente abrupto dentro del salón del palacio. Un guardia abre la puerta y entra.
—Traigan a ese tipo aquí —dice Li Jianhong—. Ya ha pasado suficiente tiempo.
—Deberías haber dejado que Chang Liujun lo matara. ¿Por qué pasar por todo este problema? —dice Li Yanqiu.
—No quiero matar más —responde Li Jianhong, exánime—. Ya he matado a suficiente gente por el camino. Y si los Mu quieren matarme o no, no tiene nada que ver con este hombre.
Pronto, su subordinado trae a Wu Du. La cara de Wu Du está cubierta de magulladuras, todas sus heridas han sido vendadas y sus manos están envueltas en vendajes.
—Habla. —Li Jianhong se reclina en el Trono del Dragón. Li Yanqiu se sienta cerca de él, observando a Wu Du.
—Tus palabras decidirán quién vive y quién muere. —Los ojos de Li Jianhong están cerrados—. Eso incluye tu propia vida. Habla.
Wu Du mira en silencio los ladrillos de jade blanco del suelo; su patrón de tigre blanco es detallado y realista.
—No te mantuve con vida porque quisiera ver a un mudo —dice Li Jianhong, y pregunta—: ¿Qué influencia tuvo Mu Kuangda en los planes de Zhao- Kui?
—Ninguna. El maestro Wangbei tenía un discípulo que también es un asesino.
—¿Mu Kuangda dijo eso?
—El general dijo eso. Quería contratar a ese hombre para lidiar con su majestad.
—¿El canciller Mu estuvo de acuerdo con eso? —pregunta Li Jianhong.
—No.
—¿Se negó? —pregunta Li Yanqiu.
—No, tampoco.
Li Yanqiu se ríe.
—Vaya viejo zorro.
—¿Hay algo más? —dice Li Jianhong—. Si fueras uno de los míos y me respondieras así a cada pregunta, probablemente te habría cortado la cabeza antes de llegar a la segunda.
—Desde el principio hasta el final, solo dijo que no lo haría. No hay evidencia. Pero sí tiene la intención de ser desleal.
—Si pudiéramos condenar a la gente por intenciones desleales, quién sabe cuánta gente estaría ya muerta. Olvídalo, lo dejaré vivir por ahora.
Wu Du levanta la cabeza y mira a Li Jianhong.
—Puedes irte —le dice Li Jianhong—. Ve donde quieras.
Wu Du da un paso atrás, vacilando. En ese momento, las puertas del palacio se abren de par en par y un mensajero jadeante entra corriendo. Se arrodilla en el pasillo y levanta un informe con ambas manos sobre su cabeza.
—Las fuerzas mongolas han marchado hacia el sur, diez mil soldados de caballería asedian Shangjing. ¡Yelü Dashi solicita su ayuda! ¡Su majestad, por favor ayude a Shangjing a romper el asedio!
Li Jianhong acaba de regresar a Xichuan solo para descubrir que su patio trasero se ha incendiado de repente; está momentáneamente aturdido y sin saber qué hacer.
Los mongoles realmente han llegado demasiado rápido. Zhao Kui apenas había redistribuido las tropas estacionadas en Yubiguan antes de que inundaran y penetraran en territorio Liao. Lo más preocupante de todo es que los kitanos parecen carecer por completo de la fuerza necesaria para resistirlos. Una amplia franja de territorio al norte de Huchang está ahora ocupada. Zhongjing ha enviado tropas de refuerzo, y Yelü Dashi ha llamado enseguida al ejército que Li Jianhong tomó prestado, con la esperanza de que él pueda ayudarles en esta grave situación.
—Pienso que no debemos enviar tropas —dice Mu Kuangda.
El palacio de Xichuan ha esperado casi diez años, pero finalmente tienen a alguien a cargo a quien cada funcionario debe rendirle pleitesía.
No obstante, la posición de Li Jianhong aún no se ha oficializado, y su personalidad también difiere en gran medida de los sucesivos emperadores que lo precedieron. Los funcionarios de la corte acaban de lograr escapar de una purga de Zhao Kui, y ahora argumentan con gran devoción al imperio que este es el mejor momento para apoderarse tanto de Liao como de Yuan. La razón es muy sencilla: «Cuando el correlimos y la almeja están en guerra, el pescador solo tiene que esperar para capturarlos a ambos».
Han estado esperando a ver que Yuan y Liao declaren la guerra desde la Batalla del río Huai. Shangzi y la pérdida de su capital aún no han sido vengados, ¿cómo puede permitirse el lujo de enviar tropas?
Pongámoslo de esta manera: todo lo que tiene que hacer es devolver el ejército kitano que tomó prestado.
No puede traicionar a Yelü Dashi y convertirse en objeto de burla, pero al menos puede tomarse su tiempo para llegar allá, ¿no es así?
—Su majestad, usted defendió Shangjing por Yelü Dashi, así que es justo que los kitanos le devuelvan el favor.
Li Jianhong se limita a escucharlos con impaciencia, con el ceño fruncido profundizándose en un nudo.
—¿Su majestad? —pregunta tentativamente Mu Kuangda.
—¿Ya han terminado?
Los funcionarios en el salón del palacio miran fijamente a Li Jianhong. Ya han oído los rumores sobre la terquedad del Príncipe de Beiliang, y resulta que es tan obstinado como se rumoreaba.
—Su majestad —dice Mu Kuangda—. El antiguo emperador ha fallecido, y una nación no puede estar sin soberano ni un solo día. Debe ascender al trono lo antes posible para apaciguar a las masas. En cuanto al envío de tropas, podemos considerarlo detenidamente. No hay país en el mundo que envíe tropas para ayudar a su vecino cuando ni siquiera tiene un señor. Ya sea por razones sentimentales o lógicas, es muy inapropiado.
—No nos precipitemos con el «su majestad», ¿acordé que lo sería? Ve a hacer los preparativos ahora. El Cuarto Príncipe será entronizado mañana. Ministerio de Guerra, hagan un inventario y preparen provisiones. Marcharemos mañana por la tarde.
—Pero siempre debemos elegir un día auspicioso para la ascensión… —dice el director de Astronomía.
Li Jianhong le lanza una mirada. El director de Astronomía cae de rodillas.
—¡Esto va en contra de las costumbres!
—Su majestad —insiste Mu Kuangda—. La antigüedad es importante para la jerarquía. No podemos sobrepasar estos límites. Incluso la familia celestial tiene que acatar las reglas.
—Cuando los subordinados de Zhao Kui me tuvieron huyendo por todo el norte —suelta Li Jianhong—, ¿cómo es que no oí a ninguno de ustedes decir «la antigüedad es importante para la jerarquía»?
El salón se sume en un solemne silencio. Hay una amenaza evidente en lo que ha dicho Li Jianhong: «Si no me dejan enviar tropas, esperen a que desentierre viejos agravios».
—Aun así, su majestad debe ser entronizado primero. —Finalmente Mu Kuangda hace un compromiso—. En estos tiempos desesperados, podemos terminar la ceremonia lo más rápido posible. Entonces, una vez que su majestad pueda supervisar la corte, puede enviar tropas desde Yanzhou y enviar a los Guardias del Palacio Imperial junto con la unidad de halcones para atacar el perímetro defensivo mongol en Yubiguan. Ögedei entonces tendrá que dar media vuelta con su ejército para salvarse. De esa manera, Liao estará fuera de peligro.
—Liao estará fuera de peligro —dice fríamente Li Jianhong—. Pero no quedará nada de Shangjing.
—Los mongoles están atacando una ciudad, así que por supuesto masacrarán esa ciudad. Tal karma volverá para atormentar a sus descendientes. No es diferente de cómo las herraduras de hierro de los kitanos pisotearon el territorio soberano del Gran Chen en aquel entonces. Su majestad, con toda probabilidad, Shangjing no puede ser defendida.
Li Jianhong no intenta discutir con él. En cambio, dice:
—Demos por terminada esta reunión. Descartemos la pompa en la ceremonia de ascensión de mañana. Ministerio de Guerra, preparen las provisiones esta noche. Si todavía están arrastrando los pies y no han enviado las provisiones antes del mediodía de mañana, vengan a verme con sus propias cabezas cortadas. Se levanta la asamblea.
Li Jianhong ha escuchado durante mucho tiempo sin dejarse influenciar por ningún argumento. Si alguien se atreve a ir en su contra en secreto, seguramente se convertirá en el primer emperador de la historia en caminar por el salón del palacio con la espada en la mano para cortar a sus funcionarios donde estén parados. Los funcionarios se miran entre ellos, sabiendo que una era ha llegado a su fin. Cada uno niega con la cabeza y suspira melancólicamente, pero no tienen más opción que retirarse.
