Capítulo 40: Travesía

Es solo un campesino que pasa. Le hace a Duan Ling varias preguntas, y este aprieta su agarre en la daga, de modo que si el campesino hace algún movimiento en falso, se lanzará hacia él y pondrá fin a su vida. Por fortuna, cuando el otro hombre se da cuenta de que Duan Ling es han, no parece muy desconfiado y simplemente le dice que debería subir a su carreta de bueyes. Cuelga su lámpara en la carreta y continúa su camino.

Duan Ling se tumba en la pila de heno en la carreta. Días de huida han agotado toda su fuerza, y acurrucándose en el montón de heno, cae en un sueño profundo. No tiene idea de cuánto camino recorren, pero al amanecer siente que está envuelto alrededor de un cuerpo cálido.

La lengua de un perro lame su rostro. Duan Ling se despierta de inmediato y alcanza su daga, pero el gran perro la recoge astutamente con la boca y se la acerca. Sin palabras, Duan Ling acaricia torpemente la cabeza del perro.

En este día de otoño, fresco y seco, el cielo se extiende por encima de ellos. El campesino está sentado a un lado del camino charlando con algunas personas, mientras un bullicioso pueblo espera al final de la carretera.

Duan Ling se baja de la carreta y se inclina para agradecerle al campesino. El campesino lo detiene con un «ay, ay» para evitar que se vaya y le entrega un saco de tela con varios panes planos en su interior.

Duan Ling se los devora mientras camina, y cuando tiene sed, bebe del arroyo de la montaña. El clima se vuelve cada vez más frío; en un día radiante y soleado, se desnuda mientras aún hace calor para bañarse en un arroyo. Mientras está agachado para lavarse la cara y el cabello, su cuerpo desnudo se refleja en el agua. Ya no parece un niño. Lo que ve en el agua es la figura de un joven apuesto.

«He crecido», piensa para sí Duan Ling.

El próximo año, tendrá quince años. Ha crecido mucho, y sus brazos son más gruesos y sólidos de lo que solían ser. El uso frecuente del arco ha ensanchado sus hombros, y puede ver la tenue silueta de pectorales en su pecho. El cuerpo del joven sano en el agua no le parece real.

Lava su ropa, la seca al sol, se la pone y se echa el saco de tela sobre el hombro. Con un silbido, continúa su viaje, desolado.

El invierno llega cuando la última hoja amarilla se desprende de su rama, y Duan Ling también ha pisado el camino que lleva a Yubiguan.

La zona fuera de Yubiguan está abarrotada de refugiados que se dirigen al sur. Se mezcla con la multitud, escuchando a todos hablar en kitano, xianbei, han y tangut, con acentos entrelazados de todos los rincones del continente. Algunos viajan con sus familias, otros han perdido a sus esposas e hijos, y algunos no tienen más compañía que sus propias sombras. Hay quienes lloran, otros se quejan, y todos avanzan hacia el sur a paso de tortuga.

Mirando desde su posición en la multitud, se da cuenta de que hay gente hasta donde alcanza la vista, treinta, cuarenta mil personas fluyendo juntas como una gran corriente. Ni siquiera puede decir dónde termina.

Los responsables de Yubiguan no quieren abrir la puerta, así que los refugiados solo pueden intentar cruzar el monte Jiangjun. Algunos son abatidos a tiros por los mongoles, otros caen por los acantilados de la montaña muriendo de forma horrible, y a lo largo de todo el camino hay cadáveres con sus pertenencias y ropas despojadas. Duan Ling se ha acostumbrado a la muerte en su viaje, pero aun así no puede evitar derramar lágrimas al verlos.

Afortunadamente, Yubiguan finalmente abre antes de la llegada de la primera nevada. Los refugiados se adentran agradecidos en las llanuras centrales. Frente a una bifurcación en el camino, Duan Ling se siente momentáneamente perdido acerca de qué dirección tomar.

—Disculpe —pregunta—, ¿por dónde se va a Xichuan?

—¿Xichuan? —responde alguien—. Eso está muy lejos…

Antes de que termine de hablar, la multitud detrás de ellos los empuja para que se muevan más rápido, y el forcejeo separa a Duan Ling de su interlocutor. Entonces, él pregunta de nuevo «¿Cómo llego a Xichuan?» y alguien más le inquiere:

—¿Por qué vas a Xichuan?

—¡Para encontrar a mi papá! —grita Duan Ling hacia la persona a cinco pasos de distancia, a través de un hombre que no responde y que se interpone entre ellos.

—Se llama «Xichuan», llanuras del oeste, ¡así que naturalmente debes ir hacia el oeste! —responde esa persona.

Entonces, Duan Ling se embarca en otro camino. Sin embargo, los pasos de un humano nunca son más rápidos que el hielo y la nieve, y el clima se vuelve más y más frío con cada paso que da. El invierno ha llegado al país al sur de la Gran Muralla.

Sus ropas le cuelgan en harapos desde que dejó las montañas Xianbei, y parece un mendigo. Cada vez que logra robar algunas prendas en el camino, simplemente se las echa encima. Su cabello es un auténtico nido de pájaros y sus pies están cubiertos de ampollas ensangrentadas.

«Cuando llegue a Xichuan, mi papá probablemente ya no me reconozca», se ríe Duan Ling para sus adentros.

Varias veces ve pasar a los soldados de Chen del Sur, y siempre que lo hace siente el repentino impulso de interponerse en su camino y decirles: «Soy su príncipe heredero, llévenme ya a Xichuan».

Pero no es más que un pensamiento pasajero. Incluso en sus fantasías, sabe que solo van a creer que está loco. Duan Ling no tiene otra opción más que seguir adelante, hasta que llega a las murallas de la ciudad de Luoyang, cuando realmente ya no puede caminar más.

Si sigue caminando así, acabará congelándose hasta la muerte en el camino.

Todo el norte está sumido en la agonía del invierno. Duan Ling no puede hacer otra cosa más que entrar en Luoyang para escapar del frío.

La primera nevada desciende sin previo aviso. La nieve cae suavemente, cubriendo la tierra; de la noche a la mañana, la ciudad se ornamenta de hielo cristalino, reluciente al sol. En las ruinas de los viejos templos y en cada esquina de las calles hay refugiados desplazados por la guerra. Por suerte, Duan Ling logra abrirse paso hacia un viejo y deteriorado templo, y encuentra un rincón junto a una pared con corrientes de aire para mantenerse con vida.

Sentimientos antaño familiares asaltan sus sentidos una vez más: el hambre, el frío, el dolor; aquellos recuerdos que más se le grabaron en la infancia devoran implacablemente su alma. El hambre le roe como un lobo voraz, mordiendo sus entrañas, apretándolas sin piedad en una masa singular; el frío acaricia su cuerpo que estaba envuelto en nada más que una sola capa de tela toscamente tejida; el dolor ataca cada centímetro de él como incontables agujas. Un tormento tras otro hace que todo su ser sufra espasmos.

Duan Ling se abraza con fuerza y se ovilla. A través de un pequeño agujero en la pared puede ver la cálida luz de una lámpara que resplandece desde la ciudad mientras él tiembla y la nieve cae. La nieve está cayendo sobre todo, cubriendo a los vivos y cubriendo a los muertos, a lo largo de miles de millas y a través de los eones.

Detrás de él, la vieja estatua de Buda del templo, con el barniz descascarillado por el paso del tiempo, está sentada con una mano en la posición del mudra karana[1] y una expresión amable en su rostro mientras observa a las almas afligidas y frías ante ella.

En una noche, más de mil cuatrocientas personas mueren congeladas en Luoyang.

Al día siguiente, cuando Duan Ling se pone en pie tambaleándose para salir del templo, casi la mitad de los que habían hecho de este lugar su hogar temporal han dejado de respirar.

Debe encontrar alguna forma de ganarse la vida en el mercado; de lo contrario, en otra noche, también terminará muriendo aquí. La gente va y viene por el mercado, y todo el mundo va envuelto en un abrigo. Duan Ling permanece de pie en la nieve, lanzando miradas suplicantes a todo el que lo examina, con tanto frío que ni siquiera puede hablar.

—¿Vas a venderte? —le pregunta alguien.

—No —responde Duan Ling mientras tiembla.

Esos bribones locales simplemente se están divirtiendo con él. Le dan un golpecito en la boca para que la abra, revisan si sus dientes están enteros y parejos, y le piden que dé unos pasos. Tan pronto como Duan Ling da el primer paso, corren a ver grillos.

Se pregunta si debería empeñar la daga, o tal vez tomar la daga y sostenerla contra la espalda de alguien para coaccionarlo por dinero. Incluso si simplemente agarra algo de dinero de un puesto callejero y huye, puede ser suficiente para salvarlo de su situación actual. Después de todo, cada rincón de esta tierra y hasta el último cobre en este imperio le pertenece legítimamente… pero al final no hace nada de eso.

«¡Yo no robé dinero! ¡No robé el dinero de la señora!».

Esas palabras siguen resonando en su cabeza hasta que llega el crepúsculo y, de la nada, se produce un alboroto. Alguien grita:

—¡Vengan a calentarse junto al fuego!

Los puestos del mercado están cerrando, así que Duan Ling corre con la multitud. Una casa está ardiendo en el interior de una callejuela, y mucha gente se reúne fuera para calentarse junto a las llamas. Duan Ling puede escuchar el llanto de un bebé en algún lugar allí, y toma apresuradamente un puñado de nieve, lo mete en su saco de tela, se lo coloca en la cara y entra corriendo.

—¡¿De quién es este niño?! —pregunta Duan Ling, preocupado.

Nadie le responde. Duan Ling pregunta por todas partes, pero nadie lo quiere.

Ha salvado a un bebé de un incendio. ¿Cómo es posible que nadie lo quiera? ¿Cómo tiene sentido eso? La guardia llega, pero no pueden hacer nada; solo se quedan allí, mirando cómo arde el fuego. Duan Ling no tiene más remedio que sostener al bebé cerca de él y, con una expresión entumecida, se sienta en la puerta de la botica.

«Papá, tengo tanto frío. Voy a morir…»

Duan Ling permanece sentado, aletargado, con estos pensamientos rondando en su mente. El llanto del bebé en sus brazos se suaviza hasta convertirse en un gemido. Se pregunta si el pequeño está cansado de llorar o si ha fallecido, y le da unas ligeras palmaditas. Como si el bebé pudiera sentir algún atisbo de esperanza, hace todo lo posible por llorar de nuevo, con todas sus fuerzas.

Se abre la puerta de la botica.

—Aiyoh, ¿qué es esto? —dice el tendero dentro de la botica—. Entra.

Duan Ling se arrastra hacia el interior, temblando. En ese mismo instante, sobrevive de nuevo, pasa la noche acurrucado junto al horno para refinar de medicinas. El ayudante del boticario ha renunciado y se ha ido a casa, y ahora el tendero surte las recetas, prepara los ingredientes medicinales, cocina el ungüento y hace él mismo las cataplasmas, planeando distribuirlas entre las familias adineradas de la ciudad para curar todo tipo de enfermedades que aquejan a los ricos. Duan Ling está tan hambriento que se le empieza a nublar la vista. En medio de la noche, el tendero trae dos tazones de vino y, sirviéndose él mismo, bebe solo. Le lanza a Duan Ling un par de panes planos, y entonces Duan Ling los convierte en migajas para alimentar al niño.

—¿De dónde lo has robado? —El tendero lo mira de reojo.

—Lo salvé del incendio.

—Pobrecillo. Pues dámelo. Justo estaba pensando en adoptar uno.

Ni siquiera alguien tan mayor como Duan Ling logra despertar interés; que un bebé tan pequeño sobreviva en un mundo como este es realmente inusual. Por eso, el tendero y su esposa, que no pueden tener hijos propios, deciden adoptar al niño. En cuanto a Duan Ling, se las arregla para hacer una cama en el suelo, debajo de los gabinetes de medicina, y se desempeña como empleado temporal del boticario.

La mayoría de los otros refugiados que han llegado a la ciudad no cuentan con muchas habilidades, y para sobrevivir, todo lo que pueden hacer es robar. Sin embargo, Duan Ling es muy eficiente. Sabe reconocer los ingredientes y, además, puede escribir; al copiar las recetas, su letra es más elegante que cualquier otra que hayan visto, y nunca se equivoca al dispensar los medicamentos. El tendero teme que las autoridades lo interroguen por acoger a un refugiado, así que permite que Duan Ling se esconda en una habitación poco iluminada, llena de ingredientes medicinales. Duan Ling corta, refina y dispensa los medicamentos, mientras el tendero le proporciona comida. De vez en cuando, la esposa del tendero se acerca con el bebé y le da algo de dinero a Duan Ling.

El tendero está bastante satisfecho con Duan Ling y decide dejarlo quedarse. Esta parada se extiende durante tres meses.

Duan Ling finalmente ha sobrevivido a los meses más fríos del invierno. Ha recogido varios abrigos descartados que el dueño de la tienda ya no quiere; ahora está abrigado y sin haber gastado nada, lo cual es un alivio. Incluso ha logrado ahorrar algo de dinero para sus gastos de viaje, así que finalmente puede marcharse a Xichuan.

Pregunta por ahí para averiguar cómo llegar, y le dicen que el camino a Xichuan le llevará otros quince días. Sin documentación, probablemente no podrá entrar en la capital, pero ¿a quién le importa? Tendrá que preocuparse de eso cuando llegue. Una vez que esté frente a las murallas de la ciudad, no será difícil encontrar una forma de entrar. Cuando la nieve comienza a derretirse, Duan Ling empaca todas sus pertenencias, hace una visita al niño que llora para ser alimentado y le da una última palmadita en la cabeza. Luego se da la vuelta y cierra la puerta de la botica tras de sí. Deja una carta de despedida, se echa el fardo al hombro y emprende el camino de regreso a casa.

La primavera ha llegado gradualmente. La ciudad de Luoyang se siente como otra página en su viaje; no deja muchas huellas. Duan Ling camina por las carreteras imperiales y, después de medio mes de caminar, llega a Jiangzhou.

«Así que esta es la Jiangzhou de la que me habló papá», piensa para sí Duan Ling.

Es tan próspera como la describió Li Jianhong, pero no hay ninguna flor de melocotón. Probablemente no sea la época del año todavía.

Duan Ling pregunta a los lugareños, pero no logra entender del todo el dialecto de Jiangzhou. Alguien se ofrece a llevarlo a Xichuan, pero solo intentan engañarlo. Sin siquiera darse cuenta de cómo, le estafan algo de dinero. Finalmente, se embarca en un transbordador a las afueras de Jiangzhou, paga ciento veinte cobres y duerme en la cubierta junto a los barqueros mientras remontan el río hacia Xichuan. El aire se vuelve más cálido en cuanto llega al sur; bajo la resplandeciente y hermosa luz del sol, Duan Ling se sienta en el extremo más alejado de la proa, sin hablar con nadie.

En ambas orillas, las montañas se recortan oscuras contra el cielo, como si estuvieran pintadas con tinta, haciéndole recordar la tarde en que Lang Junxia lo sacó de Shangzi.

Llega a Xichuan.

El Monte Wenzhong, el río Feng, la ciudad de Xichuan: todos son lugares de los que Li Jianhong le habló.

Con una sensación de familiaridad y, al mismo tiempo, un extraño aire de desconocimiento, se detiene en la carretera mientras cálidas brisas acarician sus mejillas. A ambos lados de la vía se extienden campos verdes de cereales; la siembra de primavera ya ha comenzado.

Desde el día que escapó de Shangjing, ha pasado medio año.


[1] Un gesto que se ve a menudo en las pinturas de Buda: un dedo apuntando hacia arriba y dos en la palma.

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