—Cielo negro, tierra amarilla, vasto universo, todo caos; el sol y la luna crecen y menguan, las constelaciones se extienden por el cielo; el frío llega, el calor se va, el otoño cosecha, el invierno guarda; los días extra hacen un mes, súmalos y encontrarás el solsticio…
Mientras mueve la cabeza de un lado a otro en la recitación matutina, cotejando con el Clásico de los mil caracteres publicado por el Salón Ilustre, Duan Ling aprende un carácter tras otro durante la primera quincena hasta conocer la mayor parte de ellos.
El profesor señala una frase con la regla de castigo, y Duan Ling la lee en voz alta; el profesor señala otra, Duan Ling la lee una vez más en voz alta, y así sucesivamente.
—¿Cuál es este? —le pregunta el profesor.
Duan Ling se sienta erguido y responde:
—Señor.
—¿Y este? —El profesor señala otro.
Duan Ling no puede responder, y el maestro le da un golpe en la palma de la mano con su regla. Duan Ling lo soporta, sin atreverse a lanzar un grito, mientras la palma le escuece con un calor doloroso.
—Anillo de jade[1]. —El profesor recorre las filas de alumnos y dice con displicencia—: Como el anillo de jade de He, o el «bi» de Yubiguan[2]. Elegante caballero, como la tableta de jade, como el anillo de jade[3]. Siguiente.
Duan Ling sigue frotándose las manos, presionando con la izquierda el lado de porcelana helada de su taza para lavar los pinceles. El profesor va haciendo preguntas a los alumnos uno por uno, y también regalando golpes con su regla uno por uno. El cielo encapotado se oscurece, pero solo cuando suena la campana afuera el profesor dice:
—Se acabó la clase.
Los niños prorrumpen en bulliciosos vítores y se ponen en marcha. Es el primer día del mes, el día en que se van a casa. Los carruajes y los relinchos de los caballos se agolpan en la calle, frente al Salón Ilustre, formando una masa impenetrable; muchos niños asoman la cabeza para mirar a su alrededor, como si esperasen con impaciencia la llegada de un festival. Duan Ling ha estado esperando todo este tiempo, esperando a que Lang Junxia viniera a buscarlo. Los primeros días fueron una verdadera tortura, pero a medida que se acercaban las vacaciones de alguna manera su agitación se había calmado.
El portero llama los nombres uno a uno, y quienes son mencionados son recogidos. Muchos se suben a la valla para mirar a su alrededor, pero son rápidamente bajados, golpeados o amenazados por el director, que empuña la regla.
Duan Ling se pone de puntillas en los escalones, mirando hacia la calle. Lang Junxia siempre es el más alto, como una grúa entre una bandada de gallinas, así que lo vería al instante, pero Lang Junxia no está allí.
Seguramente está atrapado en el tráfico del callejón. Probablemente le tomará un buen rato llegar a caballo.
—Mansión Yuan, señorito Yuan.
—Familia Lin…
El portero pronuncia los nombres y los niños van saliendo uno a uno, dejando las placas con los nombres que cuelgan de su cintura a buen recaudo en el Salón. Cada vez quedan menos niños en el patio delantero, y Duan Ling comienza a pensar que Lang Junxia probablemente esté retrasado por algo.
—Familia Cai, señorito Cai.
Cai Yan sale y asiente a los otros estudiantes. Duan Ling todavía está mirando a su alrededor, por lo que ve a Cai Yan de inmediato. Cai Yan lo saluda.
—¿Dónde está tu padre?
—Llegará pronto. —Duan Ling no le explica a Cai Yan que el que viene a recogerlo no es su padre.
Cai Yan sale por la puerta principal y un joven montado en un gran caballo deja que Cai Yan se siente delante de él y se lo lleva. Duan Ling mira con envidia al joven del caballo; el hombre le lanza una mirada indiferente antes de darse la vuelta y hacer que el caballo se aleje trotando.
Media hora después, solo queda una docena de ellos en el patio, y el callejón exterior del Salón Ilustre está cada vez menos concurrido. Cuando el portero termina de decir el último nombre, los únicos que siguen de pie en el mismo sitio son Duan Ling y el joven que lo golpeó contra la campana. Cansado de estar de pie, Duan Ling ha pasado a sentarse en los escalones. El joven se ha apoyado en su otra pierna y mira hacia el exterior.
El director y los profesores se han cambiado de ropa y pasan por delante de Duan Ling. Cada uno ahueca las manos en dirección al otro, y, abriendo sus respectivos paraguas, se dirigen a casa para pasar los días libres.
El portero cierra las puertas delanteras. El último rayo del atardecer se torna de un púrpura oscuro, proyectando sombras de pinos junto al muro.
—Dejen aquí las placas con sus nombres —les dice el portero—. Si alguien viene más tarde, naturalmente, les dejaremos entrar por ustedes.
El joven se acerca primero y entrega la placa de madera que cuelga de su cintura, pero no se va, se queda allí mirando distraídamente. Duan Ling se da cuenta de que el nombre «Borjigin Batú» está grabado en la placa.
—Entonces, ¿qué hacemos? —le pregunta Duan Ling, un poco aprensivo. Levanta la vista tratando de encontrar al joven llamado Batú y descubre que ya se ha marchado.
—Vaya al comedor a cenar algo. Cuando termine, siga esperando, haga lo que tenga que hacer. Si nadie viene a buscarlo, lleve su ropa de cama al segundo piso de la biblioteca por la noche y duerma allí —le responde el portero.
Duan Ling lleva casi quince días esperando y todas las esperanzas que llenaban su corazón se han esfumado. Nunca se había sentido tan abatido, pero aun así cree que Lang Junxia vendrá. Después de todo, Lang Junxia nunca ha faltado a una cita y siempre ha sido fiel a su palabra. Tal vez algo lo retiene, está momentáneamente ocupado y no puede escapar.
Duan Ling vuelve a su habitación, ordena sus cosas y entonces oye de nuevo la campana del patio delantero. Le da un vuelco el corazón y corre a ver. A lo lejos, vislumbra la espalda de Batú mientras se aleja.
Duan Ling lo entiende de repente: Batú lo está llamando para ir a cenar.
Cualquier resentimiento juvenil que hubiera entre ellos está ya muy olvidado; el odio llega rápido y se olvida con la misma rapidez. Duan Ling ya no siente ningún tipo de enemistad hacia él. Al contrario, siente cierta conmiseración mutua.
Durante estos dos días de descanso, unos seis trabajadores se quedarán para cuidarlo todo. La cocina ha preparado una olla gigante de estofado, y hacen cola para recibir su comida, el portero incluido. En el comedor hay dos lámparas de aceite encendidas y una sola mesa puesta. Duan Ling se acerca con su tazón de comida. Cuando Batú ve que no hay lugar para que se siente, se aparta un poco para dejarle sitio.
Mientras Duan Ling duda, Batú parece un poco molesto, pero finalmente abre la boca para hablar:
—No voy a pegarte. Siéntate. ¿Tanto miedo me tienes?
Duan Ling piensa para sí: «¿Quién te tiene miedo?». Su orgullo le dificulta simplemente sentarse, pero no puede comer de pie, así que no le queda más remedio que acomodarse junto a Batú.
¿Y si Lang Junxia realmente no viene? El corazón de Duan Ling está hecho un desastre, pero enseguida se consuela: sin duda Lang Junxia vendrá. Lo más probable es que el Viburnum simplemente lo esté reteniendo un poco más para cenar y beber, y no puede irse así como así.
Quizá Lang Junxia esté borracho y cuando se le pase la borrachera vendrá por él.
Tras la cena, Duan Ling regresa a su habitación para esperar un poco más. Durante los días de descanso, el Salón Ilustre ahorra carbón manteniendo los braseros apagados, lo que hace que la habitación esté tan fría como una bodega de hielo, y Duan Ling no puede estarse quieto, paseándose de un lado a otro. Al recordar que el portero le ha dicho que pasarán la noche en la biblioteca, piensa que debe haber un fuego y un lugar donde pueda calentarse, por lo que enrolla su ropa de cama, la levanta con cierta dificultad y la lleva por el patio trasero hasta la biblioteca.
Todos los sirvientes están ya allí, con sus camas esparcidas por el primer piso. Hay una estufa de carbón fuera de la esquina del edificio que nunca se apaga, compartiendo chimenea con la cocina, y las tuberías calefactadas enterradas proporcionan toda la deshumidificación que el pabellón de los libros, la sala de los rollos de bambú y la sala donde se guardan los largos pergaminos puedan necesitar para evitar que la humedad o la temperatura gélida rompan los viejos pergaminos y documentos e impidiendo que la tinta sólida se agriete. En cuanto entra Duan Ling, un trabajador le dice:
—Señorito, usted es un erudito. Por favor, vaya al segundo piso.
Aunque el segundo piso es oscuro y lúgubre, es muy cálido. Fuera de los paneles tallados de la ventana, el paisaje nevado parece tan luminoso como de día; los copos de nieve proyectan sus sombras fluidas y fragmentarias sobre el papel semitransparente de la ventana, creando una suave luz resplandeciente. Encima de ellos se alzan, fila tras fila, grandes y altas estanterías, y bajo sus sombras entrecruzadas hay una única linterna encendida sobre una amplia mesa de madera.
A su alrededor, en las estanterías, hay colecciones de libros, pergaminos largos y tiras de madera atadas formando rollos. Cuando el emperador de Liao invadió el sur durante su expedición meridional, saqueó a conciencia la capital han. Como era muy aficionado a los libros y documentos, se los llevó todos y los almacenó en Shangjing, Zhongjing y Xijing[4]. Entre ellos hay incluso caligrafía auténtica de grandes maestros de las dinastías anteriores.
Antes de la Batalla del río Huai[5], todos estos libros solían estar guardados en la biblioteca de la Academia Imperial del emperador de Chen, y la gente común nunca tendría la oportunidad de verlos. Pero ahora están cubiertos por el polvo de la historia, silenciosos a la tenue luz amarilla de una sola lámpara, y sus cubiertas ocultan quién sabe cuántas almas de sabios desde tiempos remotos.
A la luz, Batú extiende su ropa de cama y coloca una almohada. Duan Ling no se decide a acercarse, pero Batú ni siquiera se molesta en dedicarle una mirada antes de dirigirse a las estanterías para elegir un libro. Es como dice el proverbio: «Los enemigos están condenados a encontrarse en caminos estrechos». Duan Ling piensa que, aunque no ha pensado en Batú como algo parecido a un archienemigo, se siente algo incómodo. Es probable que Batú sienta lo mismo: ninguno de los dos cree que deba ignorar al otro, es solo que ninguno de los dos quiere ser el primero en sugerir que hagan las paces.
Por lo tanto, Duan Ling extiende su propia ropa de cama al otro lado de la larga mesa, con una lámpara entre ellos como la línea del medio que divide un tablero de ajedrez, una línea que ninguno cruzará. También él va a buscar un libro para pasar mejor el rato mientras espera la llegada de Lang Junxia.
Duan Ling apenas ha empezado a aprender a leer, por lo que hacerlo le resulta bastante agotador. Solo puede leer libros con muchas ilustraciones. Por casualidad, encuentra un ejemplar de la Enciclopedia de las plantas, lleno de extrañas ilustraciones de innumerables ingredientes medicinales e insectos, y no puede evitar reírse mientras lee. Al levantar la vista, se da cuenta de que, al otro lado de la mesa, Batú lo está mirando fijamente.
Batú parece tener aún menos ganas de leer que Duan Ling; en un momento está tocando un libro y al siguiente hojeando otro. Tiene una pila de volúmenes frente a él, cada uno apenas hojeado antes de ser descartado a un lado. Cambia de postura, se rasca la nuca y, poco después, se quita la camiseta y se ata la prenda exterior alrededor de la cintura, quedando su torso al descubierto. Pero no tarda en darse cuenta de que hace demasiado frío y se envuelve a medias en la manta, luciendo como un rufián desaliñado.
Incluso Duan Ling está perdiendo la motivación para leer mientras lo observa. Bosteza, medio despatarrado sobre la mesa, y se queda mirando al vacío. Desde un callejón lejano, los badajos de un vigilante dan las horas a través de la tormenta de nieve: ya son tres horas para la medianoche y Lang Junxia aún no ha llegado.
… Tal vez no venga esta noche.
De repente, Duan Ling se siente abrumado por una mezcla de pensamientos. Reflexiona, y sigue reflexionando; ha pasado más de un mes desde que Lang Junxia lo sacó de la casa de los Duan, y Duan Ling ha estado pensando en ello todos los días. Con el tiempo, ha aprendido muchas cosas, pero aún no entiende por qué Lang Junxia lo sacó de allí.
«Mi nombre es Duan Ling, mi padre es Duan Sheng…», Duan Ling se repite estas palabras una y otra vez en su cabeza. ¿Lang Junxia lo llevó a Shangjing porque «Duan Sheng» se lo encomendó? «Si es así, ¿por qué mi padre no viene a verme?». Antes de que Lang Junxia se fuera, dijo «todavía tengo trabajo que hacer», bueno, ¿qué clase de trabajo es? Tal vez él no es tan importante a los ojos de Lang Junxia; es igual que un gatito o un cachorro, una vez acomodado, el asunto quedó resuelto. Lang Junxia podría enviar una carta al padre de Duan Ling, y, ya sea que viva o muera, habrá cumplido con su deber.
Duan Ling está acostado en su ropa de cama, dando vueltas y vueltas, y su mente le hace concebir un pensamiento casi desesperanzador: tal vez Lang Junxia no vendrá nunca.
¿Qué razón tiene Lang Junxia para venir a buscarlo? No son familiares ni viejos amigos; ¿se supone que debe hacerlo solo porque lo prometió?
Duan Ling se mete la mano bajo la solapa, sus dedos acarician el arco de jade dentro de la bolsa de tela, y en su corazón brota una tristeza inefable que se niega a desaparecer, arrastrándolo a una desesperación cada vez más profunda. Tal vez Lang Junxia le ha estado mintiendo todo el tiempo, del mismo modo que cuando falleció su madre la cocinera le dijo que su padre quizás iría por él. Duan Ling lo había esperado durante mucho, mucho tiempo, pero su padre nunca apareció.
Tal vez Lang Junxia también es así. Tal vez esas palabras no eran más que palabras para animar a un niño. Probablemente no volverá.
Duan Ling sigue pensando en eso y entierra la cara en las mantas, tratando de sentirse mejor.
Batú oye el ruido y observa a Duan Ling con perplejidad a través del estrecho hueco bajo la pequeña mesa. Al ver cómo Duan Ling se agita bajo las sábanas, se sube ágilmente a la mesa y se desliza hasta el otro extremo.
—Oye —le dice Batú al oído—. ¿Estás llorando? ¿Por qué lloras?
Duan Ling lo ignora. Batú se arrodilla en la mesa sobre una rodilla, agarrado al borde, haciendo un esfuerzo por agacharse y levantar las mantas de Duan Ling, pero este las tiene bien sujetas.
Batú saca un pie descalzo de la mesa y le da una patada a la manta de Duan Ling. Luego, se lanza de la mesa y arranca la manta para revelar el rostro oculto. Duan Ling no está llorando, solo tiene el ceño fruncido con fuerza.
Batú se sienta con las piernas cruzadas y observa atentamente a Duan Ling. Este le devuelve la mirada. Los ojos de ambos parecen contener una extraña especie de entendimiento tácito. Finalmente, Duan Ling aparta la cara.
—No llores —le dice Batú—. Sopórtalo. Aguántalo.
Aunque las palabras de Batú suenan impacientes, no hay ni un ápice de desprecio en ellas. Las dice como si él mismo hubiera pasado por lo mismo.
Alarga la mano, la pone sobre la cabeza de Duan Ling y la acaricia despacio. Luego le da una palmadita en el brazo.
De repente, Duan Ling se siente mucho mejor.
Ese día, Batú tiene diez años y Duan Ling, ocho y medio. La luz de la lámpara parpadea en la biblioteca, una llama tan pequeña como un frijol que se abre paso a través de un cielo nevado, iluminando los nuevos recuerdos de Duan Ling. La nieve parece haber cubierto su oscuro pasado, y en ese preciso momento, sus preocupaciones se ven vívidamente alteradas.
La línea de luz que separa a Batú y Duan Ling parece dividirlos en dos mundos distintos. Extrañamente, Duan Ling descubre que sus recuerdos del pasado se han vuelto borrosos: ya no se aferra a las palizas y las burlas que le propinaron los Duan, y las marcas que el hambre ha grabado en sus huesos parecen atenuarse.
«Tu nombre es Duan Ling. Tu padre es Duan Sheng».
Con ese único trazo del pincel de Lang Junxia, las manchas y los borrones que ensucian el papel blanco y liso de la vida de Duan Ling se desvanecieron uno a uno, pero tal vez en su lugar quedaron ocultas por un tono más profundo de tinta. Lo que ahora le preocupa ya no es lo que antes le preocupaba.
—Ya no te quiere —le dice Batú con displicencia.
Duan Ling y Batú se apoyan hombro con hombro en la mesa, sentados en el suelo y abrazados a sus mantas, con la mirada perdida en la pintura que cuelga frente al pabellón de los libros.
—Me prometió que vendría —replica obstinadamente Duan Ling.
—Mi madre decía que en el mundo en que vivimos nadie te pertenece de verdad. —Batú se queda mirando la pintura, donde el dorado y verde se entrelazan en una representación de la prefectura de Cangzhou. Continúa sin prisas—: Esposa e hijos, padres y hermanos, halcones volando en el cielo, hermosos caballos galopando sobre la tierra, regalos otorgados por el propio Kan…
»… Y que nada te está prometido. Lo único de lo que puedes estar seguro es de ti mismo. —Batú baja la mirada, crujiéndose los nudillos, y dice esto como si no le importara en absoluto.
Duan Ling gira la cabeza para mirar a Batú. Hay un hedor natural a oveja en él que se mezcla con su túnica de piel de animal, que no ha sido lavada en mucho tiempo. También tiene el cabello grasiento.
—¿Es tu padre? —inquiere Batú.
Duan Ling sacude la cabeza.
—¿Un asistente invitado[6]? —aventura otra vez Batú.
Duan Ling vuelve a sacudir la cabeza. Batú parece perplejo.
—No me digas que realmente es el esposo criado[7] que tu familia dispuso. ¿Dónde está tu padre? ¿Y tu madre?
Duan Ling sigue sacudiendo la cabeza. Batú deja de insistir.
Pasa mucho tiempo.
—No tengo padre —le confiesa Duan Ling—. Soy un bastardo.
La verdad es que sabe que cuando Lang Junxia le dice «tu padre se llama Duan Sheng», solo es una excusa inventada. Si no, ¿por qué nunca ha sacado a relucir a ese tal «Duan Sheng»?
—¿Y tú? —le pregunta.
Batú asiente.
—Mi padre me abandonó hace tiempo. Dijo que me llevaría a casa una vez al mes, pero hace más de tres meses que no lo veo.
—Ellos no son más que unos mentirosos —le dice Duan Ling—. Si no les crees, no te engañarán.
Batú parece desinteresado.
—Sí, pero de vez en cuando sigo creyéndoles.
—¿A ti también te engañan mucho? —le pregunta Duan Ling.
—La verdad es que no. —Batú se da la vuelta y se tumba en el suelo, encontrándose con los ojos de Duan Ling—. Antes sí, mucho. Ahora ya no tanto. Pero si lo sabías… ¿por qué le creíste todavía?
Duan Ling deja de hablar. Una vez pensó que Lang Junxia nunca le mentiría. Después de todo, él no es como los demás.
La noche se vuelve más oscura y el único ruido que queda en el mundo es el de los copos de nieve al caer. Están acostados, uno boca abajo y otro boca arriba; las mantas huelen a Batú, el olor corporal de los hombres jóvenes. Ni siquiera saben cuándo acaban quedándose dormidos. Duan Ling ya no tiene muchas esperanzas; sabe que Lang Junxia no vendrá mañana, ni pasado mañana. Es justo como cuando los adultos solían usar a su padre inexistente para mentirle mientras todavía estaba con los Duan.
«¡Oye, bastardo, tu padre está aquí para recogerte!».
Dijeron esas palabras innumerables veces, y al principio Duan Ling se las creía cada vez, pero con el tiempo se volvió más listo y dejó de confiar en ellos. No obstante, los adultos también se volvieron más ingeniosos y encontraron nuevas maneras de engañarlo. A veces le decían que había llegado un invitado y que la señora Duan lo había llamado para que lo viera, así que Duan Ling corría allá lleno de expectación solo para ensuciar el salón con sus zapatos y, por supuesto, acabar recibiendo otra paliza.
A veces fingían susurrarse unos a otros delante de Duan Ling y, como por accidente, divulgaban la más mínima información. Al final se reían satisfechos de su reacción y se dispersaban en el barullo. A todos les encantaba verlo llorar.
A partir de ahora, se quedará aquí, abandonado, pero la escuela es un lugar mucho mejor que la casa de los Duan. En comparación, al menos en este aspecto, Duan Ling se siente bastante satisfecho. Uno debe estar contento con lo que tiene; eso es lo que un monje budista roñoso le dijo cuando pedía limosna. Aunque al final el monje también murió en Shangzi…
El sueño de Duan Ling vaga y divaga, lleno de una atmósfera serena y pacífica. Pero justo cuando empieza a soñar con ese río de Shangzi, que se torna verde en la transición de la primavera al verano y refleja destellos dorados, Batú lo sacude para despertarlo.
—Oye —dice Batú—, alguien vino por ti.
Con ojos somnolientos, Duan Ling parece dormido. Otra mano cae sobre él, pero Batú la bloquea vigilante.
—¿Es él? —le pregunta Batú.
Lang Junxia dice suavemente:
—Duan Ling, he venido a recogerte.
Duan Ling se sobresalta con un estremecimiento y abre los ojos. Se queda mirando incrédulo a Lang Junxia y luego mira a Batú.
Batú sostiene la lámpara y dirige su luz a la cara de Lang Junxia con suspicacia. Lang Junxia parece incómodo por la luz en su cara, pero a Batú le preocupa que Duan Ling pueda acabar secuestrado por alguien que no tiene nada que ver con él, así que sigue preguntando:
—¿Es él o no?
—Es él —responde Duan Ling, y estira los brazos para rodear el cuello de Lang Junxia, haciendo que éste lo levante.
—Gracias por cuidarlo —le dice Lang Junxia a Batú.
Batú está visiblemente molesto y deja la lámpara en el suelo. Duan Ling tiene tanto sueño que apenas puede abrir los ojos; quiere decirle algo a Batú, pero este se escabulle por debajo de la mesa hasta su propia cama y, con un movimiento de las mantas, oculta completamente su rostro tras ellas.
A través de la tormenta de nieve, todo Shangjing duerme ante la llegada de la época más fría del año. Lang Junxia envuelve a Duan Ling en una manta y espolea su caballo a toda velocidad. Con el viento mordazmente frío, Duan Ling se despierta un poco y se da cuenta de que no se dirigen al Viburnum, así que pregunta:
—¿Adónde vamos?
—A una nueva casa —responde casualmente Lang Junxia. Parece tener muchas cosas en la cabeza.
¡Una nueva casa! Duan Ling se despierta de golpe. Piensa que no es de extrañar que Lang Junxia haya llegado tarde; en realidad estaba preparando su nuevo hogar.
Levanta la cabeza para mirarlo, y piensa que está bastante pálido. Debe de estar exhausto.
—¿Tienes sueño? —Duan Ling puede sentir que Lang Junxia se apoya en él, y levantando la mano, le acaricia la cabeza.
—No. —Lang Junxia parece bastante somnoliento. Después de que Duan Ling lo despierta, intenta con todas sus fuerzas mantenerse despierto.
—¿Ya comiste?
—Sí —contesta Lang Junxia, y lo rodea con un brazo. Su mano está muy fría, muy diferente de lo habitual.
—¿Dónde está el nuevo hogar?
Lang Junxia no dice nada. Bajo ellos, el caballo gira por un callejón solitario a través del mercado desierto y, en la profunda oscuridad de la noche, entran en un patio. Alborozado, Duan Ling ni siquiera espera a que Lang Junxia acomode el caballo antes de entrar corriendo en la casa con un grito de alegría.
La puerta de la nueva residencia no se ha cerrado con llave. El interior del lugar parece ruinoso, un único patio rodeado de seis habitaciones y una veranda de conexión. La linterna que debería estar colgada en la puerta no está encendida, está tirada detrás de la verja. Duan Ling pregunta:
—¿Vamos a vivir aquí a partir de ahora?
—Sí —responde Lang Junxia de forma concisa. Duan Ling mira hacia el patio y se echa a reír; puede oír cómo Lang Junxia cierra y atranca las puertas detrás de él.
Inmediatamente, se oye un estruendo y Lang Junxia se desploma, aplastando un enrejado de flores que no ha sido colocado y cayendo sobre un montón de nieve.
Duan Ling se da la vuelta, sobresaltado, y encuentra a Lang Junxia tirado en el suelo, inmóvil.
[1] ☄Carácter “璧”.
[2] Yubiguan (玉璧关) se escribe con los caracteres “jade” (玉), “anillo de jade” (璧), “puerta” (关).
[3] Se perdió una línea en el medio. “Como el bronce como el estaño”. En realidad hay todo un poema en el Libro de los cantos que describe cómo debe ser un caballero hermoso. Aquí hay una traducción.
[4] Shangjing, Zhongjing y Xijing significan capital mayor/superior, capital central y capital occidental, respectivamente.
[5] Es un río en la frontera norte de Chen del Sur en el mapa. (En el borde oriental.) Esto no tiene nada que ver con la histórica Batalla del río Huai.
[6] ☄Los ménkè (門客, lit. Invitado / huésped de la puerta) eran personas de talento que, en la antigüedad, vivían en las casas de altos funcionarios y aristócratas. A diferencia de los sirvientes, no tenían un trabajo fijo ni se les pedía hacer tareas domésticas; solo se les asignaban responsabilidades cuando el dueño de la casa los necesitaba para algo en particular. [Fuente]. En inglés se traduce como retainer, pero en español no existe ninguna palabra que se le asemeje ni que abarque las particularidades de los ménkè, por eso lo deje como “asistente invitado”.
[7] ☄Tongyangxianggong. En inglés se tradujo como “Child-kept husband” (esposo mantenido desde niño), pero lo he simplificado a “esposo criado”. Como aclara FG en su N/T, esta no es una palabra de verdad. El término conocido se refiere a una niña que es adoptada por una familia con el propósito de que, al crecer, se case con uno de los hijos de esa misma familia (tongyangxi).
