Capítulo 8: Salir de un apuro

Duan Ling vacila brevemente, indeciso sobre si debe abrir la puerta, ya que Lang Junxia aún está acostado en la habitación. Las puertas están atrancadas; afuera, alguien golpea con fuerza unas cuantas veces más, y Duan Ling se enfrenta a la nieve para abrirlas.

—¡Aiyoh! —El guardia montado parece bastante sorprendido—. ¿Cómo es que nos abre un pequeñajo? ¿Dónde están los adultos? ¿Dónde están tu madre y tu padre?

—Están enfermos —responde Duan Ling.

—¿No es este el chico que va al Salón Ilustre? —Detrás de ellos, alguien que parece ser el capitán de la guardia montada se inclina para inspeccionar a Duan Ling. Este, vestido con una túnica interior, tiene tanto frío que sus labios lucen algo morados y tiembla sin parar tras las puertas. El joven baja del caballo y mira a Duan Ling de arriba abajo. Duan Ling es incapaz de recordar dónde lo había visto.

—¿Dónde está tu padre? ¿Te acuerdas de mí? Soy el hermano mayor de Cai Yan, Cai Wen.

Duan Ling lo piensa un momento y contesta:

—Está enfermo. No me acuerdo.

Recuerda a Cai Yan, pero no recuerda a este hombre.

—¿Puede venir a vernos el adulto de tu casa? —Cai Wen frunce el ceño, examinando el hematoma en el borde del ojo de Duan Ling. Antes le habían dado un puñetazo bastante fuerte, y ahora está hinchado. Cai Wen intenta tocarlo, pero Duan Ling retrocede temeroso.

—Durmiendo. —Duan Ling no quiere que Cai Wen entre, no sea que descubra el cadáver del asesino.

Viendo la forma en que Duan Ling se acobarda, un niño pequeño de pie en las puertas sin zapatos en medio del invierno vestido con nada más que una túnica delgada, Cai Wen no puede soportar hacerle las cosas difíciles.

—Olvídalo. Entra y descansa un poco.

—¡Próxima casa! —ordena Cai Wen a los otros soldados, sube a su montura y se marcha. No es hasta que da la vuelta a su caballo y Duan Ling ve su parte trasera que recuerda que el hombre que fue antes por Cai Yan era el mismo joven.

Los soldados que patrullaban se han marchado. Duan Ling respira aliviado, atranca la puerta y regresa al dormitorio. El té de ginseng de la tetera ha llenado la habitación de un aroma agridulce.

Duan Ling retira la tetera del fuego para que se enfríe. Puede oír a Lang Junxia en la cama, tosiendo.

—¿Quién era? —La frente de Lang Junxia está perlada de sudor.

—El hermano mayor de Cai Yan, Cai Wen —le dice Duan Ling con sinceridad.

Lang Junxia tiene los ojos cerrados.

—¿Cai Wen? ¿Se fue así como así? ¿Y quién es Cai Yan? ¿Conoces a su hermano menor?

—Síp —responde Duan Ling. Agarra la tetera tibia, apunta el pitorro a los labios de Lang Junxia y le echa el té de ginseng directamente en la boca. Lang Junxia se atraganta un par de veces al principio, pero luego se relaja y se bebe toda la tetera.

—Ginseng de montaña vieja… —dice Lang Junxia, su voz tranquila y firme— mantiene la respiración y prolonga la vida. Los cielos aún no han acabado conmigo. ¿Queda algo más? Dame un poco.

—Eso es todo lo que hay. Iré a robar… iré a comprar un poco más.

—No lo hagas. Es demasiado peligroso.

—Entonces añadiré más agua y la volveré a calentar.

Lang Junxia no dice nada más. Por alguna razón, la noche parece eterna. Duan Ling se acurruca sobre sí mismo bajo el diván, cabeceando constantemente mientras una tetera de té de ginseng hierve a fuego lento en la estufa.

—¿Lang Junxia?

Lang Junxia no hace ningún ruido.

—¿Estás bien? —pregunta Duan Ling, temeroso.

—Eh —responde Lang Junxia, medio despierto—. No he muerto.

Solo entonces Duan Ling siente que se ha quitado un enorme peso de encima. Afuera está cada vez más oscuro, pero las llamas de la estufa son como un cálido sol que resplandece sobre ambos.

—¿Lang Junxia? —vuelve a preguntar Duan Ling.

—Vivo. —La voz de Lang Junxia suena como un par de fuelles, como si el sonido saliera directamente de sus pulmones y no a través de su garganta.

Duan Ling vuelve a dormirse, con la cabeza apoyada en el diván.

Al día siguiente, cuando vuelve a abrir los ojos, ha dejado de nevar. Duan Ling se da cuenta de que se ha quedado dormido en el diván y de que Lang Junxia está acostado a su lado. Ya tiene un poco de color en las mejillas.

Como un cachorro, Duan Ling se acerca a él y le olisquea toda la cara para comprobar si respira, con el ceño profundamente fruncido. Lang Junxia respira hondo, pues le duele terriblemente la cabeza.

—¿Qué hora es?

«Gracias al cielo y a la tierra». Duan Ling lo observa con preocupación.

—¿Todavía te sientes mal?

—Ya no.

El humor de Duan Ling mejora.

—Iré a buscarte algo de comer.

Nada más levantarse, mira afuera y lo encuentra todo cubierto de nieve blanca y brillante; dando un grito alegre, inmediatamente quiere salir a jugar en ella.

—Ponte tu ropa —le dice Lang Junxia—. No te resfríes, ¿me oyes?

Duan Ling se envuelve en un abrigo de piel y golpea los carámbanos que cuelgan de la veranda con una vara de bambú, riendo a carcajadas. Cuando se da la vuelta, ve a Lang Junxia sentado en la habitación, desatando su túnica exterior, cortando la túnica interior sin forro que lleva debajo y cambiando sus propios cataplasmas.

Duan Ling deja caer la vara de bambú y vuelve corriendo al interior.

—¿Estás mejor?

Lang Junxia asiente. Duan Ling observa que la herida en su abdomen, donde se retira las vendas, es de un púrpura oscuro: hay tres cortes de distintas profundidades que ya han formado costra. Prepara agua caliente, ve que se limpie la herida con cuidado y le aplica polvo para traumatismos.

En el brazo pálido pero musculoso de Lang Junxia, hay un extraño tatuaje pictográfico que se asemeja a un tigre, como los que se ven en las inscripciones de las campanas de un monasterio[1]. Esto hace que Duan Ling recuerde lo que pasó la noche anterior.

—¿Por qué querían matarte? —le pregunta Duan Ling.

—Buscaban información sobre el paradero de alguien.

—¿De quién?

Lang Junxia mira a Duan Ling. De repente, la comisura de sus labios se curva ligeramente y sus ojos se entrecierran.

—No preguntes —le dice Lang Junxia—. No preguntes nada. Lo averiguarás en el futuro.

Duan Ling está muy preocupado, pero toda su melancolía se disipa porque Lang Junxia sigue vivo, y eso lo alegra bastante. Sentado junto a Lang Junxia, se queda mirando el tatuaje de cabeza de tigre que lleva en el brazo.

—¿Y qué es eso?

—Un tigre blanco —le explica—. El tigre blanco del oeste. Los cielos del oeste albergan las energías vitales de la guerra. Por eso es el dios de los espadachines.

Duan Ling no lo entiende.

—Puedes usar una espada, ¿verdad? Vi tu espada. Es muy afilada.

Duan Ling busca la espada de Lang Junxia, pero ya no está. Al llegar al patio trasero, de repente se acuerda con un escalofrío que el cuerpo sigue en el establo. Se acerca a comprobarlo, pero el heno ha sido movido y el cadáver ha desaparecido. El miedo lo paraliza de inmediato.

—Me encargué de ello. No temas. Él estaba con los guardias sombra de Chen y nunca se han llevado bien con Wu Du. Menos mal que el que llegó hasta aquí fue él y no Wu Du. Si no, ninguno de nosotros estaría sentado aquí ahora.

Duan Ling no pregunta cómo Lang Junxia «se encargó» de ello, y se da cuenta de que tampoco sabe dónde ha ido a parar la ropa ensangrentada.

—Ve a comprar comida. —Lang Junxia le da a Duan Ling algo de dinero—. No digas nada, y no preguntes nada.

Duan Ling se dirige al mercado a última hora de la mañana para comprar bollos rellenos al vapor y panecillos sencillos, luego también compra arroz y carne, y vuelve con el brazo lleno de paquetes. Lang Junxia ya puede caminar. Se reparten los bollos rellenos entre los dos.

—Nos las arreglaremos así por ahora. Cuando vuelvas a la escuela, pasaré algún tiempo acondicionando el lugar.

—¿Te irás de nuevo? —pregunta Duan Ling.

—No me iré otra vez.

—¿Vendrás a buscarme el primer día del próximo mes?

—Te garantizo que no volveré a llegar tarde. Ayer hice mal.

—Entonces, ¿puedes ser mi papá? —pregunta Duan Ling de repente.

Lang Junxia se queda desconcertado, luego no sabe si reír o llorar.

—Por favor, nunca digas eso delante de nadie.

Duan Ling frunce el ceño.

—Tu papá vendrá a buscarte.

Duan Ling se queda estupefacto. Las palabras de Lang Junxia son como un trueno que recorre a Duan Ling de pies a cabeza.

—¿Mi papá… está vivo?

—Sí, está vivo.

—¿Dónde está? ¿Sigue vivo? ¿Entonces por qué no vino a buscarme? —pregunta Duan Ling con urgencia.

Ha sido engañado sobre esto innumerables veces, pero sabe que, esta vez, Lang Junxia no le mentiría. No tiene pruebas concretas de que Lang Junxia no lo hará, solo lo sabe intuitivamente.

—Guarda esas preguntas para después. Un día vendrá. Puede que sea dentro de tres años o dentro de unos meses. Confía en mí.

Duan Ling se queda sentado, boquiabierto, con el tazón entre las manos, sin saber qué hacer. La noticia lo llena de alegría y miedo al mismo tiempo. Lang Junxia lo llama y lo atrae hacia sí, luego le hace apoyar la cabeza en su hombro y le acaricia el cabello, envolviéndolo en un cálidoabrazo.

Poco a poco, la nieve se derrite. Duan Ling tiene un nuevo hogar, y esto le entusiasma mucho más que cualquier cosa que haya experimentado antes. Al principio, Lang Junxia se preguntó durante un buen rato si debía contratar sirvientes para la casa, pero a Duan Ling no le importaba nada de eso. Ese día, corre por toda la casa como si tuviera una energía ilimitada, colgando en la puerta una linterna con el nombre «Duan» escrito, y barriendo la nieve del patio principal hasta las orillas. Es como un cachorro al que acaban de traer a casa, cada lugar de la vivienda es el blanco de su curiosidad, y sus pasos alcanzan cada centímetro de su nuevo hogar, explorándolo como si fuera un paraíso por descubrir…

Lang Junxia aún no se ha recuperado de sus heridas, así que después de poner ungüento en el ojo izquierdo de Duan Ling, lo deja vagar libremente por la casa.

—¿Puedo plantar algo aquí? —pregunta Duan Ling, agachándose frente a un pequeño huerto en el patio.

—Por supuesto. Esta casa es tuya. Aunque hoy ya es demasiado tarde. Iré a comprarte semillas al mercado otro día.

Agazapado, Duan Ling trabaja la tierra con empeño, mientras Lang Junxia lo observa apoyado en un bastón de madera junto a la puerta. Se queda allí casi una hora, y solo cuando el sol comienza a ponerse dice:

—Entra. Hace demasiado frío en Shangjing y eso hace muy difícil mantener vivas las flores aquí.

Duan Ling entra a regañadientes y encuentra a Lang Junxia sentado frente a la estufa, encendiendo un fuego.

—Voy a evaluarte. ¿Qué aprendiste en el Salón Ilustre?

—Cielo negro, tierra amarilla, vasto universo, todo caos… —Duan Ling comienza a recitar el Clásico de los mil caracteres. Sus breves vacaciones van a terminar pronto. Mañana tendrá que volver a la escuela.

Lang Junxia toma un tazón y echa en él un poco de piel de cerdo. Lo pone al fuego para que se cocine al vapor, añadiendo agua y luego un poco de azúcar moreno.

Duan Ling termina de recitar todo el Clásico de los mil caracteres. Lang Junxia está bastante sorprendido.

—Lo has memorizado todo.

Se equivocó en algunos caracteres de la mitad, pero Lang Junxia no lo señala.

—Muy bien, realmente tienes madera de erudito después de todo. Estoy lesionado así que no puedo sacarte hoy, y hace demasiado frío afuera por lo que no hay muchas cosas divertidas que hacer de todos modos. Te lo debo por esta vez. El mes que viene, cuando llegue la primavera, te llevaré a ver la ciudad —dice seriamente.

—Está bien, tómate tu tiempo y ponte bien. ¿Qué estás cocinando? Vi azúcar. ¿Está rico?

—Lo sabrás mañana —contesta así Lang Junxia.

Duan Ling se ha dado cuenta de que, pregunte lo que pregunte a Lang Junxia, casi nunca obtiene respuesta, pero poco a poco se ha ido acostumbrando.

Por la noche, Lang Junxia pone unas flores de ciruelo en los tazones y los deja fuera.

Al día siguiente, cuando Lang Junxia lo lleva al Salón Ilustre, no se va primero, sino que observa a Duan Ling, esperando a que entre. Duan Ling está dispuesto a aceptar esta situación. Aunque no le agrada separarse de Lang Junxia, se muestra bastante alegre y es él quien le dice:

—Vete a casa.

Un momento después, Lang Junxia se apoya en su muleta con un brazo y extiende el otro. Duan Ling rodea con sus brazos la cintura de Lang Junxia, apretando su rostro contra el pecho de este.

—No hables de nosotros ni de nuestra casa en la escuela. —Lang Junxia se da cuenta de que el portero los observa con curiosidad y, con un brazo alrededor de Duan Ling, se inclina para decirle en voz baja al oído—: No digas nada. No se puede juzgar un libro por su portada. Recuerda siempre eso.

—Esto es para ti —le dice Lang Junxia a Duan Ling, entregándole una caja de comida—. Cómelo lo antes posible. Cuando era pequeño, mi madre me preparaba esto a menudo.

Duan Ling asiente y se despide de Lang Junxia.

Desde que está con Lang Junxia, las frases que más ha escuchado son «no preguntes nada y no digas nada». Lang Junxia es extremadamente cauteloso, lo que provoca que Duan Ling también sienta una inquietud que no sabe cómo manejar. Ni siquiera sabe por dónde empezar a preguntar.

Afortunadamente, los niños tienen una vívida imaginación y Duan Ling ya ha fabricado una serie interminable de historias en su cabeza; se abalanzan sobre él como una marea, enrevesadas e innumerables. Nuevas teorías sustituyen a las antiguas antes de que éstas tengan la oportunidad de hacerse coherentes, y la vocación de Lang Junxia ha pasado por innumerables iteraciones, desde monstruo a vagabundo, pasando por rico comerciante, para acabar decantándose por espadachín.

Sigue pensando en el visitante inesperado de anteanoche: los guardias sombra iban tras Lang Junxia, y estuvieron en un peligro enorme. Afortunadamente, ahora están a salvo; de lo contrario, Lang Junxia lo habría llevado a mudarse para no ser descubiertos.

Lo perseguían para dar con el paradero de otra persona. «¿Quién podría ser? ¿Mi padre?».

Duan Ling siente que toda su sangre se ha encendido en sus venas ante este pensamiento. Tal vez su padre es alguien supremamente importante, y le ha pedido a Lang Junxia que venga a buscarlo, que lo cuide, y una vez que se reúnan todo saldrá a la luz.

Duan Ling corre con la caja de comida que Lang Junxia le ha dado y por poco choca con alguien fuera del patio lateral: quien sino Batú, tratando de ver que hay afuera.

—¿Qué ha pasado? —le pregunta Batú, sorprendido—. ¿Quién te pegó en el ojo?

—No es… no es nada —contesta Duan Ling.

Duan Ling quiere volver a su habitación, pero Batú lo sigue para hablar con él. Quiere ayudar a Duan Ling a llevar sus cosas, pero Duan Ling no lo deja, pensando que Batú quiere agarrarlas para mirarlas, y dice asustado:

—¡¿Qué está haciendo?!

—¿Está maltratándote?

—De verdad no es nada…

—¡Borjigin! —Una voz autoritaria resuena detrás de ellos: es Cai Yan. Este mira a Batú con una expresión gélida y amenazante, acercándose con pasos lentos. Batú no tiene más remedio que soltar a Duan Ling, soltando un resoplido burlón.

—Ven a mi habitación dentro de un rato —le dice Cai Yan a Duan Ling—. Quiero preguntarte algo.

Duan Ling asiente. Batú mira a Cai Yan y luego a Duan Ling. Cai Yan permanece en silencio, pero su mirada le dice a Batú que es mejor no seguir molestando a Duan Ling. Una vez que Cai Yan se aleja, Duan Ling le explica a Batú:

—Fue mi culpa, me golpeé en la esquina de una mesa sin querer.

—Alguien te golpeó. Justo en el rabillo del ojo. Me doy cuenta.

Duan Ling se queda momentáneamente sin habla, pero Batú continúa:

—Olvídalo, ustedes los han siempre están en su propio grupito. Yo soy un perro yuan, debería mantenerme al margen. Está bien, me voy.

—¡Batú!

Batú ni siquiera se molestó en mirarlo antes de marcharse. Duan Ling regresa a su habitación y descubre que la ropa de cama que dejó en la biblioteca ya ha sido trasladada a su cuarto, y su cama está pulcramente hecha.

Duan Ling abre la caja. Adentro están los dulces que le regaló Lang Junxia: relucientes, translúcidos, coloreados con azúcar moreno, con florecientes flores de ciruelo gelatinizadas en su interior, cortados en trozos pequeños y perfectamente alineados unos junto a otros. Cuanto más los mira Duan Ling, menos se atreve a comérselos. Después de pensarlo un poco, se reserva una porción y envuelve el resto para darle uno a Batú y otro a Cai Yan.

Es el primer día de vuelta a la escuela, así que no hay clases por la mañana. El patio es ruidoso y animado, y todos los niños intercambian comida. Cai Yan está de pie en el patio trasero del Salón Ilustre con algunos otros jóvenes, escuchando la clase del profesor.

—Levanten las manos —dice el profesor, con rostro severo—. Inclínense sólo por la cintura.

Cai Yan y los otros cuatro jóvenes medio crecidos ponen las manos juntas por encima de sus cabezas. El profesor los revisa uno por uno y dice, sonando molesto:

—¡No! ¡No deben doblar las rodillas! Cuando se inclinen no pueden usar nunca las rodillas. ¡El término «doblar e inclinar» se refiere exactamente a eso!

Los jóvenes emulan a su profesor, inclinándose una y otra vez. El profesor les recuerda de nuevo:

—Un caballero es cauto con las palabras y decidido con la acción. Cuando el príncipe del Norte[2] esté aquí, deben hablar menos y hacer más.

—Sí, profesor.

Viendo a los jóvenes aprender los saludos apropiados, Duan Ling encuentra a Cai Yan muy elegante y apuesto cuando lo hace, por eso Duan Ling lo imita también, levantando las manos por encima de él y haciendo una reverencia a la pared. El profesor los deja descansar un rato, y cuando Cai Yan se da cuenta de que Duan Ling está afuera, se acerca a verlo. Duan Ling le entrega el pudín que ha estado guardando.

—Para que te lo comas.

Cai Yan lo acepta sin preguntar qué es, y va directo al grano.

—Cuando mi hermano estaba registrando la ciudad hace dos días fue a tu casa. ¿Estás bien?

Duan Ling sacude la cabeza de inmediato y se señala el ojo, explicando sin que Cai Yan tenga que preguntar:

—Me lo golpeé por accidente.

Cai Yan observa a Duan Ling con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Tu familia no tiene un negocio?

Duan Ling lleva la palabra «ni idea» escrita en la cara, pero se limita a asentir. De acuerdo con lo que Cai Yan escuchó de su hermano esa noche, la casa de los Duan parecía realmente destartalada y ni siquiera tenían sirvientes. El propio joven maestro fue a abrir la puerta descalzo, e incluso había sido golpeado antes. Al oír esto, Cai Yan se sintió preocupado por él.

—¿Con quién vives? —pregunta Cai Yan—. ¿Con tu padre?

—Con… —Duan Ling no sabe cómo describir a Lang Junxia, y de repente una frase salta a su mente; ni siquiera recuerda dónde la escuchó—: Con mi esposo criado.

Cai Yan se queda mudo. Deja caer la frente sobre su mano con incredulidad.

—¿De dónde has oído eso? No puedes ir por ahí diciendo algo así. Debe ser un sirviente que tu familia contrató para hacerte compañía.

Duan Ling asiente. Cai Yan hace otra pregunta:

—¿Dónde está tu padre?

—Haciendo negocios en el sur —responde Duan Ling, tal como le enseñó Lang Junxia.

Cai Yan contempla a Duan Ling durante largo rato, y se da cuenta de que, independientemente de con quién hable Duan Ling, se comporta muy bien; no se enfada, y da una respuesta para cada pregunta que se le hace. No puede evitar decir con una mezcla de diversión y exasperación:

—Bueno, al menos eres obediente. No importa. En realidad te pedí que vinieras aquí para recordarte que deberías relacionarte más con otros han. Si necesitas algo, busca ayuda entre los han que te rodean. Por cierto, ¿has ido a la escuela antes?

Duan Ling aún no ha descubierto que los han de Shangjing se agrupan y tienen su propia camarilla. Los no han también tienen sus propias pequeñas sociedades. En cuanto a lo que Cai Yan le pregunta, se limita a asentir.

—¿Conoces a Ding Zhi del Viburnum? —le pregunta Cai Yan cambiando de tema.

Duan Ling no sabe qué contestar. A juzgar por su expresión, Cai Yan puede adivinar que es probable que la conozca.

—Ding Zhi está enfadada con mi hermano —dice Cai Yan—. La próxima vez que la veas por favor dile que se lo tome con calma. Pero no tienes que esforzarte demasiado para verla por esto ni nada.

Duan Ling asiente. Llegando al patio interior, el director tose y Cai Yan se apresura a volver por miedo a ser golpeado. Antes de irse, agrega:

—Si no entiendes algo, ven a hablar conmigo.

Duan Ling los mira a hurtadillas desde la distancia y aprende saludos durante un rato. Pronto, siente un escalofrío cerca del vientre y recuerda que aún tiene un trozo de pudín frío a punto de derretirse por el calor, y sale corriendo en busca de Batú.

Encuentra a Batú rodeado de una multitud de niños vociferantes, luchando con un joven alto. Batú tiene el rostro enrojecido por el esfuerzo; está desnudo hasta la cintura, y la parte superior de su cuerpo ya muestra signos de la musculatura de un hombre joven. La forma en que choca, hace tropezar y voltea a su oponente es totalmente despiadada. Al percatarse repentinamente de la llegada de Duan Ling, pierde la concentración durante una fracción de segundo y es volteado por sorpresa.


[1] Se trata de una referencia al ensayo de Li Bai “Los grabados en la gran campana del monasterio de Huacheng”.

[2] La dinastía Liao, por desgracia, duró demasiado poco como para dejarnos un diccionario inglés-kitano para todos sus títulos, así que tendré que improvisar. 北院大王 se traduce directamente como “Príncipe Imperial de la Administración del Norte”, pero en realidad es más bien un gran comandante o mariscal. Se trata de un desarrollo posterior en la historia de Liao, ya que el título solía ser una palabra kitana que significaba “cacique”.

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