Capítulo 9: Confusión

La multitud se ríe a carcajadas. Batú está tan enfadado que tanto sus mejillas como sus orejas se enrojecen. Duan Ling corre a ayudarlo a levantarse, pero Batú se levanta solo y se aleja.

Los niños miran a Duan Ling con curiosidad. Batú se da la vuelta y se dirige al interior.

—¡Borjigin! —Duan Ling lo persigue—. Te he traído algo.

—¡No me llames por mi apellido! —Batú se da la vuelta, enfadado, y lo empuja. El pudín de flor de ciruelo que Duan Ling tenía en las manos cae al suelo y la puerta se cierra de golpe, sobresaltándolo.

Todos vuelven a reírse. Duan Ling parece avergonzado, sin saber cómo ha conseguido enfadar a Batú. El joven que antes estaba luchando con Batú camina ahora hacia él, como si fuera a decirle algo, pero Duan Ling siente una sensación de pavor al encontrarse en un entorno desconocido, y por miedo a que alguien lo vuelva a meter en problemas, se aleja rápidamente de la zona.

El joven alto abre la boca, pero no sale nada. Observa cómo Duan Ling desaparece tras el pasillo.

Los han se reúnen con otros han; los no han, con otros no han: esa es la norma no oficial en el Salón Ilustre. Pero en los ojos de estos niños medio crecidos no hay mucho sentimiento de enemistad nacional, y tampoco miran las cosas con la lente xenófoba de «los que no son de mi tribu no deben ser de mi mismo corazón»[1]. Es solo que los han están resentidos con los yuan, lian y xiqiang de allí porque no se bañan, tienen olor corporal y porque su conducta es barbárica, una vergüenza para la clase educada.

Por otro lado, los no han desprecian a los han porque son pedantes y pretenciosos.

Duan Ling realmente se equivocó con ellos. Ese joven de antes solo quería decirle algunas palabras para consolarlo y enseñarle a luchar.

Por supuesto, aunque Duan Ling hubiera comprendido sus amables intenciones, se habría negado cortésmente. Durante el almuerzo, se sorprende al ver que el Salón Ilustre ha sido limpiado muy bien hoy; la nieve del día anterior ha sido barrida completamente, e incluso las hojas caídas del jardín han sido recogidas. El director y todos los profesores se han puesto sus mejores galas, y todo el mundo está de pie en filas ordenadas, esperando a alguien afuera de las puertas.

¿Cuál es la ocasión especial de hoy? Después de comer, Duan Ling se asoma al patio delanterocon curiosidad, con cara de perplejidad.

—¡Vuelvan! ¡Vuelvan todos! —dice el profesor—. Las clases empiezan después de comer, ¡compórtense bien hoy!

A lo lejos suena la primera campana del día, y los niños se apresuran a volver a sus habitaciones para prepararse antes de dirigirse a sus respectivas clases. Por la tarde se dedican a la educación básica, recitando el Clásico de los mil caracteres y copiando caracteres de los cuadernos. Duan Ling recoge su pincel, lo moja en la tinta de la piedra de tinta y apenas consigue escribir unos cuantos caracteres cuando se escucha un rumor en el exterior de la escuela primaria.

—Leen por la mañana y escriben por la tarde —dice la voz de un profesor.

—Benevolencia, rectitud, cortesía, sabiduría, confianza —dice una voz potente—. Es fundamental saber escribir estas cinco palabras.

—Sí —responde el profesor—. Ya hemos enseñado todo eso. Por favor, venga por aquí, mi señor 

—Veamos primero la escuela primaria —dice la voz, e ignorando al profesor entra por la puerta trasera sin preguntar.

Un hombre alto y fuerte de unos cuarenta años entra en la escuela primaria. El profesor no lo había previsto y se apresura a decirle a los alumnos:

—El príncipe del Norte ha venido a verlos, vamos, levántense y salúdenlo como es debido.

Los niños dejan los pinceles y se ponen de pie, y con toda clase de saludos saludan al príncipe del Norte: unos se inclinan con las manos a los lados, otros al frente, algunos ponen el puño derecho delante de lado izquierdo del pecho y se medio levantan, e incluso hay algunos que se arrodillan; una rodilla, las dos rodillas, sus saludos varían según la etiqueta de cada tribu. Realmente de todas las maneras bajo el sol. Al ver esto, el hombre de mediana edad rompe a reír a carcajadas, asintiendo con la cabeza.

—Todos ustedes van a ser pilares del imperio en el futuro. Sí. No está mal.

Su visitante es el mismísimo príncipe jefe de la administración septentrional de Liao, Yelü Dashi. El emperador de Liao ha cambiado el título de «jefe» por el de «príncipe». Él controla los cinco distritos del ejército kitano y, salvo el emperador, nadie está por encima de él. Hoy, nada más que por capricho, ha ido primero al Colegio Biyong y por la tarde ha acudido al Salón Ilustre para animar a los estudiantes de Shangjing.

Lang Junxia tampoco le ha enseñado a Duan Ling ningún tipo de saludo, así que pone en práctica lo aprendido esta mañana, levantando ambas manos por encima de su cabeza y haciendo una solemne reverencia.

—Bien, bien. —Yelü Dashi camina al lado de Duan Ling y le dedica una sonrisa.

Los niños terminan de saludar y Yelü Dashi les pregunta casualmente algunas cosas antes de darse la vuelta y marcharse con el profesor. Duan Ling echa un vistazo furtivo al «príncipe»: tiene una barba poblada y parece grande y fuerte, pero también muy simpático. Pronto, los niños empiezan a hablar entre ellos y la habitación se llena de ruido de repente, causando un gran alboroto, pero la habitación no tarda en volverse a quedar en silencio. Resulta que el profesor ha vuelto.

—Dejen los pinceles, pónganse en fila y vayan al patio delantero —les indica el profesor—. Los bajitos van adelante. Vamos, en fila, y luego síganme.

Yelü Dashi hace su ronda una vez, y luego va llamando a los niños uno por uno, dispuesto a repartir regalos. Los alumnos de los tres niveles salen para ponerse en fila en el pasillo, esperando a que un profesor diga sus nombres. Duan Ling mira a un lado y a otro pero no ve a Batú.

El joven que luchaba antes con Batú está al final de la fila en el grupo contiguo al suyo. Ve a Duan Ling mirando a su alrededor y se da cuenta de lo que está pensando, así que le dice:

—No ha venido.

—¿Por qué no ha venido? —pregunta Duan Ling.

El joven sacude la cabeza y señala el ala este, luego extiende las manos en señal de «no puedo hacer nada».

—¿Está enfermo? —pregunta Duan Ling.

—No… no, él, él dice que no, que no quiere venir. —Resulta que el joven es tartamudo.

Los niños lo oyen hablar y ambas clases empiezan a carcajearse. Sin embargo, cuando el profesor los mira con desaprobación, las filas vuelven a callarse.

Mientras el profesor se ha dado la vuelta, Duan Ling abandona la fila y corre rápidamente por el pasillo en busca de Batú.

Batú está sentado en el patio, y el budín de flores de ciruelo que Duan Ling le dio antes está sobre la mesa ante él. Batú está de espaldas a él, y desde lejos Duan Ling lo ve desenvolver el hule que envuelve el pudín, doblar la tela cuidadosamente y guardarla bajo la solapa, y luego soplar con cuidado para quitar el polvo que pueda haber encima del pudín. Y abriendo la boca, se dispone a comérselo.

—¡Batú! —exclama Duan Ling.

Sorprendido, Batú por poco se atraganta con el pudín. Duan Ling se apresura a darle palmaditas en la espalda, y solo cuando consigue tragárselo, un agotado Batú va a buscar agua.

—El príncipe está aquí —dice Duan Ling—. Está repartiendo cosas. Son gratis, ¿no vas a ir?

—No soy un perro. No acepto regalos de los kitanos. Ve tú.

Batú entra en la habitación, y entonces Duan Ling se pega al exterior de la ventana.

—¿Por qué?

—No importa, no aceptaré nada, y tú tampoco deberías hacerlo. Ven a mi habitación, vamos a hablar —le dice Batú.

Duan Ling reflexiona sobre este dilema durante un tiempo; desea el regalo del «príncipe», aunque no comprende lo que realmente significa, y, al mismo tiempo, siente instintivamente que Batú tiene razón. Es como cuando, en Runan, nunca recogía las cosas que las sirvientas le lanzaban, sin importar cuánto deseara comerlas. No hay razón lógica para ello; es un instinto grabado en su corazón desde el día en que nació.

—Entonces yo tampoco quiero —dice Duan Ling.

Acostado en la cama, Batú se acerca a la pared y le da palmaditas a la almohada, dándole a entender a Duan Ling que se acerque para que puedan dormir juntos. Pero Duan Ling solo se da la vuelta, mira a su alrededor y sale corriendo.

—¡Eh! ¿Adónde vas? —Batú se levanta y lo persigue.

—Voy a mirar —contesta Duan Ling.

No quiere un regalo, pero al menos puede ver qué es, ¿verdad?

Es un pincel de cerdas de cola de comadreja y un tael de plata.

Batú y Duan Ling se esconden en el patio trasero y ven a algunos de los trabajadores que llevan cestas llenas de pinceles. No son tan bonitos como los que le compró Lang Junxia. Batú pone una mano en el hombro de Duan Ling.

—Vámonos.

De repente, la atención de Duan Ling se centra en un trabajador alto y delgado que, justo en ese momento, se da la vuelta y muestra sus rasgos. Duan Ling tiene la sensación de haber visto antes a este hombre en alguna parte.

En un instante, como un rayo que atraviesa su cerebro, Duan Ling recuerda.

Es el hombre del ciempiés que vio en la farmacia anteanoche. Pero el tatuaje de su cuello ha desaparecido. ¿Es la misma persona?

—Vamos —dice Batú—. ¿Quieres eso?

—¡Espera! —Duan Ling está lleno de recelos. ¿Por qué está este hombre aquí? ¿Y por qué está moviendo cosas en el patio trasero?

Wu Du descarga los pinceles fuera del patio y los traslada al patio delantero. Con el ceño fruncido, Duan Ling lo sigue hasta allí. Batú, ya impaciente, tira de Duan Ling hacia atrás, detrás de la galería. Cuando Wu Du gira un poco la cabeza, solo alcanza a ver el rostro de Batú.

Batú tiene rasgos distintivos: una nariz alta, ojos profundos y un leve toque de azul en sus iris. Además, está vestido al estilo de los yuan. Con solo una mirada, Wu Du concluye que es solo un niño en el patio que está mirando a su alrededor. Sin preocuparse más, continúa su camino a paso rápido hacia los grupos alineados, pero mientras avanza, sus ojos recorren a los niños en fila uno por uno.

No encuentra a la persona que busca, así que se acerca a una ventana del salón, se cruza de brazos y escucha la conversación que tiene lugar dentro.

En el salón delantero hay un montón de jóvenes medio crecidos en fila, incluido Cai Yan, todos ellos saludando a Yelü Dashi.

—Muy bien. —Yelü Dashi está obviamente satisfecho con los jóvenes.

El profesor pronuncia sus nombres y, a medida que se pronuncia cada uno, el que es llamado camina hacia delante, se arrodilla y hace una reverencia a Yelü Dashi. Entonces Yelü Dashi toma la plata y un pincel del guardaespaldas que está a su lado y se los entrega personalmente al joven, al tiempo que le da unas palabras de aliento.

—¿Dónde está el niño de la casa Helian? —Yelü Dashi parece recordar algo, y pregunta al profesor.

—¡Helian Bo! ¡Helian Bo! —El profesor sale inmediatamente a llamarlo, y el joven tartamudo que antes luchó con Batú se apresura a entrar.

Yelü Dashi asiente con la cabeza.

—¿Te estás acostumbrando a Shangjing?

—Su… su alteza —dice el joven llamado Helian Bo—. Sí, sí, acostumbrado, acostumbrado, gracias por su favor, su alteza.

Una vez que termina de hablar, no espera instrucciones de Yelü Dashi antes de arrodillarse con decisión e inclinarse tres veces, con fuerza. Yelü Dashi se siente enormemente complacido, y su cándida risa puede oírse en todo el patio. Ayuda personalmente a Helian Bo a levantarse, le pone él mismo el regalo en la mano y hace que Helian Bo cierre los dedos sobre él, dándole unas palmaditas amistosas en el dorso de la mano.

Helian Bo asiente, se da la vuelta y sale. En cuanto sale, se enfada muchísimo y tira el regalo al jardín y lo pisotea hasta hacerlo pedazos. Cuando está a punto de marcharse, Batú le hace una seña con la mano. Helian Bo frunce el ceño y, tras mirar a izquierda y derecha, corre hacia Batú.

En el salón.

—¿Qué pasa con el de la Casa de Borjigin? —pregunta Yelü Dashi.

Así que el profesor ahora tiene que encontrarlo también. Batú se esconde con Duan Ling de inmediato.

Y mientras todo esto ocurre, Wu Du entrecierra los ojos tras el marco de la ventana, gira la cabeza y escruta a los jóvenes que están dentro del salón.

El profesor ha ido a buscar a Batú, pero pasa algún tiempo sin que vuelva mientras todos los jóvenes esperan, así que Yelü Dashi pregunta:

—¿Y Han Jieli? Está aquí, ¿verdad?

—Saludos, su alteza. —El pequeño gordito de la familia Han da un paso adelante desde la fila de jóvenes, saludando formalmente a Yelü Dashi, pero no se arrodilla.

—Has engordado más. —Yelü Dashi se ríe—. Ahora eres casi como tu padre.

Todos los jóvenes empiezan a reír; la cara de Han Jieli se pone roja y no dice nada.

—Esfuérzate en tus estudios —lo anima Yelü Dashi.

—Esa persona es muy extraña —dice Duan Ling.

—¿Qué… qué persona? —pregunta Helian Bo, confundido.

—Tiene una espada —dice Duan Ling.

Tanto Helian Bo como Batú se sobresaltan de inmediato. Duan Ling se da cuenta de que ha soltado algo que no debía y cierra la boca de inmediato.

—¿Es un asesino, lo has visto antes? —pregunta Batú.

—Nunca lo he visto antes, pero ¿no creen que parece alguien que tendría una espada? —se corrige Duan Ling.

Batú y Helian Bo lo observan un momento.

—Esa, esa… esa persona, es es… —Helian Bo está tan alterado de repente que ni siquiera le salen bien las palabras. Golpea la mano de Batú—. ¡Mano! ¡Mano!

Batú también se ha dado cuenta.

—Es un artista marcial. Su espada está escondida detrás de su espalda. ¡Es un asesino! Duan Ling, ¡no puedo creer que te hayas dado cuenta!

Duan Ling ha dado accidentalmente en el clavo, pero no consigue averiguar para qué está aquí este hombre. ¿Quizás su vocación es la de asesino y trabaja a tiempo parcial haciendo trabajos ocasionales?

De vuelta al salón, Yelü Dashi espera y espera, pero ese bastardo de la Casa de Borjigin nunca aparece, así que no tiene más remedio que decirle al profesor que siga leyendo la lista. Cai Yan está al final de la fila y parece bastante nervioso, pero solo porque antes había aceptado el pudín que le dio Duan Ling y no se lo pensó mucho antes de guardárselo bajo la ropa. Lamentablemente, el pudín de flor de ciruelo es un postre frío, y con lo que aprendió antes de etiqueta en el patio y estando de pie en el patio delantero para saludar a los invitados… No importaba afuera en el clima frío, pero ahora que ha entrado en un salón cálido y ha estado calentando el pudín todo el tiempo con su cuerpo, el pudín se ha derretido. Una vez derretido es solo agua azucarada, que se filtra a través de su ropa y gotea por su manga.

Cai Yan se dice en voz baja «maldita sea», pero Yelü Dashi ya está justo delante de él.

—Tú eres… —Yelü Dashi piensa en ello durante mucho tiempo, pero no puede recordar el nombre de Cai Yan.

Cai Yan saluda respetuosamente y se dispone a responder, pero Yelü Dashi no tiene ningún interés en este rostro han. Suponiendo que no es nadie importante, Yelü Dashi le entrega un obsequio y lo despacha.

Afuera, los jóvenes observan cómo Cai Yan deja un rastro de agua marrón rojiza mientras avanza rápidamente por el pasillo.

Wu Du frunce ligeramente el ceño, como si hubiera notado algo, y va tras él. Ve a Cai Yan esconderse detrás de la rocalla, desatarse la túnica con rapidez y sacar algo envuelto en un paño aceitoso, completamente empapado por fuera. Al abrirlo, aparecen unas flores de ciruelo mojadas.

Cai Yan por poco se vuelve loco, y mientras se limpia la túnica, una voz suena de repente a sus espaldas.

—¿Un pudín de flor de ciruelo hecho para ti por un hombre xianbei?

Cai Yan está a punto de girar la cabeza, pero el hombre que está detrás de él alarga la mano y le cubre la boca y la nariz. Antes de que Cai Yan pueda emitir sonido alguno, cae desmayado.

—¡Se llevó al perro Cai! —Batú está atónito—. ¿Es un enemigo de los Cai?

—¿Lo salvamos? —pregunta Helian Bo.

Los tres se miran fijamente, sin saber qué hacer, totalmente incapaces de adivinar las intenciones de Wu Du. Pero Duan Ling sabe de lo que es capaz Wu Du y sale corriendo de inmediato. Helian Bo y Batú lo siguen rápidamente. Wu Du cruza el pasillo hacia el patio trasero y, al escuchar los pasos de los guardaespaldas de Yelu Dashi haciendo su ronda, deja al inconsciente Cai Yan detrás de un árbol y se queda ahí, con las manos a los lados, mirando hacia abajo.

—¡Vengan conmigo! —dice Batú en voz baja.

Batú lleva a Helian Bo y a Duan Ling a dar un rodeo por el patio trasero. Duan Ling quiere ir a salvar a Cai Yan, pero Helian Bo lo agarra y le arrastra. Los tres hablan rápidamente entre ellos mientras corren.

—¿No vamos a decírselo al director? —pregunta Duan Ling.

—¿Y esperar a que el director traiga a alguien? —replica Batú—. ¡El cadáver estará frío para cuando vuelva!

—¡Esperen! ¡Esperen! Él… quiere, quiere… —Cada vez que Helian Bo se pone nervioso se vuelve inarticulado. Duan Ling y Batú están al borde de sus asientos escuchándolo, deseando poder ponerlo boca abajo y sacudirle las palabras de una vez. Finalmente, Helian Bo renuncia a hablar y señala el patio interior.

—¿Quieres decir que debemos ir a buscar al príncipe? —dice Duan Ling.

Helian Bo asiente apresuradamente. Batú descarta la idea.

—Al perro Yelü no le importan las vidas de los han. Solo se preocupa por sí mismo 

—¡Cierto! —Helian Bo cae en la cuenta y asiente.

Duan Ling está más que ansioso.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Helian Bo habla demasiado lento —dice Batú, y luego ordena—: Tú, ve al cuartel de la guardia y encuentra al hermano mayor del perro Cai. Helian Bo y yo pensaremos en alguna forma de salvarlo.

—No sé dónde está —repone Duan Ling.

Batú no sabe qué decir; se da por vencido. 

—Yo iré. Ustedes dos síganlo.

Wu Du ha recogido a Cai Yan y está a punto de irse.

En ese momento, Duan Ling y Helian Bo salen corriendo del pasillo para seguir a Wu Du. De repente, el cuello de la ropa de Duan Ling se aprieta a su alrededor mientras es agarrado y arrastrado detrás del pasillo.

Duan Ling está a punto de gritar cuando una mano le tapa la boca. Se gira y se encuentra con un hombre enmascarado que lleva una capa.

Sin embargo, Helian Bo tiene la cabeza fría. Se lanza hacia ellos para recuperar a Duan Ling, pero el enmascarado golpea casualmente un punto a media pulgada por debajo de su garganta y Helian Bo cae al suelo, incapaz de decir una palabra o moverse una pulgada.

Duan Ling es atraído hacia los brazos del enmascarado, donde le llega un olor familiar; el enmascarado mueve a Duan Ling un paso hacia un lado, fuera del campo visual de Helian Bo, y le pone un dedo delante de la boca indicándole que no diga nada. La comisura de sus labios se curva hacia arriba, sugiriendo que Duan Ling debe mantener la calma.

«Oh», piensa Duan Ling.

El hombre enmascarado le da una palmada a Helian Bo, liberándolo del sello de acupuntura. Luego, rápidamente sale corriendo del patio trasero, para causarle problemas a Wu Du.


[1] Una frase muy antigua del Zhuo zhuan.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *