Su mención de las bellezas japonesas hace tambalear un poco mi determinación. Llevo mucho tiempo oyendo que las japonesas son obedientes por naturaleza y que harían cualquier cosa que los hombres les pidieran, que tienen cierto atractivo sumiso en comparación con las mujeres de nuestro imperio medio[1].
Hace años, mi grupo de sobrinos imperiales propuso una vez procurarse unas cuantas con las que divertirse. Qili incluso me dijo mientras se frotaba las manos que me buscaría algunos jóvenes japoneses para cambiar de aires. Por desgracia, se nos ocurrió esta idea mientras la facción de la pureza moral se ocupaba de amonestar a la familia imperial por su extravagancia, y a raíz del edicto de su majestad, todos esos jóvenes japoneses y japonesas se desvanecieron como un espejismo. Supongo que puede contarse como uno de mis remordimientos del pasado.
Nunca pensé que hoy tendría la oportunidad de cumplir este deseo.
Wan Qianshan ofrece:
—¿Por qué no pago yo la cuenta y consideramos ampliar nuestros horizontes?
—No puedo dejar que hagas eso. El comerciante Mei y yo ya participamos en tu banquete. En cualquier caso, debería ser yo el anfitrión de nuestro viaje a la ciudad.
Wan Qianshan sonríe frotándose las manos.
—Bueno Zhao, si vas a decir eso, es como si aceptaras ir. Y como te has ofrecido a hacer de anfitrión, eso significa que ya no puedes echarte atrás.
Acepto su afirmación, pero en cuanto las palabras salen de mí me doy cuenta de que he aceptado demasiado deprisa. Liu Tongyi probablemente no iría a un sitio así.
Estoy a punto de preguntar, pero Liu Tongyi ya está sonriendo.
—Supongo que entonces también me aprovecharé de tu buena voluntad.
Estoy un poco sorprendido; nunca pensé que realmente iría. Aunque me resulta claro que los establecimientos con cortesanas deben serle familiares, ya que ha pasado muchos años en la corte y otros tantos dirigiendo un negocio. Aun así, creo que no encajaría.
La casa de baños de la que habla Wan Qianshan se llama Jardines Fragantes, justo en la calle principal de Dongping, la ciudad de la costa. Wan Qianshan solo lleva consigo a dos sirvientes, y no tardamos mucho después de bajar a tierra en llegar a sus puertas.
Los mercados de Dongping son muy parecidos a los de Shuanghe, pero como la ciudad es un poco más grande, su calle principal es aún más próspera que la de Shuanghe. Junto a Jardines Fragantes todavía hay más casas de baños, pero ninguna con una fachada tan magnífica. Nada más entrar, un empleado trae a un par de mujeres extranjeras pavoneándose en un dudou[2] con el vientre al descubierto para recibirnos solícitamente, ofreciéndonos un libro lleno de diagramas de los baños para que elijamos.
De acuerdo con los diagramas, hay un único gran baño en el gran vestíbulo llamado El estanque aromático, adecuado para que lo compartan los huéspedes ordinarios. En cuanto a las habitaciones más pequeñas con baños individuales, están divididas en dos áreas, una llamada Una degustación de serenidad, con habitaciones como el Pabellón de Hangzhou, el Pabellón de Suzhou, el Pabellón de la Capital y así sucesivamente, todas ellas con nombres de famosos destinos nativos. La otra se llama Una apreciación del deleite, y en su interior hay habitaciones de Persia, Corea, Java, y demás, cada una decorada en un estilo extranjero; incluso hay una habitación para Nahe.
El empleado nos señala el rincón más recóndito.
—Esta es la recién construida habitación Japón; incluso el estanque es nuevo. Es el único estanque de lujo que tenemos libre ahora mismo, qué casualidad.
Pregunto:
—¿Cuántos baños tiene una habitación?
—Solo uno. Pero no se preocupe, señor. No se sentirá apretado aunque añada tres personas más.
La habitación de lujo japonesa está amueblada con gusto y dividida en una sala interior y otra exterior. En la exterior hay sillas, una mesa y un sofá cama; la mesa está servida con té y fruta, y sobre el sofá hay una estera de bambú finamente tejida. Aunque la caligrafía que cuelga de las paredes no procede de ningún maestro antiguo, se las arregla para añadir cierto grado de elegancia al espacio. Cinco jovencitas están arrodilladas junto a la puerta y se inclinan para saludarnos. Liu Tongyi y yo les pedimos que se levanten, pero permanecen arrodilladas. El empleado nos dice:
—Son auténticas japonesas. Siempre se arrodillan cuando atienden a los invitados. Ya se acostumbrarán.
Wan Qianshan pregunta:
—Si necesitan quitarnos la ropa, ¿pueden llegar lo bastante alto?
El empleado se apresura a añadir:
—Se pondrán de pie cuando sea necesario, por supuesto.
Entonces tendremos que comprobarlo nosotros mismos. Le decimos al empleado que puede irse. La habitación tiene el suelo de madera y está muy limpia. En cuanto entramos los tres, una de las jóvenes nos sigue de cerca, fregando el suelo con un trapo mientras camina de rodillas. Va vestida de forma diferente a las otras cuatro mujeres. Es de suponer que se especializa exclusivamente en esta tarea.
Wan Qianshan se sienta primero en el sofá cama; en cuanto lo hace, una de las mujeres se acerca a él de rodillas y le quita los zapatos. Liu Tongyi y yo también somos atendidos del mismo modo por otras dos mujeres. Cuando llega el momento de quitarnos la ropa, las mujeres arrodilladas se levantan como se nos ha dicho, manteniendo la mirada baja mansamente todo el tiempo, y la forma en que nos quitan la ropa también es particularmente delicada; la piel blanca como la nieve se muestra junto a los cuellos de sus ropas, su aspecto lleno de un toque extranjero.
Mientras paso un agradable momento de apreciación, por el rabillo del ojo veo a otra mujer que ayuda a Liu Tongyi a quitarse la túnica exterior. Las solapas de su túnica interior están entreabiertas y, al paso del vapor que entra desde la habitación contigua, no se parece mucho al Liu Tongyi que conozco.
El vapor empaña la habitación interior. El agua del estanque es tan clara que se puede ver directamente hasta el fondo. Ciertamente, es muy agradable remojarse en ella. Las tres mujeres se arrodillan y nos atienden desde el borde del estanque y, aunque sus masajes no son muy intensos, se respira un cierto aire de intimidad.
Wan Qianshan es, evidentemente, un cliente habitual; se apoya en el borde del estanque y deja que la mujer le frote los hombros y el cuello a su antojo, pero es capaz de conversar con Liu Tongyi y conmigo al mismo tiempo. Liu Tongyi se sienta no muy lejos de él y, como es habitual, está bastante callado. Se reclina junto al borde del estanque, con aspecto indolentemente lánguido. Una vez deseé, aunque solo fuera en mis sueños, contemplar a un canciller Liu sin ropa, y ahora que mi anhelado sueño se ha cumplido, me siento algo extrañamente complicado.
Algún tiempo después, la cuarta mujer se arrodilla junto al estanque, portando una bandeja con un juego de vino de plata encima. Wan Qianshan se bebe la copa de vino que ella le lleva a los labios, luego la agarra de la muñeca y tira de ella hacia abajo; en un chapoteo de agua de baño ella cae en su regazo, y lo mira dócilmente. Wan Qianshan le abre el vestido bajo el agua, y en un instante se convierten en una maraña de miembros.
La mujer que me ha estado masajeando se desliza en el agua, con sus tiernos labios perfumados de vino. Pruebo el vino de sus labios; es suave y dulce, aromático, pero carece de la riqueza del alcohol, más parecido a una sopa dulce[3] que a vino. Al apartarla un poco, veo que la mujer que atiende a Liu Tongyi se ha sentado encima de él y sus labios se pegan a los de él.
Me levanto, salgo del estanque y me dirijo a la habitación exterior. La mujer que me ha estado sirviendo me sigue y, al ver que me pongo una bata interior para sentarme en la cama, se arrodilla en el borde y me mira, con un deje de miedo en su expresión.
Le hago un gesto para que se vaya.
—Vuelve dentro y ocúpate de los otros dos. Yo voy a descansar aquí un rato.
Obedientemente, se marcha de inmediato, comprendiendo por alguna razón lo que le he dicho. Puede que estas mujeres ni siquiera sean de Japón, puede que solo sean lugareñas.
No sé si Wan Qianshan y Liu Tongyi podrán salir pronto del baño. Por ahora voy a dormir una siesta en el sofá cama.
En mis sueños estoy de nuevo en la capital. En un comedor privado, Chu Xun llena de vino la copa que tengo ante mí. Frente a mí, ese alguien tira de la bella mujer que tiene al lado para estrecharla entre sus brazos y, sonriendo, levanta una copa de jade hacia mí.
—¿Es hoy el vino del agrado de su alteza?
Me oigo decir:
—Es el vino amarillo que el jefe Yun tuvo a bien calentar personalmente, ¿quién puede decir una sola palabra de queja?
Mientras salimos de Jardines Fragantes, Wan Qianshan lanza un largo suspiro de insatisfacción.
—Ustedes dos sí que tienen un alto nivel de exigencia. Las mujeres que hemos conocido hoy ya estaban por encima de la media, y aun así uno de los dos apenas tocó a una antes de irse, y el otro se limitó a seguirle la corriente un rato. Así que yo tampoco tenía ganas de quedarme mucho tiempo. —Suspira una vez más.
Junto las manos en señal de disculpa.
—No sé qué me pasa hoy, pero simplemente no me interesaba. Prometí entretenerte, pero acabé estropeando tu diversión. Lo siento mucho.
Liu Tongyi ha tenido una expresión peculiar en su rostro desde hace un rato, como perdido en sus pensamientos. Y ahora tiene el ceño fruncido.
—El comportamiento de esas mujeres japonesas era bastante sospechoso.
—Por supuesto que era sospechoso —replico—. ¿Cómo pueden entender nuestro idioma unas mujeres que acaban de llegar de Japón? Deben de ser lugareñas de Dongping.
Liu Tongyi sacude la cabeza.
—No me refiero a eso. Estuvieron arrodilladas en el suelo todo el tiempo y parecían deseosas de averiguar qué había bajo nuestras ropas. Luego, cuando tomaron la iniciativa en el estanque, se hizo aún más evidente que querían algo.
Wan Qianshan y yo nos giramos hacia él al mismo tiempo. Ambos tosemos.
—Ran… Comerciante Mei, por supuesto que esas mujeres querían algo. Lo que querían era… —Y vuelvo a toser.
Wan Qianshan añade:
—Así es. —Tose también—. Y lo que buscaban no era más que algún tipo de aprobación de nuestra parte… —Y se interrumpe, riendo.
Liu Tongyi me mira muy serio.
—¿De verdad no te diste cuenta de que esas mujeres estaban inspeccionando nuestros cuerpos deliberadamente? Creía que te habías ido antes por eso.
No está hablando muy alto. Inconscientemente, miro a mi alrededor. Bien. Parece que nadie lo ha oído.
Wan Qianshan se ríe a carcajadas.
—Mei, eres una persona muy divertida. Tienes razón. Por desgracia, no hemos satisfecho sus deseos. ¡Deben estar muy decepcionadas!
Liu Tongyi sigue con las cejas muy fruncidas.
—No me refería a eso. Me refería a que esas mujeres realmente estaban…
Antes de que él termine de hablar, mis pasos ya se han detenido.
Delante de nosotros, alguien sale sin prisa de un callejón y se detiene diez pasos delante de nosotros.
Las lámparas brillan con tal intensidad que deslumbran a la vista; la calle se llena de una cacofonía de voces. Él mira hacia nosotros con las manos entrelazadas a la espalda.
—Tío, ¿las mujeres japonesas fueron de tu agrado?
[1] Otro nombre para China en su época imperial.
[3] La sopa dulce, también conocida como Tong sui (lit. Agua azucarada), es una sopa servida a forma de postre en la cocina cantonesa.
