38. Templo Baotong (1)

Cuando Tang Heng se despertó por la mañana, Li Yuechi ya no estaba. El ventilador eléctrico giraba lentamente, casi sin fuerza. La ventana había sido abierta y las cortinas verdes se movían suavemente con la brisa matutina.

Había una cantidad considerable de llamadas perdidas y mensajes en su teléfono, pero ninguno era de Li Yuechi. Tang Heng se levantó y se lavó la cara, sintiéndose desorientado dentro de la habitación. Ni siquiera sabía cuándo Li Yuechi se había ido ni cuánto tiempo llevaba ausente. El frasco de vidrio que había volcado la noche anterior estaba ahora cuidadosamente colocado sobre la caja de almacenamiento, como si nada hubiera ocurrido. Entonces la mirada de Tang Heng se detuvo: había una nota bajo la vela aromática.

Era la letra de Li Yuechi, un poco descuidada: «Estoy en el hospital. Hay ramen en la caja».

Tang Heng volvió a dejar la nota en su sitio. Tras una breve vacilación, la tomó de nuevo, la dobló en un pequeño cuadrado y la guardó en el estuche de su guitarra. Era una mañana de cielo completamente despejado. Ya se notaba la llegada del otoño: el aire era fresco y limpio, y la luz del sol, clara y brillante, hacía parecer que todo lo ocurrido la noche anterior –como el rocío– había sido barrido por el viento y evaporado por el sol. Tang Heng pensó con ironía que no era casual que existiera la expresión «amor como el rocío»; quizá quien la inventó había vivido una mañana como la suya. En plena luz del día, cada uno siguió su propio camino.

Tang Heng se colgó la guitarra al hombro y cerró bien la puerta del apartamento de Li Yuechi; la cerradura que había roto ya había sido sustituida por una nueva.

A las ocho de la mañana, el callejón estaba tranquilo. Al pasar por el Chang’ai, la puerta estaba naturalmente cerrada. El pasto estaba limpio, sin rastro de la fiesta de música de anoche. Tang Heng desayunó un tazón de fideos con carne de Xiangyang en la entrada del callejón, acompañado de una taza de vino de arroz helado y un huevo en escabeche con especias. Sabía que pasaría mucho, mucho tiempo antes de volver a estar en ese lugar.

Después del desayuno, Tang Heng llamó a Jiang Ya.

—Hola, soy yo.

—¿Quién…? ¡Mierda, ¿dónde demonios te metiste?! —Jiang Ya aún estaba medio dormido, pero de repente se levantó de un salto y comenzó a gritar—. ¡No creas que no nos dimos cuenta! ¡Te fuiste con ese tipo anoche! Mierda, ¿no es hetero..?

—Estaba borracho. Lo llevé a casa.

—¿No hiciste nada más?

—¿Qué más podía hacer?

—¡Darle una bofetada!

Jiang Ya tosió y se detuvo. Luego preguntó seriamente:

—¿De verdad no hiciste nada?

—No, absolutamente nada.

—¡Maldición, perdí!

An Yun le arrebató el teléfono y dijo con una risita:

—Hicimos una apuesta. Él apostó a que te acostarías con Li Yuechi y yo aposté que no lo harías.

—Bueno, entonces ganaste —respondió Tang Heng.

—Deberías darte prisa e irte de una maldita vez a Tokio —maldijo An Yun de repente, dejando de reír—. Parece que no encontrarás paz en Wuhan a menos que Li Yuechi esté muerto.

—Tienes razón —respondió Tang Heng con calma. Y luego colgó.

Salió de la aldea Donghu, llegó a la calle Luoyu y se dio cuenta de que no tenía a dónde ir. La aldea Donghu, la calle Luoyu, Jiedaokou, la Universidad Hanyang… Li Yuechi estaba en todas partes. Era extraño porque, ¿cuánto tiempo llevaban conociéndose? Ni siquiera dos meses. Pero era como si se conocieran desde hace dos años. Podía imaginar cómo Li Yuechi salía de la aldea Donghu con su camiseta de tutoría juvenil, cómo se abría paso entre la multitud en la calle Luoyu con su mochila, cómo entraba al túnel de la estación de metro de Jiedaokou, caminando hacia la Universidad Hanyang. ¿Compraría un jazmín de tres kuai en la entrada del metro? Quizás no, pero se detendría a disfrutar del aroma de la flor.

Tang Heng volvió a casa, se dio una ducha y se puso ropa limpia. La camiseta de Comme des Garcons la hizo una bola y la tiró al suelo; esperaba que por la tarde, cuando viniera la señora Wang, se deshiciera de ella.

No podía conciliar el sueño, pero tampoco tenía adónde ir. Al final no le quedó más remedio que subirse a la línea 2 del metro. Cuando entró, el vagón estaba abarrotado. Eran ya casi las diez, así que no debería haber sido hora punta de la mañana, pero así de peculiar era la línea 2. Había gente hablando a gritos por teléfono, otros charlando en dialecto de Wuhan, personas arrastrando enormes maletas. Todos parecían ocupados, apurados. La multitud se redujo considerablemente al pasar por la Estación de Tren de Hankou, y Tang Heng encontró un asiento. Más tarde, entre el murmullo grave y continuo del metro, se quedó dormido. Tras quién sabe cuánto tiempo, de pronto oyó la voz de Li Yuechi junto a su oído: «Tang Heng, no me siento bien». La voz era muy suave pero clara. Tang Heng se despertó sobresaltado justo cuando el tren se detenía. Cruzó las puertas y no terminó de despabilarse hasta que vio las palabras «Templo Baotong».

Tang Heng nunca había estado en el Templo Baotong, pero recordaba que su profesor de literatura de la secundaria decía que aquel lugar tenía una historia de ochocientos años. Siguió la baja muralla amarilla hasta la entrada y decidió entrar un rato. Si allí podía olvidar, aunque fuera por un momento, a Li Yuechi, entonces el budismo debía de ser realmente poderoso. Y, si no podía olvidarlo, tampoco importaba: lo tomaría como una simple excursión. Después de todo, pronto dejaría Wuhan.

La anciana de la taquilla lo miró como si no creyera que aquel muchacho de cabello largo tuviera nada que ver con el budismo. Tang Heng tomó el boleto pensando: «¿No he venido precisamente a purificar mis deseos?».

El Templo Baotong estaba bien cuidado. Los santuarios, limpios y llenos de color. Tang Heng siguió a varios peregrinos hasta el salón principal y vio ante sí una enorme estatua dorada de Buda. Los fieles se arrodillaron devotamente sobre los cojines, inclinándose y murmurando sus plegarias. Tang Heng permaneció a un lado observándolos un momento; luego rodeó al Buda y se dirigió hacia el santuario trasero.

Y luego se arrepintió.

Al cruzar el umbral, se encontró con algunos monjes vestidos de marrón que barrían el suelo, mientras un pequeño montón de hojas ardía en una esquina, dejando ascender columnas de humo. Tang Heng se quedó clavado en su lugar, incapaz de dar un paso adelante. Era demasiado coincidente. ¿No podía evitarlo, ni siquiera en el Templo Baotong? ¿Era así de poderoso el budismo?

Aunque no era el momento ni el lugar adecuado, no pudo evitar pensar en el beso de la noche anterior y en su aliento impetuoso y ardiente. Desde el templo llegaba el murmullo de cantos budistas, probablemente entonados por un anciano monje para ayudar a alguien a trascender. Tang Heng se sintió desalentado. ¿Por qué no podía olvidarlo, ni siquiera aquí? ¿Y qué sería cuando se fuera a Tokio? ¿O a los Estados Unidos?

Su teléfono vibró en su bolsillo. Era una llamada de An Yun, pero Tang Heng la rechazó y luego apagó el teléfono.

Decidió simplemente sentarse en un banco de piedra en el patio trasero y contemplar la pila de hojas y ramas marchitas. Si se concentraba, podía escuchar los sonidos crepitantes mientras las llamas azules ardían lentamente. Era como si todo el verano se estuviera consumiendo en llamas en ese momento con esa pila de hojas.

«Yue» de luna; «chi» de galopar.

No me siento bien.

Xuedi.

Permaneció allí durante mucho tiempo con los ojos cerrados. La luz del sol caía sobre sus pestañas y su visión era una masa de dorado y negro.

Cuando las hojas caídas ante él finalmente se convirtieron en cenizas, Tang Heng se puso de pie. Pasó junto al santuario del Buda de Jade, continuó caminando y llegó al pie de la Pagoda Baotong, también conocida como la Pagoda Hongshan. La pagoda de siete niveles no era tan alta ni imponente como él había imaginado.

Una anciana vestida de negro daba vueltas alrededor de la pagoda. Al ver a Tang Heng parado allí y perdido en sus pensamientos, se acercó para aconsejarle:

—¡Debes caminar en círculo en el sentido del reloj alrededor de la pagoda para que funcione!

—¿Puedo pedir un deseo? —preguntó Tang Heng.

—¡Claro! Si lo deseas sinceramente, el Buda podrá escucharlo.

—Está bien, gracias.

—Repite después de mí. Namo Ami…

—No es necesario.

La anciana se sorprendió.

Tang Heng levantó la vista hacia la punta de la pagoda y susurró:

—No tengo ningún deseo.

Aunque nada de lo ocurrido la noche anterior contara.

Todavía no quería olvidarlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *