La anciana miró a Tang Heng con recelo, probablemente pensando que aquel joven había venido solo a causar problemas, y se alejó con rapidez. Con el mediodía cada vez más cerca, el templo quedó sumido en un silencio casi absoluto. Tang Heng se internó en la pagoda Baotong.
Por fuera, la pagoda parecía bastante elegante, pero su interior delataba con claridad el paso del tiempo. El pasillo estrecho solo permitía subir a una persona a la vez; los escalones eran extremadamente empinados y las paredes blancas estaban cubiertas de polvo. En el interior reinaba la penumbra, rota únicamente por las pequeñas estatuas de Buda y las velas incrustadas en los muros de cada nivel. La iluminación provenía tan solo de la luz natural y de esas velas. Tang Heng subió dos pisos y se sentó, con la frente empapada de sudor.
Sentado sobre los escalones fríos, sacó el teléfono y recordó que lo había apagado antes.
Había siete llamadas perdidas: tres de An Yun, tres de Jiang Ya y una de Wang-ayi. La de Wang-ayi había sido hacía cinco minutos, probablemente para preguntarle si necesitaba que le preparara el almuerzo. Sin señal dentro de la pagoda, Tang Heng volvió a guardar el teléfono en el bolsillo y continuó subiendo. En cada nivel había un pequeño balcón saliente. Tang Heng se sentó allí, sin poder siquiera estirar las piernas.
En el balcón del tercer nivel, una brisa suave le rozó el rostro, llevando consigo el aroma del incienso del templo. Tang Heng reflexionó seriamente sobre a dónde debería ir después. Tal vez podría dirigirse al salón de práctica. Al menos ese lugar no tenía nada que ver con Li Yuechi.
Se oyó un golpe sordo. El Nokia cayó en el borde del balcón. De haber quedado medio centímetro más afuera, habría caído sin remedio.
El número que aparecía en la pantalla no estaba guardado.
Tang Heng se quedó paralizado durante dos segundos antes de recoger el teléfono con cuidado. Presionó el botón para contestar.
—¿Hola?
—Tang Heng. —La voz de Li Yuechi sonaba ligeramente ronca—. ¿A qué hora es tu vuelo?
—¿Qué? —Tang Heng seguía confundido—. ¿De qué estás…?
—An Yun ya me lo dijo. —Li Yuechi hablaba deprisa, desde un lugar ruidoso—. Hoy te vas a Tokio.
Tang Heng no supo qué decir.
—¿No te ibas a principios de octubre?
—Bu-bueno, es lo mismo —respondió Tang Heng—. Me iba a ir tarde o temprano.
—Mn.
—¿Algo más? —Tang Heng notó que la mano le temblaba mientras sostenía el teléfono—. Estoy a punto de abordar.
—¿Cuánto falta?
—U-un momento más.
—Espérame.
—¿Qué estás haciendo?
—Estoy en el metro. Quiero verte
—¡No vengas! —Tang Heng se levantó de un salto, nervioso—. Yo… no quiero verte.
—Anoche…
—¡Lo olvidé!
—Imposible.
—De verdad no lo recuerdo. Olvido todo cuando estoy borracho. Ah, ¿te acosé? ¿Fui un idiota?
Li Yuechi guardó silencio. Justo cuando Tang Heng pensaba que iba a colgar, murmuró:
—Dijiste «gratis».
—¿Qué quieres decir con «gratis»? —Tang Heng soltó una risa forzada—. En serio, no te preocupes tanto. Lo que pasó entre nosotros ya terminó. Concéntrate en tus estudios con mi tío. No voy a vengarme por algo tan trivial.
—…Espérame.
—De verdad no hace falta. —Tang Heng cerró los ojos—. Abordo en quince minutos. No llegarás a tiempo.
—Tomaré un taxi. Espérame. —La voz de Li Yuechi rozaba el pánico—. Ya salí del metro. Voy a tomar un taxi.
—Dímelo por teléfono. Cambiaré mi número en Tokio, así que hazlo ahora.
Tomó dos respiraciones profundas y dijo:
—Lo recuerdo.
—¿Qué?
—Todo.
Tang Heng no pudo evitar esbozar una sonrisa amarga.
—Está bien, ¿vas a disculparte? —«Porque te perdono».
—No.
—…Ya veo. —«Porque ambos somos culpables».
—No me disculparé porque todo lo que dije anoche era verdad. —Li Yuechi hizo una pausa y, entre el ruido de fondo, dijo—: Tang Heng, me gustas. Me has gustado desde nuestro primer encuentro.
…¿Estaba intentando reconfortarlo? ¿Porque él se iba a Tokio? Tang Heng volvió a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. El cuerpo se le sentía débil y, de pronto, ya no tenía fuerzas para enfrentarse a Li Yuechi. En realidad, tenía mil formas de rebatirlo, como decir: «¿No eres heterosexual? ¿No tienes novia? Te vi abrazándola antes. Si te gusto, ¿entonces qué demonios has estado haciendo?». Pero en ese momento, Tang Heng pensó que fabricar juntos una gran mentira también podía considerarse un final feliz.
—Está bien, te creo. —«En este punto, ya son suficientes mentiras».
—Te esperaré, ¿de acuerdo?
—¿Y tu novia? —«¿Para qué?».
—Te mentí. Ella es mi maestra.
—…¿Qué?
—Fue maestra voluntaria en mi aldea cuando yo estaba en tercer año de secundaria. Gracias a ella pude ir a la preparatoria y entrar a la universidad.
Tang Heng guardó silencio.
—Le debo mucho. Eso es todo. —Li Yuechi hablaba sin aliento; su voz estaba completamente ronca, como si una violenta tormenta de arena se hubiera desatado dentro de su pecho—. Te lo dije anoche: no tengo dinero, soy aburrido, no tengo nada… Pero sí tiempo.
La mente de Tang Heng era un completo caos.
—¿Tiempo? —murmuró.
—Tengo tiempo para esperar a que regreses.
¿Estaba alucinando?
Tang Heng se pellizcó el brazo con fuerza, deseando poder calmarse, pero el dolor logró que su respiración temblara aún más.
—Tú… ¿Estás diciendo la verdad?
—Todo es verdad.
—No sigas esperando.
—Pero yo…
—Ven al Templo Baotong. En la pagoda… estoy yo.
Más tarde, cada vez que Tang Heng recordaba aquella frase, siempre le resultaba bastante graciosa. «En la pagoda… estoy yo». Había hablado como si fuera una cosa plantada allí, como si él mismo formara parte de la pagoda. Realmente fue una frase dicha sin pensar. Pero en aquel momento, no se le ocurrió nada más. Solo podía quedarse mirando la pantalla del teléfono, observando cómo el tiempo avanzaba desde las 11:44 a. m. hasta las 11:59 a. m. Faltaba un minuto para el mediodía cuando, de repente, escuchó unos pasos apresurados. Li Yuechi gritó con voz ronca: «¡Tang Heng!». Y su mirada, como un paraguas que se pliega, se contrajo de una red dispersa en un solo punto, enfocándose en aquel recodo oscuro e impreciso.
Nunca olvidaría el momento en que Li Yuechi apareció ante él. Las 11:59 a. m. en la pantalla se transformaron en las 12:00 p. m., y en ese preciso instante la luz del sol cayó perpendicular sobre el suelo. La pagoda de siete niveles pareció disolverse en arena líquida, mientras los budas pasaban a formar parte del telón de fondo. Era como si Li Yuechi no hubiera subido esa pagoda, como si ni siquiera estuviera dentro de ella. De repente, se encontraron en una pradera dorada y resplandeciente, pisando la luz del sol y los campos de trigo. Tang Heng se precipitó hacia él y lo empujó contra la pared con un golpe sordo.
Sus cuerpos se presionaron uno contra el otro. Tang Heng miró a Li Yuechi y, después de unos segundos, finalmente dijo:
—¿Cómo llegaste aquí?
El pecho de Li Yuechi subía y bajaba.
—Corrí —dijo.
—¿Desde dónde?
—Desde la calle Zhongnan.
—Eso… —Tang Heng miró al Buda que sostenía una flor a sus espaldas y, de pronto, se sintió tímido. Tal vez era demasiado irrespetuoso decir algo así delante del Buda—. ¿Deberíamos besarnos primero, o prefieres recuperar un poco más el aliento?
Li Yuechi no respondió. Simplemente se apoyó contra la pared y miró a Tang Heng en silencio.
Tang Heng ya no pudo contenerse y se inclinó para besarlo.
