26. Wuhan

Tang Heng acompañó a Li Yuechi y Tian Xiaoqin en las visitas durante varios días consecutivos. El verano en Wuhan era sofocante y bochornoso. Simplemente dar unos pasos bajo el sol era suficiente para que pudieran exprimir el sudor de sus camisetas. Además, los lugares que visitaban eran principalmente aldeas urbanas[1] o antiguos edificios residenciales ruinosos, destartalados por todas partes, con un aire impregnado del olor a polvo.

El calor y el cansancio serían ya de por sí agotadores, pero lo peor era ser recibidos con puertas cerradas en cada visita. Los habitantes de Wuhan tenían un carácter explosivo y a menudo comenzaban a gritar apenas intercambiaban un par de palabras, lanzando un contundente «¡Largo, largo, largo!» desde el otro lado de la puerta. Subir siete pisos solo para ser recibido de esa manera resultaba, sin duda, profundamente desmoralizador.

Por suerte, Tang Heng no era quien tenía que establecer la comunicación, y la razón era sencilla: ni él ni Tian Xiaoqin hablaban el dialecto de Wuhan. A pesar de que Tang Heng llevaba seis años en la ciudad, había estado siempre en el ámbito académico donde todos hablaban mandarín, y además, la familia de su tío no era originaria de Wuhan. Tian Xiaoqin, por su parte, era de Hunan y había estudiado cuatro años de pregrado en Wuhan, pero tampoco había aprendido el dialecto local. Lo más extraordinario era Li Yuechi, un natural de Guizhou que, increíblemente, podía entender el dialecto de Wuhan casi a la perfección.

Tang Heng le preguntó dónde había aprendido. Él respondió: «Lo aprendí mientras trabajaba». Después, Tang Heng le preguntó cómo estaba su lesión en la espalda. Él dijo: «En su mayoría, ya está bien».

Y parecía ser cierto, pues durante esos días, Li Yuechi siempre era el primero en llegar y el que más trabajaba, e incluso después de cada visita, podía cargar su mochila e ir a dar clases en un centro de tutorías. ¿De dónde sacaba semejante condición física, semejante estado mental? Tang Heng no podía menos que quedarse asombrado, y comprendía perfectamente por qué su tío le decía que debía «aprender de él».

Tian Xiaoqin comentó con admiración:

—Yuechi es realmente impresionante.

Tang Heng, mirando la figura de Li Yuechi alejándose con su mochila, preguntó:

—¿Por qué tiene tanta prisa en ganar dinero?

Tian Xiaoqin respondió:

—Estudiar cuesta dinero, por supuesto.

—Pero hay préstamos estudiantiles y becas, ¿no es un poco exagerado?

—No lo sé con certeza —respondió Tian Xiaoqin parpadeando—, pero parece que… tiene novia. No estoy segura, eh.

Mañana era fin de semana, finalmente podrían descansar dos días. An Yun los invitó a cenar por la noche, aunque el verdadero motivo era claramente Tian Xiaoqin. Como dice el refrán, el bebedor no lo hace por el alcohol; Tang Heng y Jiang Ya estaban allí como extras. Comieron en el puesto callejero: tallarines calientes con pies de cangrejo, langostinos rojos guisados y suaves muslos de pollo tan tiernos que se desmoronaban al primer bocado. El puesto estaba, como siempre, repleto de gente, ruidoso y animado. Mientras An Yun y Tian Xiaoqin charlaban, Jiang Ya, aburridísimo, miraba con atención a Tang Heng.

—¿Así que de verdad estás trabajando con ellos, eh?

—¿Y qué otra cosa iba a hacer? —respondió Tang Heng.

—Bien. —Jiang Ya bajó la voz—. ¡Eres la única esperanza ahora!

—¿Eh?

—¡Ellas dos!  —Jiang Ya movió las cejas hacia Tian Xiaoqin, como una rata calculadora—. ¿Qué piensas? ¿Hay posibilidades?

Tang Heng también bajó la voz.

—No lo sé.

—¿Ella tiene pareja?

—Creo que no.

—Entonces hay esperanzas.

Tang Heng no le respondió.

De pronto, le vino a la mente la imagen de Li Yuechi ayudando a Tian Xiaoqin a llevar su mochila, y el tono con el que ella lo llamaba «Yuechi». Aunque eso no significaba gran cosa –él mismo había compartido cama con An Yun–, había algo diferente, algo difícil de definir.

Habiendo comido lo suficiente, Jiang Ya ya no podía quedarse quieto y se fue a coquetear con una chica de la mesa contigua. Por otro lado, An Yun, elocuente como siempre, invitaba a Tian Xiaoqin a ver su actuación. Tang Heng, mirando un plato de almejas salteadas medio comidas, de repente se sintió algo desanimado.

Porque se dio cuenta de que de nuevo estaba pensando en Li Yuechi, no en el sentido de «extrañarlo», sino simplemente recordándolo. Pensamientos triviales. Como por ejemplo: «Ya pasaron las ocho, ¿el trabajador Li-laoshi ya habrá salido del trabajo? ¿Cómo estará ahora la lesión en su espalda? ¿Tendrá energía durante el día y fiebre alta por la noche?». Y, por último, por último: «¿Qué tipo de chica encontraría a alguien como Li Yuechi como pareja?». No lograba imaginárselo. ¿Qué mujer extraordinaria podría soportar ese rostro que gritaba «aléjate y no me molestes»?

«Pero si él quisiera tratar bien a alguien, podría ser muy amable también», pensó Tang Heng.

Los cuatro terminaron de cenar y se dirigieron a la livehouse de la calle Jianghan para ver un concierto. En Wuhan comenzaba a caer la lluvia nocturna, y a través del cristal del taxi se podían ver charcos multicolores en el suelo. La zona de la calle Jianghan era considerada una de las más prósperas de Wuhan, pero cuando llovía, todavía se veían los baches. Wuhan no en vano era conocida entre los estudiantes como «el condado más grande del país». Todos querían irse después de llegar. Tang Heng no era una excepción.

La banda que actuaba esta noche era SMZB, una banda clásica de hardcore punk. Una bandera roja brillante colgaba sobre el escenario: «El rock nos entretiene a ti y a mí, China se divierte, ¡ROCK & ROLL!». El espectáculo aún no había comenzado, pero el grupo de fans ya estaba moviendo la cabeza y disfrutando. Incluso con el aire acondicionado, todavía se podía percibir el intenso olor a sudor.

Era la primera vez que Tian Xiaoqin visitaba una live house, y observaba todo con una expresión de asombro. Tuvo que gritar para hacerse escuchar por el ruido:

—¿Sus actuaciones son siempre así?

—¡No tenemos tantos fans! —respondió An Yun riendo.

—¿Pero es igual de… animado?

—¡Algo! ¡Depende de la canción!

—¿Tienen sus propias canciones también?

—¡Todavía no! —dijo An Yun volteándose hacia Tang Heng y Jiang Ya—. ¡Pero las estamos componiendo!

Cuando la banda salió al escenario, Jiang Ya ya estaba bailando agarrado de la mano de una chica con coleta. Esa chica le resultaba vagamente familiar a Tang Heng, aunque no lograba recordar de dónde la conocía. No era extraño, en estos tiempos el rock era un hobby de nicho, y los asiduos a los conciertos eran siempre más o menos los mismos.

La música resonaba en sus oídos, el bajo, la batería, la guitarra, e incluso un tramo de gaita clara. Las luces blancas de magnesio parpadeaban al ritmo. Era la primera canción de la noche: Gran Wuhan.

Yo nací aquí, en esta ciudad calurosa

En ella viven ocho millones de personas

El levantamiento de Wuchang comenzó aquí

Siempre recordaré el nombre de Sun Yat-sen en mi corazón…

Ella obtendrá su libertad, se volverá hermosa

Este lugar no será para siempre como una prisión

Atraviesa la oscuridad y ya no habrá llanto

Una semilla plantada en el corazón

«Ella obtendrá su libertad, se volverá hermosa, este lugar no será para siempre como una prisión». Las voces de los fans se fundían como un río, semejantes al poderoso fragor del Yangtsé. Tang Heng también cantaba con ellos, con una sensación similar a la embriaguez, sin pensar en nada más que escuchar y cantar. A pesar de haber sudado tanto, su cuerpo parecía querer elevarse.

Pasadas las diez de la noche, el concierto terminó. La lluvia ya había cesado, pero quedaban charcos en el suelo. Su grupo de cuatro se había convertido en cinco, pues Jiang Ya ya tenía abrazada a la chica de la coleta. Tang Heng tenía la voz algo ronca y estaba completamente agotado, solo quería dormir después de cantar hasta hartarse.

Estaban esperando un taxi en la calle. An Yun y Tian Xiaoqin ya habían subido a uno, con destino a la puerta sur de la Universidad Normal, donde Tian Xiaoqin tenía su apartamento alquilado. Jiang Ya, abrazando a la chica, le guiñó un ojo a Tang Heng.

—Oye, no vamos en la misma dirección, ¿verdad?

—Me voy a casa —dijo Tang Heng.

—Nosotros vamos al hotel —dijo Jiang Ya con una sonrisa pícara—. Lulu, ¿a qué hotel quieres ir? Elige el que quieras.

La chica llamada Lulu levantó el rostro y le dio a Jiang Ya un largo beso en plena calle, una escena poco apropiada para menores. Aunque ya pasaban de las diez, la zona de Jianghan Road siempre estaba animada, y como el hospital central no estaba lejos, había mucho tránsito de personas.

Tang Heng dio discretamente unos pasos hacia atrás, sacó el móvil y comenzó a presionar teclas al azar, fingiendo que no los conocía.

Viendo pasar los minutos en la pantalla, de las  «22:24» hasta las  «22:29», finalmente no pudo contenerse más y levantó la cabeza.

—¿Ya van a terminar? —Solo quería recordarle a Jiang Ya que tenían ensayo al mediodía siguiente, para que no se durmiera.

Jiang Ya seguía enredado con la chica, sin responder. Pero Tang Heng de repente abrió los ojos como platos. Su mirada, por encima de Jiang Ya, se dirigió hacia una pequeña intersección en forma de T a poca distancia: un cruce sin semáforos, apenas alumbrado por una tenue luz.

Varios hombres empujaban a una persona, arrinconándola contra la pared, rodeándola.

Luego comenzaron a golpearla. Aunque estaba a cierta distancia, Tang Heng parecía escuchar los ahogados gemidos de dolor de quien recibía los golpes.

—Mierda. —Jiang Ya también lo notó. Apretó los hombros de la chica—. Vamos a buscar el taxi más adelante.

La chica se acurrucó en sus brazos.

—Vale…

—¡Tang Heng! ¡Deja de mirar! —exclamó Jiang Ya—. Aléjate y llama a la policía.

—No… Esa persona… —dijo Tang Heng mientras comenzaba a correr; de repente, se le fue el cansancio— ¡es Li Yuechi!


[1] Nota de Fefe: “Aldeas urbanas” se traduce literalmente como “aldea dentro de la ciudad” y suele traducirse como guetos, pero no es del todo exacto en términos de estigma social.

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