Capítulo 4: Diez yuanes por maleta

Li Bai sintió cómo Yang Jian lo agarraba de la muñeca y lo sacaba de un tirón de entre los arbustos de acebo, para luego obligarlo a sentarse en el bordillo. Soltó un «ay», y con el trasero aún dolorido, lo vio dejar la mochila en el suelo y sentarse también a su lado, con las piernas cruzadas.

—Ni yo sé qué mosca me ha picado —dijo Li Bai, bajando las pestañas y mirando la mano de Yang Jian apoyada sobre un tallo seco.

Yang Jian respondió con un «ajá» y no volvió a preguntar ni a girar la cabeza. Se quedó mirando en silencio a los grupos de compañeros que pasaban una y otra vez por el sendero, con ese aire de estar en otra parte que, curiosamente, resultaba bastante plácido. Poco a poco, la gente fue escaseando. Alguno que lo conocía alzó la barbilla a modo de saludo.

—¿Qué haces?

—Mi hermano —respondió Yang Jian, sin contestar a la pregunta; le dio unas palmaditas en la espalda a Li Bai y sonrió al chico.

—Hola. —El chico asintió hacia Li Bai y luego se dirigió nuevamente a Yang Jian—: Aprovecha el tiempo que mañana desalojan el dormitorio.

Acto seguido se ajustó la bufanda y, con voz enérgica, dijo:

—¡Me voy!

Yang Jian, como siempre, le hizo un gesto de despedida con su habitual calma.

—Es nuestro delegado de clase —le explicó a Li Bai.

—¿Hoy tienen el último examen? —preguntó Li Bai.

—Sí.

—¿Cómo me encontraste? —volvió a preguntar Li Bai, lanzando de reojo una mirada cautelosa al perfil de Yang Jian.

—Hu Qian me lo dijo.

Había respondido con absoluta naturalidad, y Li Bai casi vio todo negro. ¿Cómo habría descrito ella exactamente lo que acababa de hacer…? Pero, pensándolo bien, daba igual. No hacía falta adornarlo ni exagerarlo lo más mínimo; tal como había sucedido, ya era bastante extraño. ¿Y si no hubiera sido así, entonces qué? Había querido encogerse hasta convertirse en un terrón de tierra bajo el árbol; ¿cómo iba Yang Jian a reparar en él? En cierto modo, hasta tenía que agradecerle a aquella chica que no hubiera ido en vano; de otro modo, habría esperado a que no quedara nadie para escabullirse a escondidas y regresar, también a escondidas, a su casa, donde se colaba el viento.

Ahora, Yang Jian estaba sentado allí, recibiendo el mismo aire frío que él, y ambos, como piezas de exposición, eran observados de soslayo por los transeúntes…

Li Bai sintió que tenía que decir algo.

—Bueno… no he encontrado trabajo, dicen que soy demasiado joven. Hace unos días se hundió una parte del techo del cuarto que alquilo y la nieve empapó todas mis cosas. No encuentro a nadie que lo repare y, estos días, ni siquiera sé qué hacer…

Se interrumpió al darse cuenta de que se estaba quejando. No quería hacerlo, pero ¿por qué había ido a buscar a Yang Jian? Tan solo por un impulso sin motivo que le había surgido mientras caminaba llorando.

—No es nada —añadió—. Cuando estoy sin nada que hacer, me gusta meterme en cualquier sitio, como un avestruz. Es una manía que tengo. Y al final tu compañero de clase me vio, ¿no es ver…?

—¿Te da vergüenza? —lo interrumpió Yang Jian. Por fin había vuelto la cara hacia él.

Li Bai se apartó un poco por instinto.

—¿Qué?

—Estar agachado así al borde de la calle, con la gente pasando prácticamente por delante de tu cara y mirándote con curiosidad, ¿te da vergüenza?

—Sí —admitió Li Bai con toda sinceridad—. Me moría de la vergüenza.

—¿Y te moriste?

—¡Es que el que queda en ridículo eres tú!

—Ah, entonces el que murió fui yo —dijo Yang Jian con toda seriedad.

Li Bai no alcanzaba a seguirle el hilo. Preso de la ansiedad, se puso en pie de un salto; de pie frente a Yang Jian, apretando los puños dentro de las mangas, bajó la cabeza y lo miró a los ojos.

—Ya casi es Año Nuevo, no digas esas cosas. ¡Vámonos!

—No puedo levantarme; hágame el favor de echarme una mano. —Yang Jian extendió la izquierda y movió ligeramente la muñeca, como si ya hubiera asumido por completo su papel de muerto.

Cuando Li Bai le sujetó la muñeca y, por encima del grueso abrigo de plumas, le sostuvo el brazo, esforzándose con todas sus fuerzas por abrazarlo y arrancarlo del suelo, Yang Jian se echó a reír, como si dejar a alguien sin saber qué hacer fuera la cosa más divertida del mundo. Recogió la mochila y echó a andar pegado a la espalda de Li Bai, apoyando incluso la mayor parte de su peso sobre el hombro del otro.

—No te me pongas encima, que no voy a crecer. —Li Bai apuró el paso.

—¿No deberías llevarme cargando? —Yang Jian lo pescó por el cuello y tiró de él para que no escapara—. Estoy muerto, ¿recuerdas?

Li Bai dejó de resistirse y, al final, sí que se apoyó en las rodillas para ponerse medio en cuclillas. Se volvió y lo fulminó con la mirada.

—… Súbete, pero tendrás que admitir que estás vivito y coleando.

Sin embargo, Yang Jian se limitó a colgarle la mochila en el hombro. Por el peso, Li Bai calculó que dentro habría, como mucho, un solo libro.

—Pues ya está. —Yang Jian dejó de tambalearse, se metió las manos en los bolsillos y lo guio rodeando una esquina, hacia un sendero más estrecho—. ¿Y qué si haces algo raro? No pierdes dinero ni la vida. ¿Porque otros no lo han hecho, tú tampoco te atreves? No pensaba que tuvieras la piel tan fina.

Li Bai lo pensó un momento y, por un instante, no encontró cómo rebatirlo. Pero, para su sorpresa, se sintió mucho mejor. Yang Jian tenía razón: él no le daba ninguna importancia al asunto, así que tampoco había nada que temer. Al volver a repasar todo lo que acababa de ocurrir, ya no sentía que le faltara el aire en cuanto empezaba a pensar en ello.

Tras dar vueltas durante más de diez minutos por aquel enorme campus, llegaron a un edificio gris de seis plantas, el dormitorio de Yang Jian. Su cuarto estaba en el tercer piso, el más cercano a la escalera, y la puerta estaba abierta. Dos compañeros recogían sus cosas mientras varias cajas abiertas ocupaban todo el pasillo. Li Bai las sorteó con cuidado, como si pisara estacas, hasta plantarse ante la litera inferior, la más próxima al balcón.

—¿Es tu cama? —preguntó él, mirando aquel edredón convertido en un amasijo de capas y pliegues.

—Sí. —Yang Jian sacó de debajo de la cama una maleta negra enorme y la abrió con un chirrido. Su equipaje era de lo más simple: la mitad del espacio se llenó con ropa; unas pilas de libros que trajo del escritorio ocuparon la otra mitad. Luego miró el gran bulto blanco y deforme sobre la cama y empezó a preocuparse.

—¿Te lo vas a llevar? —preguntó Li Bai.

Yang Jian, al ver que estaba a punto de moquear, le pasó un rollo de papel.

—No quiero tener que hacer dos viajes.

Li Bai se sonó la nariz usando solo un trocito de papel y se lo guardó en el bolsillo, tomó aquel montón de edredón y lo sacudió.

—Cabe —dijo.

Lo dobló dos veces y, con paciencia, empezó a ordenar el revoltijo dentro de la maleta. Cuando alisó sobre unos vaqueros doblados la última tanda de hojas llenas de complejos diagramas de fuerzas, el nivel de lo apilado había bajado varios centímetros: incluso metiendo el grueso edredón, la cremallera cerraría.

—¿Qué tal? —Se llevó una mano a la espalda baja y le guiñó a Yang Jian, satisfecho.

Yang Jian le dio unas palmaditas y se fue al balcón a trastear con algo. Li Bai estaba a punto de seguirlo cuando alguien lo llamó desde atrás: era el compañero de litera de enfrente de Yang Jian. Incluso lo llamó «compañero» y le dijo que ya no podía seguir metiendo sus cosas, antes de preguntarle si podía echarle una mano a ordenarlas.

—Bueno, puedo intentarlo. —Li Bai miró aquel caos, luego la ventana empañada a su espalda; ya había anochecido y la silueta de Yang Jian no se distinguía—. Diez yuanes por maleta.

El chico de pelo rapado y gafas se quedó un instante desconcertado; entre molesto y divertido, negó con la cabeza y le hizo un gesto de rechazo. Li Bai, sin embargo, se limitó a mirarlo con perplejidad un par de veces y se agachó allí mismo, limpió con la manga el polvo de la maleta de Yang Jian y trató de moverla: podía empujarla y arrastrarla, pero levantarla, ni hablar. Entonces hubo movimiento delante: Yang Jian volvía del balcón, con una jaula casi del tamaño de la maleta.

Dentro había un búho: plumas grises con vetas negras, ojos amarillos como monedas, las garras aferradas a la barra. Era más bien pequeño; la cabeza no era mayor que un puño.

—Lo encontré el mes pasado; se había caído sobre la unidad exterior del aire acondicionado —dijo Yang Jian—. El ala aún no ha sanado.

—Es precioso. —Li Bai lo miraba embelesado. Hasta entonces solo había visto ese animal en revistas de divulgación y siempre le había parecido frío, astuto, casi siniestro. No esperaba que en vivo fuese tan redondeado, con la cara casi de gatito.

—Toma, sujétalo. —Yang Jian esbozó una sonrisa y le pasó la jaula; con la izquierda levantó la maleta, pesada como si estuviera llena de piedras, y atravesó el laberinto de bultos del suelo. Según dijo, la casa que alquilaba quedaba cerca de la escuela. Salieron por la puerta suroeste, bordearon Changchunyuan y, tras unos veinte minutos a pie, llegaron a las afueras de un viejo conjunto residencial.

El búho no dejaba de agitarse y la jaula se mecía con el viento. Li Bai terminó por sostenerla desde abajo y acunarla contra el pecho, pero apenas podía ver el camino. Yang Jian le puso una mano para frenarlo y evitar que tropezara con los escalones de la entrada.

Compraron algo de comer en una tiendecita junto al aparcamiento de bicicletas. Li Bai se abrió paso entre estantes abarrotados y eligió un pollo amarillo congelado, un paquete de setas shiitake secas, las dos últimas papas y un pimiento verde. La vez anterior había gorroneado una comida en el comedor de la universidad; esta vez pensaba invitar él. Yang Jian tomó una botella de cerveza Yanjing y una Pepsi.

Pagaron treinta y dos yuanes con nueve mao. Li Bai estaba sacando monedas de su cartera cuando vio que Yang Jian retiraba una de las tres de diez que él había dejado sobre el mostrador y la cambiaba por una suya.

—¿Eh? —Li Bai le entregó nueve monedas al dueño.

—Diez yuanes por maleta —dijo Yang Jian, y se fue con la carne y las verduras en la mano.

La casa de los Yang estaba en el último piso, por lo que había que subir nueve plantas a pie. Con tantas cosas, tuvieron que hacer dos viajes. En la puerta no había pareados de Año Nuevo ni el carácter «fu» pegado. El piso era sencillo, con dos dormitorios y una sala, y a primera vista no parecía muy amplio. Lo más vistoso eran las baldosas del salón: fragmentos en verde azulado, rojo y blanco que, más que para una casa, parecían hechos para un parque; bajo el sol, sin duda, parecerían un río de arenas movedizas, irisado.

Yang Jian estaba de pie sobre ese «río», con una fina capa de sudor en la frente. Se volvió hacia Li Bai y le dijo:

—Bienvenido.

Li Bai había supuesto que Yang Yuqiu estaría en casa; ya tenía en la boca un «hola, jiejie», pero no se la encontró. Ni siquiera había un par de pantuflas en la entrada. No parecía un lugar habitado con frecuencia. Sin embargo, los objetos dentro estaban dispuestos con ese aire de vida cotidiana, es decir, todo bastante desordenado. Li Bai empezó a calcular si, ordenándolo todo, podría a cambio quedarse allí unos días. Mientras Yang Jian acomodaba al búho y se iba a su habitación a arreglar sus cosas, él no quiso quedarse mirándolo sin más y dio una vuelta por la casa. En el salón había una mesa de comedor que, arrimada al televisor, hacía el espacio más estrecho; a un lado, una puerta entornada. Li Bai dedujo que ese debía de haber sido el comedor original.

Percibió además un olor extraño, como de algo que se quema, que salía por la rendija de esa puerta. Armándose de valor, la empujó. Pero se quedó clavado en el umbral, incapaz de dar un paso más: la habitación estaba en penumbra, con cortinas hasta el suelo y sin lámpara en el techo; solo dos grandes velas rojas encendidas. Detrás, un altar, frutas y licor blanco como ofrenda, y un cojín de rezo en el suelo. El nicho era tan oscuro que no se distinguía la figura que albergaba.

En las paredes había también algunas pinturas. A la luz vacilante de las velas, Li Bai se sintió un poco inquieto al distinguir vagamente que en ellas aparecían dioses, monstruos y cosas por el estilo. Aparte de eso, no había nada más en la habitación.

—Lo montó mi hermana —dijo Yang Jian, que apareció de pronto a su espalda. Tiró de Li Bai hacia atrás y cerró la puerta—. No le hagas caso.

—¿Es Guanyin? ¿El dios de la riqueza? —Li Bai sintió un escalofrío.

Yang Jian no respondió. Se dejó caer en el sofá, encendió la televisión y empezó a cambiar de canal sin parar. Li Bai no se atrevió a insistir y se metió en la cocina a trastear. Aquello no pasó de ser un pequeño episodio; de manera natural, acabaron cenando juntos. Era la primera vez que Li Bai usaba una olla a presión: puso a remojo las setas y guisó el pollo. Luego Yang Jian le enseñó a levantar la válvula con los palillos para liberar el vapor. Al destapar y ver aquel caldo dorado, hecho en menos de media hora, le hizo apuntar en secreto «comprar una olla a presión» en la lista de cosas que pensaba cumplir cuando encontrara trabajo.

También salteó tiras de papa con pimiento verde y frió huevos. Cuando iba a servir el arroz, Yang Jian apareció de pronto, limpió la olla en el fregadero y la puso al fuego, diciendo que iba a lucirse un poco.

Li Bai dijo que quería mirar de cerca, pero Yang Jian lo echó de la cocina. Al quedarse junto a la mesa, no pudo evitar sentir la tentación de picar algo: al final tomó un bocado de arroz y se lo tragó, y, con cierta culpabilidad, volvió a sentarse en el sofá, justo en la hondonada que Yang Jian había dejado. Se quedó un rato mirando el informe sobre políticas macroeconómicas que emitía el Canal 2 de la Televisión Central.

No entendía casi nada. ¿Qué hacía alguien de física viendo eso? ¿De verdad lo entendía? Con esos pensamientos dispersos, los párpados empezaron a pesarle; aquello de impuestos y demás flotaba en sus oídos, y casi se quedó dormido.

Yang Jian reapareció de pronto con un cuenco de porcelana blanca, espantándole de golpe el sueño. Un olor intenso y picante le llegó a la nariz. Li Bai se acercó con entusiasmo a mirar… y encontró un líquido marrón, aún burbujeante.

Refresco de cola con jengibre.

—Estás resfriado, ¿no? Tienes la voz ronca, como si te hubieran raspado la garganta —dijo Yang Jian, sacando además una caja de cápsulas del mueble del televisor—. Llévate esto a casa y tómalo antes de dormir; mañana ya deberías estar mejor.

«¿Llevármelo a casa? O sea, que no puedo quedarme a dormir…». Li Bai se desanimó un poco.

«Pero se dio cuenta de que estoy enfermo», pensó enseguida, y de pronto volvió a sentirse de lo más contento.

—En realidad tengo fiebre —dijo, inclinándose a oler el brebaje y levantando luego la cabeza para mirarlo con expresión lastimera.

—¿Ah, sí? —Yang Jian le tocó la frente—. Entonces no tendrás mucho apetito, ¿verdad? Mejor come un poco de gachas.

Li Bai se irguió al instante.

—¡Sí tengo! ¡Con gachas no me lleno!

Yang Jian sonrió.

—También hay antipiréticos. Come primero.

Li Bai se tranquilizó. Para demostrar que no era un desagradecido, colaboró de buena gana y se bebió primero casi la mitad de aquella cola de jengibre. Picaba tanto que no dejaba de resoplar, mientras el calor le abrasaba desde la garganta hasta el estómago. Solo entonces dejó el cuenco de porcelana, se limpió la boca y miró a Yang Jian con aire de quien espera un elogio.

Yang Jian tampoco se apresuró a sentarse ni a tomar los palillos. De pronto, le sujetó el hombro derecho y le acercó la mano izquierda hasta su párpado.

—No te muevas —dijo en voz baja.

Se inclinó, acercando tanto la cabeza que sus frentes casi se tocaban. El picor del jengibre se escapaba con la respiración de Li Bai y se dispersaba entre los dos. Unos cinco segundos después, Yang Jian lo soltó y, con el índice y el pulgar de la izquierda pellizcando algo diminuto, agitó la mano delante de sus ojos.

—Se te cayó una pestaña; estaba a punto de meterse en tu ojo —dijo.

Li Bai lo miró atónito. Sus labios, enrojecidos por el calor, aún no recuperaban su color, y sus mejillas también estaban encendidas. El ardor del jengibre seguía elevándose en su interior.

—¿Quieres que te la devuelva?

Yang Jian tomó su mano derecha, la abrió y dejó sobre la palma sudorosa aquella pequeña pestaña curvada.

Li Bai bajó la mirada. Era diminuta, desde luego, y no precisamente de las más largas; Yang Jian tenía muy buen ojo. En ese momento sonó la cerradura y la puerta se abrió. Unos tacones resonaron dos veces sobre aquel «río» de baldosas verdes, rojas y blancas.

—¿Tienes visita?

Yang Yuqiu dejó caer su bolso de cadena sobre el sofá y se acercó a ellos con una sonrisa.

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