Al ver que los dos seguían inmóviles, Yang Yuqiu volvió a sonreír y les dijo:
—¡Siéntense primero!
Acto seguido, colgó el abrigo en el respaldo de una silla del comedor y se dirigió a la habitación que permanecía cerrada. Entornó la puerta, dejándola abierta apenas lo suficiente para que quedara una rendija de poco más de medio cuerpo de ancho.
Desde donde estaba Li Bai, podía verse cómo la luz rojiza y vacilante de las velas se proyectaba sobre la pared y oscilaba débilmente; también se distinguía una sombra difusa que se movía. Por sus movimientos, parecía que Yang Yuqiu estaba atendiendo el altar.
Yang Jian, por su parte, daba la impresión de estar totalmente acostumbrado. Se sentó en silencio en el lugar más cercano, destapó una botella de cerveza con los dientes y bebió un par de tragos directamente del gollete. La silla en la que Yang Yuqiu había dejado el abrigo quedó para Li Bai. Desde detrás le llegaban ráfagas de un aroma floral, seguramente de perfume. Por eso, ni siquiera se atrevió a apoyarse en el respaldo y permaneció cuidadosamente erguido, manteniendo cierta distancia.
—He preparado bastante comida. ¿Quieres que le lleve a tu hermana un cuenco y unos palillos? —le preguntó a Yang Jian.
—Por la noche está a dieta para adelgazar —respondió él mientras se servía sopa.
—Ah. —Li Bai asintió, tomó su cuenco y, sin poder evitarlo, volvió la cabeza para mirar. Justo entonces vio a Yang Yuqiu salir de la habitación, cerrar de nuevo aquella misteriosa puerta de madera y acercarse a la mesa.
Ella se quedó de pie a su lado, apoyando una mano en el remate del respaldo de su silla. Aquel perfume se intensificó de inmediato, mezclado con un tenue olor a incienso. En sus ojos de flor de melocotón brillaba una franca sorpresa.
—¿Has cocinado tú? Es la primera vez que Yang Jian trae a un compañero de la universidad. Creo que todavía queda fruta en el refrigerador; voy a lavarla. No se corten, coman a gusto.
Al ver que el de enfrente no tenía intención de echarle una mano con las presentaciones –y que, al parecer, tampoco le había mencionado su aparición a Yang Yuqiu en los últimos tiempos–, Li Bai no tuvo más remedio que presentarse él mismo:
—Esto… jiejie, no soy su compañero de clase. —Volvió a dejar el cuenco en la mesa y alzó la mirada hacia los ojos sonrientes y curvados de ella—. Soy Li Bai, el del pueblo de aquel entonces. ¿Te acuerdas de mí?
Yang Yuqiu parpadeó, haciendo destellar su sombra de ojos de un intenso tono anaranjado. La sonrisa aún no se había disipado de las comisuras de sus labios cuando cayó en la cuenta.
—¡Xiao Bai! —lo llamó con cercanía mientras le acariciaba la coronilla—. Claro que me acuerdo, ¡cómo no me iba a acordar! Si los dos estábamos planeando volver algún día a buscarte. ¡Cuántos años sin vernos! ¡Mira cuánto has crecido!
Respecto a esa primera afirmación, Li Bai no pudo evitar mostrarse escéptico.
Aun así, le devolvió la sonrisa y se levantó dócilmente para que ella comparara su estatura con la suya.
—Fui a la Universidad de Pekín a buscar a mi hermano… y de verdad lo encontré. Hace un par de años yo…
Le contó de manera resumida lo ocurrido en los últimos años. Yang Yuqiu mostró un interés considerable; Yang Jian no intervino, pero fue a su dormitorio y trajo la silla del escritorio para que ella se sentara. Tal como había dicho, Yang Yuqiu no tocó la comida, sino que lavó una cajita de pequeños tomates cherry ya algo marchitos y se comió apenas tres o cuatro.
Como si algo la hubiera conmovido profundamente, con los ojos enrojecidos en las comisuras le preguntó a Li Bai:
—El trabajo puede esperar por ahora… ¿dónde estás viviendo últimamente? ¿Tienes adónde ir?
Li Bai tragó las papa en tiras que tenía en la boca y respondió:
—Por Shijingshan. El alquiler es de cien al mes.
—Entonces no está tan mal. —Yang Yuqiu suspiró aliviada—. Justo ahora Yang Jian también está de vacaciones; mañana llévanos para que lo conozcamos.
—No hay nada que conocer, es solo un cuartito donde vivo solo —Li Bai dejó escapar una risa seca—. Al lado está la fábrica de Shougang, eso siempre está echando humo y es un lugar muy oscuro, además, el transporte no es muy accesible.
—Pues vamos en taxi, invita tu jiejie. —Yang Yuqiu sacó un cigarrillo fino de una cajetilla rojo vivo. Le preguntó a Li Bai con la mirada y, al ver que él hacía una seña de que no le importaba, encendió uno y empezó a fumar despacio, triturando entre los dedos la cabeza quemada del fósforo—. Ya casi llegan las fiestas. Me imagino que los trabajillos que tenías ya se habrán acabado, ¿no? —le preguntó a Yang Jian.
—A mí me da igual —respondió él—. Pero hermana, si él se siente incómodo y tú insistes en ir, ¿no estás siendo un poco mandona?
Yang Yuqiu le pisó la pantufla por debajo de la mesa.
—Vaya, más de un mes sin verte y te pones a contestarme nada más llegar.
—Digo la verdad. —Yang Jian se encogió de hombros.
Yang Yuqiu no insistió más. Removió la sopa de pollo con el cucharón y les buscó los trozos de carne del fondo. Tras un momento de silencio, volvió a hablar:
—Por la zona de Shijingshan no se gana casi nada en peluquería. Como tú dices, alrededor no hay más que fábricas o suburbios, el transporte es malo y la gente tampoco es exigente. Los obreros y demás gente se compran una maquinilla y listo, ¿quién va a ir a la peluquería a hacerse peinados o teñirse? Aunque encuentres trabajo, no vas a ganar mucho. Yo digo que mejor te mudes a vivir por aquí: hay muchos oficinistas y estudiantes, el ambiente es sin duda más cómodo que allá, y para lo poquito que abultas, tampoco es que en casa falte sitio.
Li Bai casi creyó haber oído mal. ¿Lo estaba invitando a vivir con ellos? ¿Dormir en el sofá, quizá? Si se lo permitían, estaría dispuesto incluso a pagar alquiler y encargarse de la limpieza. Miró de reojo a Yang Jian, pero este siguió bebiendo sin cambios; en su rostro no se podía leer ninguna postura.
Tras pensarlo con detenimiento, cuando su cuenco quedó vacío, Li Bai recogió los últimos granos de arroz, dejó los palillos y, girándose un poco, se sentó erguido frente a Yang Yuqiu.
—Creo que mejor no, jiejie. Sé que lo haces por mi bien, pero quiero intentar valérmelas por mí mismo, ver hasta dónde puedo llegar sin depender de nadie —dijo, frotándose luego la mejilla con una sonrisa limpia—. Además, alquilé barato por medio año, así que si rescindo el contrato, tengo que pagar penalización.
—Ay, es que desde pequeño nadie te ha mimado y te has criado demasiado independiente —suspiró Yang Yuqiu, con los ojos entornados en una sonrisa afectuosa—. Está bien entonces. Pero el Año Nuevo lo pasaremos juntos, ¿no? Quédate aquí unos días más. Cada año, cuando Yang Jian pasa mucho tiempo en casa por las vacaciones, se pasa el día discutiendo conmigo. Cuanto más crece, más rebelde se vuelve. Esta vez, ahora que está su didi aquí, a ver si se atreve a seguir metiéndose conmigo.
—Los ojos del pueblo ven claro como la nieve —dijo Yang Jian, apoyando la barbilla en la mano con una leve sonrisa—. Ya veremos quién es el que necesita apoyo cuando llegue el momento.
Dijo aquello con una seguridad aplastante, y, en efecto, tenía bastante sentido: al menos a ojos de Li Bai, el auténtico oprimido era quien, tras la comida, terminaba encargado de lavar todas las ollas y vajilla, además de limpiar la mesa y fregar la cocina. Mientras Yang Jian tarareaba y trabajaba con diligencia, Li Bai fue arrastrado otra vez por Yang Yuqiu hasta el sofá para ponerse al día. Poco a poco, la conversación derivó hacia el antiguo pueblo y hacia el padre que había quedado allí.
—No lo sé —dijo Li Bai con sencillez—. No he vuelto.
—Nosotros tampoco. —Yang Yuqiu miraba la pantalla del televisor, donde Lin Xinru lloraba de forma tan hermosa que conmovía, y parecía absorta en sus pensamientos. Hacía rato que había cambiado las noticias de economía de Yang Jian por Romance bajo la lluvia. Sobre su jersey de cuello alto gris plateado, adornado con pedrería, se había encasquetado un pijama de felpa con un estampado rojo y morado de lo más chillón. Mientras se frotaba los labios con un par de toallitas desmaquillantes, añadió—: También perdimos todo contacto, ni una sola noticia. Ya han pasado diez años de eso, ¿no?
Li Bai bajó la mirada hacia sus rodillas y bebió a sorbos el refresco de jengibre ya frío, sin decir nada. Si Yang Yuqiu proponía aprovechar el Año Nuevo para volver juntos a aquel lugar, él sin duda se negaría. Cuando ella se marchó, apenas tenía diez años, y Yang Jian aún no había cumplido los diez. Después de aquello, Li Bai se quedó completamente solo, sin nadie con quien compartir el peso de todo aquello ni desviar la atención. A veces, incluso albergaba pensamientos amargos. Todo estaba mal, era injusto… ¿por qué el único que se había quedado era él? No fue hasta finales del verano de sus doce años que por fin encontró la oportunidad de marcharse por su cuenta.
Hasta la fecha, seguía convencido de que el sufrimiento que había soportado en aquella tierra era más denso y más profundo que el de esos dos hermanos. No volvería jamás, ni siquiera para echar una sola mirada.
Sin embargo, Yang Yuqiu no insistió en el pasado. Le dio unas palmaditas en el dorso de la mano, con un resto de rojo aún mal desmaquillado difuminándose alrededor de los labios, y pasó a hablar con él de los peinados femeninos que estaban de moda en Nankín.
Cuando Yang Jian terminó de fregar y salió al salón, secándose el dorso de las manos en los vaqueros, frunció el ceño al ver a Gu Juji en la televisión. Li Bai se levantó entonces, recogió su abrigo acolchado de una esquina del sofá y dijo:
—Yo me voy ya, que luego no habrá transporte.
—Recoge tus cosas y vente mañana sin falta. —Yang Yuqiu le metió unas pastillas para la fiebre—. Acompaña a tu jiejie a comprar las cosas para el Año Nuevo. Esta vez habrá que comprar más carne para alimentar a dos muchachos grandes.
—Sí, sí —respondió Li Bai, asintiendo mientras lanzaba una mirada furtiva hacia Yang Jian, pero él ya había vuelto a su habitación. Medio minuto después salió de nuevo, esta vez con un largo plumífero negro y una mochila de color rojo oscuro al hombro, la misma con la que había ido al examen aquella tarde, aunque ahora estaba completamente llena.
—Te acompaño —dijo, calzándose unas botas cortas y alargando el brazo por delante de Li Bai para tomar las llaves que colgaban junto al espejo redondo de la entrada.
Bajaron en silencio los nueve pisos.
—¿Por qué no aceptaste? —Yang Jian apartó una bicicleta que bloqueaba la puerta del edificio—. Mi hermana quería que vivieras con nosotros.
—Me dio la impresión de que a ti no te hacía mucha gracia —respondió Li Bai con sinceridad.
Yang Jian sonrió levemente, sin negarlo.
—Yo mismo siento que no estaría muy agusto viviendo allí —dijo Li Bai, apretando la caja de medicinas en el bolsillo—. Tú casi siempre te quedas en la residencia, así que si me quedo a solas con tu hermana, sería incómodo. Y si te vienes tú a vivir a la casa, como acabemos discutiendo y te hartes de mí, luego ni me harás caso… y yo, sin parientes ni amigos en Pekín, salgo perdiendo.
Tras decir esto, no supo qué pensaba Yang Jian, ni si aceptaba su razonamiento o admitiría que acabaría por hartarse de él. Solo vio cómo el otro hurgaba un rato en el cobertizo de las bicicletas, haciendo tintinear el llavero. Al cabo de un minuto, aprovechando la tenue luz que escapaba de una vivienda de la planta baja a unos metros de allí, quitó el candado a una bicicleta de barra alta, le sacudió el polvo sin mucho cuidado, se montó en el sillín y, volviéndose, le hizo una seña a Li Bai:
—¡Venga, sube!
—¿Vamos a la parada? —preguntó Li Bai, echando a andar.
Pero Yang Jian ya había apoyado el pie en el pedal y se había puesto a pedalear. Como iba demasiado despacio, avanzaba tambaleándose sobre la nieve medio helada; aun así, se las arregló para soltar la mano derecha y chasquear los dedos, como si agitara una campanilla solo para que Li Bai lo oyera. Y Li Bai, tal cual un cachorro, salió corriendo tras él a trompicones, gritándole que fuera más despacio por miedo a que cualquiera de los dos se resbalara.
Cuando por fin lo alcanzó, ya estaban frente a los escalones de la entrada del complejo residencial. Li Bai se aferró al aro de hierro del portaequipajes trasero y, de un salto, se subió a la bicicleta, y tensando la puntas de los pies, consiguió acomodarse. Con la nariz congestionada, rodeó la cintura de Yang Jian y empezó a jadear.
Yang Jian, en cambio, no redujo la velocidad. Las ruedas golpearon los escalones y, a fuerza de brincos, bajaron hasta el suelo.
Fueron siete sacudidas en total. Li Bai sentía que el trasero se le había partido en siete, o que aquella vieja bicicleta iba a desarmarse en cualquier momento. Pero, para su sorpresa, descubrió que no podía dejar de reír.
—¡Ge, Yang Jian, ge! —gritó, aspirando aire frío por la nariz—. ¡Estás loco!
—¿A que es divertido? —Yang Jian aceleró aún más.
Atravesaron callejones estrechos entre edificios, pasaron por detrás de un hospital y por una calle de comida abandonada, cruzaron un par de arcos de luna y desembocaron en una avenida recta. La gente estaba refugiada del frío en sus casas; todas las calles parecían pertenecerles solo a ellos dos.
Al llegar a la parada de autobús, a Li Bai le dolían las comisuras de tanto sonreír, y el aire helado le había dejado la nariz insensible, pero estaba feliz. Incluso el mareo y la pesadez de la fiebre habían desaparecido. Saltó del asiento trasero, puso las manos a la espalda y, en broma, se inclinó ante Yang Jian.
—Muchas gracias por el servicio. Adiós.
Yang Jian se limitó a asegurar la bicicleta. Abriendo a la fuerza el candado de cable, que se había quedado rígido por el frío, encadenó la bici al poste más externo de la parada.
—¿Qué adiós ni qué nada? —dijo, sacudiéndose luego el óxido de las yemas de los dedos.
—¿No vas a regresar a tu casa? —Li Bai se sorprendió muchísimo—. ¿Tú también vas a esperar el autobús? ¿Vas a mi casa?
—Pues claro. —Yang Jian apartó de una patada un trozo de nieve.
—¿A qué? —Li Bai ladeó la cabeza, completamente desconcertado.
—Ahora que vives en un «chalet a la intemperie» donde puedes mirar las estrellas desde la cama —dijo Yang Jian, mirándolo—, voy a echar un vistazo. No vaya a ser que caiga una buena nevada esta noche y mañana amanezcas enterrado.
Li Bai aún no acababa de entender qué pretendía exactamente: si pensaba ayudarle a quitar la nieve o a arreglar algo. Un trabajo así costaría ochocientos yuanes si viniera un equipo de mantenimiento; ¿de verdad podría hacerlo él? Pero, fuera como fuese, aunque Yang Jian solo fuera a mirar y pasara con él una noche helada, Li Bai ya se sentía contento.
Se apretujaron juntos en un autobús abarrotado de gente que volvía tarde del trabajo y consiguieron encontrar dos asientos contiguos. A medida que el autobús se vaciaba y quedaban apenas unos pocos pasajeros, Li Bai se apoyó en el hombro de Yang Jian y dormitó un rato. Después empezó a juguetear con el cuello de su chaqueta de plumas, ribeteado de suave pelaje. Lo enrollaba alrededor del dedo y luego lo soltaba, haciéndose cosquillas. Antes solo se atrevía a tocar algo así a escondidas en los centros comerciales, cuando nadie miraba. Ahora podía hacerlo sin reparo y le gustaba mucho aquella sensación.
Sin embargo, tanto si se quedaba dormido como si no paraba de moverse, Yang Jian seguía mirando por la ventana. Li Bai no conseguía adivinar en qué pensaba. Solo veía el leve rizo de las puntas de sus pestañas y, cuando la luz era propicia, el reflejo en el cristal le devolvía la imagen de sus labios finos, el lunar sobre la mejilla izquierda y unos ojos serenos.
Cerca de las once y media, bajaron del autobús. Caminaron un trecho por la avenida Badachu hasta llegar a la vivienda de Li Bai.
El cuarto estaba al final de una hilera de casitas bajas. El carácter de «demolición» pintado en la pared llevaba allí años. Ahora que habían llegado, Li Bai no pudo evitar sentirse avergonzado por lo precario del lugar, pero lo único que pudo hacer fue avivar al máximo el brasero y luego ir hasta el cuarto de agua común, al otro extremo, para traer agua caliente para asearse.
Yang Jian, en cambio, no mostró ningún desdén. Se quedó un buen rato mirando el gran agujero en el techo e incluso elogió lo ordenado que tenía el lugar. Aquella noche durmieron sin desvestirse, apretados en la cama individual arrimada a la pared: Li Bai hacia dentro, Yang Jian hacia fuera. El viento frío silbaba sin cesar, como si soplara junto a sus oídos. Incluso cuando Li Bai ya estaba tan somnoliento que no podía abrir los ojos, Yang Jian seguía sin apagar la luz ni acostarse. Se quedó sentado, con un lápiz mordisqueado y un cuaderno en brazos, contemplando en silencio el hueco del techo, trazando de vez en cuando algunas líneas, como si ya hubiera entablado con aquella negrura una especie de diálogo íntimo.
A la mañana siguiente, el despertador de Li Bai no sonó y no se despertó hasta pasadas las nueve. Cuando se levantó, tenía el cuerpo entumecido y dolorido de haber dormido encogido, pues no se había atrevido a moverse. Yang Jian ya se había marchado. Solo había dejado el cuaderno sobre su lado de la almohada.
Siempre escribía con pluma, pero ahora los trazos frescos de lápiz de la noche anterior llenaban dos páginas, acompañados de varios bocetos. Además, había una frase escrita con letras grandes y llenas de vida, rodeada por un círculo:
«Hazme el almuerzo».
