Capítulo 68. Irse

—¿Shengsheng? ¿Shengsheng?

La señora Cheng, con una mano sosteniendo la ropa nueva que había traído y con la otra dando unas palmaditas en el hombro de Cheng Sheng, le recordó en voz baja:

—Cámbiate rápido; cuando Xiao Zhang termine los trámites, podremos salir del hospital enseguida.

Cheng Sheng volvió en sí con un «ah» y tomó la ropa. Luego, alzó la vista para preguntar:

—¿Por qué está tardando tanto?

—La médica lo retuvo para hablar en privado. Dijo que después iría directamente a hacer los trámites de tu alta, por eso la demora.

Su madre cerró la maleta abierta en el suelo; al recordar algo, sonrió y negó con la cabeza.

—Por eso le di tu identificación y tu tarjeta del seguro médico, y vine sola a apurarte para que recojas tus cosas.

Cheng Sheng, con los brazos llenos de ropa nueva y a punto de ir al baño, al oír esto soltó un grito y, abriendo mucho los ojos, volvió la cabeza.

—¿Le diste mi identificación? ¡En mi foto salgo horrible!

—¡No es cierto! En esa foto estabas lleno de vida, te veías muy saludable. —Su madre, al ver que se había detenido, agitó la mano hacia el baño, apurándolo—: Date prisa, ¿no decías que este hospital te asfixiaba? ¿Ahora te da nostalgia?

Al oír esto, Cheng Sheng se lanzó hacia el baño y cerró la puerta con cuidado, aislando el sonido de las cosas que su madre seguía acomodando afuera.

No se cambió de inmediato; se sentó en el inodoro, la cabeza baja, contando los días que faltaban para el festival de música de abril.

Era principios de marzo. La primavera había llegado. Un día, al bajar a pasear con la enfermera y Zhang Chen, descubrió de pronto que en el patio inferior el césped seco había reverdecido de la noche a la mañana.

Soltó un asombrado «¡guau!», lamentando en su interior lo torpe que había sido antes, incapaz de notar el inicio de la primavera.

Como si se hubiera convertido en niño de la noche a la mañana, se agachó en cuclillas a mirar aquellas flores y hierbas recién brotadas, tirando del brazo de Zhang Chen para señalárselas una por una:

—¡Se parecen a ti! —dijo, emocionado—. Después de todo un invierno, han vuelto a la vida.

Zhang Chen ladeó la cabeza para mirarlo un momento, sin que se supiera qué estaba pensando, y solo dijo:

—También se parecen bastante a ti.

Cheng Sheng no dejaba de sonreír. Le dio una palmadita casual en el pecho y, con los ojos radiantes, respondió:

—No tanto como tú, la verdad.

Dicho esto, sin importarle que otros pacientes siguieran paseando allí, dio un salto y se montó a la espalda de Zhang Chen; en un par de movimientos recuperó el equilibrio, hundió el rostro en su nuca y, sintiendo su calor y la brisa templada que le rozaba la piel, cerró los ojos con satisfacción y murmuró en voz baja:

—La primavera ha llegado, qué bien se siente.

¿Cuándo fue que llegó la primavera de Cheng Sheng?

Recuerda que aquella noche aún soplaba un viento helado; el aire cortante lo despertó, y la ventana, negra como tinta, parecía devorarlo. Entonces halló por fin su respuesta: todo aquel dolor confuso se fue junto con la cola del invierno, y de inmediato su primavera comenzó a brotar.

Esa noche, al volver a la habitación, Cheng Sheng se quedó dormido enseguida. En sus veintiocho años de vida, desde que tenía memoria, nunca había conciliado el sueño con una paz tan profunda. Los amores y odios, los enojos y los apegos del pasado ya no tenían peso alguno frente a la muerte. Él mismo se había fijado de antemano un final y, en sus últimos días, a su alrededor no quedaban más que calma y belleza. En el tiempo que le restaba, quería sentir únicamente lo hermoso.

A la mañana siguiente, Cheng Sheng despertó muy temprano. Se sentía mil veces mejor que en cualquiera de las duras mañanas anteriores. Tenía un rubor constante en las mejillas, como si una luz cálida lo envolviera. Incluso el dolor físico se había aliviado mucho; ya no se movía con torpeza, ni le dolían las articulaciones. Ya no necesitaba que su madre lo sostuviera: podía levantarse de la cama y asearse solo.

Después de asearse, sentía todo el cuerpo cómodo y ligero. En cuanto salió del baño, vio entrar a Zhang Chen, que venía a relevar a su madre. Mientras se secaba la cara, le preguntó con una sonrisa:

—¿Cómo estuvo la presentación de ayer?

Ese día Zhang Chen aún llevaba consigo una cámara. Tras dejar la caja del desayuno sobre la mesa, agitó la cámara en la mano hacia Cheng Sheng.

—Qin Xiao te la grabó. Sabíamos que querías verla.

Esa cámara le resultaba más que familiar a Cheng Sheng. La había comprado años atrás junto con Qin Xiao, en un centro comercial de tecnología recién inaugurado, solo para grabar por diversión. Aún guardaba una tarjeta de memoria llena de videos que él mismo había filmado en épocas de tristeza. Al verla de nuevo, algo se agitó levemente en su interior, rompiendo por un instante la calma que lo envolvía, pero fue apenas un temblor. Rápidamente tiró de Zhang Chen para que se sentara junto a su cama, fingiendo estar impaciente por ver la función de la noche anterior.

En la grabación solo aparecían Zhang Chen y Lao Liu. Interpretaron dos viejas canciones, ambas en versiones re-arregladas. Zhang Chen lucía muy diferente a como solía verse cuando tocaba. Estaba consciente de la cámara y, de vez en cuando, le sonreía. Ese tipo de sonrisa tan particular, unida a una mirada imposible de ocultar, era difícil que no llevara a malentendidos. El público lanzó entonces algunos gritos extraños, y decenas de ojos sorprendidos se volvieron al mismo tiempo hacia la cámara.

Cheng Sheng, sentado en la cama, se quedó atónito un instante. Rara vez había visto a Zhang Chen sonreír así, y aunque fuera a través de la pantalla, aún sintió un sobresalto en el corazón. Pero pronto notó cómo alguien estrechaba con firmeza la mano que tenía apoyada en el borde de la cama; esa sensación cálida no pudo sino conmoverlo. Entonces comprendió que entre él y Zhang Chen no hacían falta palabras: hacía mucho que debía haber entendido su corazón, hacía mucho que debía dejar de andarse con tantas vacilaciones, y amarlo y responderle con la misma pasión de antes.

Cheng Sheng sonrió con sinceridad junto con Zhang Chen que tocaba en la pantalla, sin pensar ya en ningún asunto trivial, concentrándose únicamente en esa actuación que tanto tiempo llevaba esperando.

Las dos canciones sumaron en total menos de diez minutos. Justo cuando Cheng Sheng creía que ya iba a terminar, en la grabación las luces del escenario cambiaron de golpe, y enseguida vinieron tres piezas inesperadas, añadidas en el momento, entre ellas dos canciones nuevas aún no publicadas. En cuanto las escuchó, el público se encendió de entusiasmo. En la grabación, una chica aprovechó la pausa de la presentación para gritar hacia el escenario:

—¿Cuándo sale el nuevo álbum?

En el escenario, Zhang Chen respondió:

—Más o menos en agosto.

Cheng Sheng sostuvo aquella vieja cámara contra el pecho como si fuera un tesoro, pensando: «Por suerte tuve la oportunidad de escucharlas antes… De lo contrario, agosto habría sido otro arrepentimiento más».

Cuando terminó de ver las cinco canciones, aún no quería soltar la cámara. Sosteniéndola contra sí, volvió a ver todo de principio a fin. No fue hasta que Zhang Chen se sentó a su lado con un termo grande en la mano y empezó a apurarlo que, a regañadientes, dejó la cámara a un lado, tomó el desayuno que él le ofrecía y comenzó a comer lentamente.

El estado de Cheng Sheng mejoraba con cada día. Pasaba mucho menos tiempo encerrado en su propio mundo, y hasta su rincón favorito –la ventana– parecía haber perdido su encanto. Cada vez que tenía un momento libre, se aferraba a su madre o a Zhang Chen para charlar, contándoles historias de los últimos años. Esas experiencias dolorosas las minimizó hasta el extremo, saliéndole de los labios con la misma naturalidad con que se cuentan anécdotas curiosas.

Hasta su médica se sorprendió. En un rato libre llamó a Zhang Chen, el familiar a cargo, para hacerle varias preguntas. Al final concluyó:

—Vamos a observarlo dos días más. Si no surge nada inesperado, podría recibir el alta la próxima semana.

Pero Zhang Chen no se sentía tan aliviado como cabía esperar. Era demasiado perceptivo, y siempre notaba cuando algo no encajaba. Le dijo a la médica:

—Lo noto raro. Es como si, de repente, se hubiera soltado de todo.

Rara vez la médica se mostraba tan preocupada.

—La recuperación de los trastornos psicológicos es en sí muy inestable. Lo de Cheng Sheng es poco frecuente, pero he visto casos similares: pacientes en estado muy grave que, tras ingresar y someterse a una evaluación completa, con medicación combinada con orientación psicológica se recuperaron pronto y han pasado años sin recaídas. Como familia, deben observarlo de cerca en la vida diaria: ver si puede reintegrarse a la sociedad, si pierde el interés por las cosas que antes le gustaban. Ante cualquier señal extraña, tráiganlo a revisión de inmediato.

Ambos estuvieron todo el tiempo observando con el corazón en vilo. Sin embargo, durante la semana siguiente, Cheng Sheng no mostró en absoluto ninguno de los signos que tanto temían; su estado se mantuvo estable todo el tiempo. En los últimos días incluso llamó a Frank a la habitación para hablar en serio de los trámites de adquisición que planeaba realizar tras el alta.

Zhang Chen lo observaba de cerca. Al ver que aquellas manos que antes, al hablar de trabajo, cruzaba con rigidez, ahora descansaban relajadas sobre sus piernas, comprendió que Cheng Sheng ya no se estaba presionando de la misma manera. Bajó la cabeza y sonrió con alivio.

Pocos días después, la médica dio la orden de alta. Justo coincidía con el cumpleaños de la madre de Cheng Sheng. Camino al hospital, pasó por la pastelería a recoger el pastel que había encargado con antelación y lo llevó a la habitación. Antes de entrar, se arregló el gesto y, al cruzar la puerta, saludó sonriente a los dos chicos que estaban dentro. Con movimientos ágiles, abrió la caja, le sirvió una porción a Cheng Sheng, luego otra a Zhang Chen.

Pero cuando fue su turno, no se supo por qué, se le quebró la voz. Sus manos, que con los años se habían ido volviendo ásperas, comenzaron a temblar sin control. A los pocos segundos, se cubrió el rostro con las manos, y detrás de las palmas se oyó un llanto ahogado. Las lágrimas se desbordaban por entre sus dedos. No quería que su hijo ni Zhang Chen la vieran así, y terminó refugiándose en el baño, de donde no salió hasta una hora después, con los párpados hinchados y enrojecidos.

Ya lo había entendido todo. Miró a Cheng Sheng, luego a Zhang Chen, y tomando la mano de su hijo, le preguntó:

—Después del alta no volverás a casa, ¿verdad? ¿Seguirás viviendo con Xiao Zhang?

Cheng Sheng asintió y dijo:

—Voy a ir a verla seguido.

Su madre también asintió, tomó las manos de los dos y las apretó con fuerza contra su pecho, repitiendo una y otra vez:

—Mientras tú estés bien, cualquier cosa está bien…

Cheng Sheng miró sus mejillas, que en apenas mes y medio se habían hundido, y luego volvió la vista hacia Zhang Chen, sentado a un lado. En silencio, pensó: «No puede haber un desenlace mejor que este. No importa si me perdonan o no, este es el camino que voy a tomar».

Había empezado a planear su final. Las últimas noches, repetía en su mente una y otra vez la escena de sí mismo saltando por una ventana. Él era el director de su propia historia: tras un «corte» definitivo, su vida se extinguiría por completo. Fuera de cámara, sus padres caían de rodillas, llorando de dolor; el anciano del barrio negaba con la cabeza, abatido. ¿Y Zhang Chen? ¿Lloraría? Seguro que no. Pero le dolería, y convertiría ese dolor en música, y sellaría para siempre su amor en un envoltorio al vacío.

Frente a aquella ventana, Cheng Sheng lo admitió todo: era, sin lugar a dudas, una mala persona. Desde el instante en que sus emociones más humanas –el amor, el odio, el deseo– brotaron sin control desde lo más hondo de su cuerpo, su final ya estaba decidido. Acostado al borde de la cama, observaba a Zhang Chen dormido, y en ese momento comprendió con total claridad que no solo quería ser el fuego que lo consumiera, sino también la espada que lo atravesara. Quería clavarle una estocada en su punto más blando, con todas sus fuerzas, hasta que Zhang Chen perdiera para siempre la capacidad de amar a alguien más.

Ese era el amor egoísta de Cheng Sheng, el yo verdadero que intentó transformar con todo su empeño, pero del que jamás logró liberarse. Y él lo aceptaba con calma y sinceridad.

Quería aniquilar por completo ese yo culpable y convertirse en un fragmento de voz ligera dentro de las canciones de Zhang Chen, para ocultarse junto a esas emociones desconocidas por los demás en una música absolutamente pura.

Por fin llegó el día del alta. Cheng Sheng, tal como deseaba, se quitó con alivio el pijama de hospital que casi se le había pegado al cuerpo y se puso, con cierta incomodidad, la ropa nueva que le había traído su madre. Sentado en el inodoro, se puso a contar una y otra vez los días que le quedaban –menos de dos meses– hasta que descubrió, sorprendido, que eran exactamente los mismos que había pasado en Yuncheng diez años atrás. 

Cheng Sheng lo asumió por completo. No le quedaban arrepentimientos, solo deseaba, con su yo más puro, volver a experimentar todas las emociones una vez más. Y así, plenamente satisfecho, tecleó en su teléfono el plan para los días que le quedaba: 

1. Ir cada fin de semana a casa de mis padres y de mis tíos, cocinar para ellos y charlar un rato. 

2. Sacarme otra foto con Qin Xiao y Chang Xin y colgarla en el bar de Lao Qin. 

3. Buscarle novio a Haiyan. 

4. Perforarme de nuevo la oreja derecha, donde antes tenía el arete. 

5. Vestirme de manera llamativa. 

6. Volver a aprender a tocar la batería y que el gran productor Zhang me enseñe en persona y toque conmigo. 

7. Decirle cada día a Zhang Chen «te amo», hasta el último día.

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