Finales de agosto de 2018, Guizhou.
Las lluvias torrenciales se prolongaban día tras día.
Yang Jian se despertó de golpe y descubrió que el autobús empezaba a desacelerar. A un lado de la carretera, una estación de servicio de autopista sin nombre brillaba con una frialdad distante; la luz, azotada por la lluvia, se volvía borrosa, mientras a su alrededor persistía un mar de ronquidos.
Aún no eran las dos de la madrugada.
Había dormido más de cuatro horas, lo suficiente para que manos y pies se le quedaran helados. Todavía no era temporada de encender la calefacción, pero la lluvia otoñal de la montaña ya calaba hasta los huesos. Yang Jian apoyó la frente en la ventanilla y exhaló sobre el vidrio; por el rabillo del ojo vio cómo aquella mancha blanca se contraía hasta volverse un punto, borrada por los reflejos de las vetas de agua. Intentó luego, en la negrura de la esquina del cristal, encontrar algún contorno de montañas lejanas; se frotó los párpados, pero no logró distinguir nada.
—¡Diez minutos! ¡Después ya no paramos, eh! —gritó el conductor mientras encendía la luz y dejaba el interior del autobús bañado en una claridad cruda.
Desde el fondo, Yang Jian oía cómo el conductor chasqueaba la lengua entre calada y calada. Al bajar este de golpe la ventanilla, la lluvia ahogó aquellos chasquidos, pero el olor a gente que impregnaba todo el autobús no se disipó lo más mínimo.
Solo bajaron unas pocas personas. La pareja sentada junto a él parecía tener menos de veinte años y hablaba en voz baja sobre algo. Yang Jian alcanzó a entender más o menos de qué se trataba: habían decidido turnarse para bajar a hacer sus necesidades. La mujer se levantó, mientras el hombre se quedaba sentado, protegiendo con los talones la caja de regalos que estaba debajo del asiento.
Yang Jian entornó los ojos un momento. El teléfono no dejaba de vibrar en su bolsillo; terminó por hartarlo y lo sacó para ver qué ocurría. Eran mensajes del grupo de trabajo que llegaban sin parar. A esas horas, sus compañeros, a miles de kilómetros de distancia, acababan de terminar de corregir los exámenes diagnósticos del inicio de curso. Apenas habían despedido a la promoción anterior y ya comenzaban a preocuparse por los nuevos alumnos de último año de preparatoria. Conseguir tres días de permiso ya había sido bastante. Yang Jian escribió por compromiso: «Gracias por el esfuerzo. Volveré cuanto antes para unirme a la batalla». Después copió en sus notas la lista de estudiantes que requerían especial atención, elaborada por el coordinador del equipo docente, desactivó las notificaciones del grupo y abrió el mapa digital.
Ya habían llegado a Yuping; faltaban aún más de cien kilómetros hasta el destino: la estación de autobuses de Tongren. Esas cinco palabras, junto con el punto de ubicación, cubrían todo el distrito. La señal era mala; cuando intentó ampliar el mapa, la imagen se quedó congelada.
«La calzada está resbaladiza debido a las lluvias; los desastres geológicos son frecuentes. Por favor, conduzca con precaución». Esa línea de aviso también se había quedado congelada en la parte inferior del mapa.
La mujer del asiento contiguo regresó envuelta en humedad y frío. Tiró del chico con insistencia, sacó un paraguas y se lo metió en las manos. Él soltó un «ah» y esbozó una sonrisa algo avergonzada, con un deje de impaciencia. Ella volvió a reprenderlo, aunque incluso en su tono de reproche se percibía una sonrisa. Los dos sujetaban cada uno un extremo del paraguas plegable y, sin saber cómo, sus manos acabaron encontrándose.
Yang Jian los observaba a través del cristal. No distinguía bien la escena, y tampoco quería verla con claridad; simplemente, mientras tuviera los ojos abiertos, necesitaba fijarlos en algo. Por los ruidos dedujo que el chico finalmente había bajado del autobús después de mucho remolonear. De pronto sintió que ya estaba completamente despierto. Lo pensó un instante, sacó los auriculares del bolsillo del abrigo y, sin molestarse siquiera en desenredarlos, se puso solo el derecho, dejando colgar el cable hecho un ovillo, y levantó el teléfono frente a él.
Marcó un número.
El conductor escupió una flema con estrépito, cerró la ventanilla y el ruido de la lluvia cesó de golpe. El tono de espera estaba a punto de sonar en el auricular cuando, por fin, alguien respondió al otro lado.
—Doctor Chen, perdone que lo moleste. Mi teléfono está a punto de quedarse sin batería y me preocupa que, si pasa algo, luego no podamos comunicarnos —dijo Yang Jian en voz muy baja—. Ah, está usted de guardia. Sí, soy familiar del paciente.
El conductor tocó el claxon.
—No, no soy su profesor, soy su hermano —dijo Yang Jian, apoyando la mano izquierda en el borde de la ventana—. Ja, la vez pasada no se lo expliqué bien: en efecto soy profesor, doy física en preparatoria.
La mujer del asiento contiguo gritó, estirando el cuello:
—¡Oiga, chófer, espere dos minutos más!
Entre los pasajeros, medio despertados, se escaparon algunas quejas.
—Sí, estoy a punto de llegar a Tongren; antes de que amanezca podré estar en Dejiang. —Yang Jian estiró la rodilla entumecida, intentando enderezar la pierna, pero el hueco entre su asiento y el de delante era claramente insuficiente. Bajó la mirada y las pestañas le ensombrecieron los ojos. De pronto, volvió a concentrarse en la conversación—. ¿Ha despertado?
El joven subió apresuradamente al autobús con un paraguas empapado entre los brazos. Entró encogido, tratando de esquivar las miradas que se posaban en él a su paso, y volvió a sentarse en su sitio, junto al corredor.
—De acuerdo, lo entiendo —dijo Yang Jian—. Entonces le agradezco mucho.
Colgó y, con rapidez, volvió a meterse en el bolsillo los auriculares, el teléfono y la mano.
En Pekín era aún finales del verano, la época en que el aire acondicionado seguía regulándose a veintiún grados. La chaqueta que llevaba puesta la había desenterrado del armario antes incluso de tener ocasión de llevarla a limpiar en seco ese año, y durante todo el trayecto lo había acompañado un fuerte olor a naftalina. Tras soportarlo casi dos horas más, Yang Jian llegó a Tongren un cuarto de hora antes de lo previsto.
A la salida de la estación de autobuses de larga distancia compró un impermeable de plástico y caminó a oscuras hasta una empresa de alquiler de coches situada más allá de un cruce. Para entonces, los pantalones ya se le habían empapado hasta las pantorrillas y el tejido vaquero pesaba por el agua acumulada. En cambio, sentía los pulmones mucho más despejados y frescos.
La empresa apenas ocupaba un local del tamaño de un baño público. Por suerte, había hecho una reserva pagando un recargo y alguien lo estaba esperando dentro. En el aparcamiento había tres vehículos disponibles;
Yang Jian eligió el Toyota SUV con mayor altura de chasis.
Tenía que conducir hasta Dejiang. Estaba cansado y no conocía la carretera; ponerse al volante en plena noche no era para poner a prueba su habilidad, sino porque, de momento, era la única manera de llegar. Los trenes estaban suspendidos y todas las líneas de autobús, canceladas. Aquella pequeña ciudad podía llamarse ya una «zona de desastre»: dos días antes había estallado un alud de lodo que se tragó de un bocado varios pueblos en las laderas. Había salido en las noticias: más de doscientas personas desaparecidas; hasta ahora, apenas habían hallado a unas cincuenta.
Li Bai se encontraba entre esos cincuenta.
No estaba grave. Había sufrido una conmoción cerebral que lo había dejado inconsciente, además de varias contusiones y una fractura leve en la pierna izquierda. No lo habían trasladado a la ciudad; seguía ingresado en el hospital del condado.
Por eso Yang Jian tenía que ir hasta allí para recogerlo.
Cuando recibió la llamada, Yang Jian no pensaba ponerse en camino. Eran las ocho de la noche y acababa de salir de la reunión del profesorado. Había recibido un reconocimiento como joven profesor destacado y al día siguiente aún tenía que dar clase. Tenía dos grupos, noventa y dos estudiantes, y por el momento solo se había aprendido los nombres de doce.
Al otro lado se presentó alguien del equipo de rescate para confirmar la identidad del auxiliado. Al oír que tenía una hilera de pequeños piercings en la oreja, y también en la ceja y bajo el labio, supo que era Li Bai. Pero por el tono grave con que hablaban, pensó que Li Bai había muerto, en un lugar en el que jamás habría imaginado que estaría; ¿así que, tras más de un año sin verse, aquello iba a ser una despedida definitiva?
Sintió cómo una bocanada de aire se le quedaba atrapada en la garganta y le subía hasta las sienes, latiendo con violencia. Luego oyó que el hombre seguía vivo, solo que inconsciente; las camas del hospital eran escasas y las condiciones malas, había que hacer que familiares o conocidos fueran a recogerlo cuanto antes y trasladarlo a otro sitio para su recuperación. Al aflojársele esa presión en el pecho, lo que le sobrevino fue el impulso de desentenderse.
—No tengo mucho contacto con él —dijo Yang Jian—. Y tampoco puedo moverme ahora mismo. ¿Es imprescindible que vaya yo a recogerlo?
El tono de la otra persona sonó algo extraño.
—¿Quiere decir que no se conocían bien?
—Así es, no nos conocíamos bien —respondió Yang Jian.
La otra persona vaciló un momento antes de continuar:
—El herido fue arrastrado hasta el fondo de un barranco de montaña. Lo encontraron esta mañana. No llevaba documentación y, de todas sus pertenencias, solo quedaba el teléfono móvil que llevaba consigo, oculto en el fondo de su ropa. Le habían retirado la tarjeta SIM; la agenda, las aplicaciones de mensajería, los historiales de chat y todo lo demás habían sido borrados por completo. Solo quedaba el registro de una llamada fallida. Por la hora registrada, parece que la realizó mientras permanecía atrapado. El número que aparece es el suyo, así que lo hemos identificado como su contacto principal.
—Quizá fuera porque mi número es fácil de memorizar —respondió Yang Jian.
Ni él mismo se creyó lo que acababa de decir, pero no era más que una evasiva lanzada al azar. Se dejó caer en el sofá, dispuesto a colgar y seguir durmiendo.
Conocía demasiado bien a Li Bai. Incluso con una pierna inutilizada, en cuanto despertara sería capaz de salvarse por sí solo.
—Espere un momento, escúcheme hasta el final. Dos minutos después de esa llamada fallida, el herido grabó una nota de voz de dos minutos y medio. La tituló «Yang laoshi wpainu» —la voz al otro lado pronunció cada sílaba con impecable claridad—. Como el herido usaba un teclado de veintiséis letras, suponemos que esa cadena de caracteres significa «te amo». ¿Conoce usted a esa profesora Yang?
Yang Jian clavó la vista en el insecto que revoloteaba caóticamente bajo el techo.
—La hemos reproducido varias veces y no logramos entender qué dice; se oye muy confusa, y la verdad es que apenas tenemos pistas —añadió la voz al otro lado—. Si conoce a esa profesora Yang, le ruego que nos lo diga.
Yang Jian guardó silencio durante dos segundos.
Luego dijo con calma:
—Yo soy el profesor Yang.
Parecía que la otra parte estaba más incómoda que él, porque el silencio se prolongó todavía más.
Yang Jian, en cambio, se incorporó en el sofá.
Apoyado contra la pared, recorrió con la mano izquierda el borde de la pared hasta dar con el interruptor y, con un suave toque de dos dedos, la luz se apagó. El incesante revoloteo del insecto le había resecado los ojos; incluso al cerrarlos, el destello persistía en su retina.
Al otro lado de la línea, empezaron a pedirle información concreta.
Yang Jian se levantó, tirando del cinturón para ajustárselo.
—Se llama Li Bai. Sí, no tenemos el mismo apellido; son exactamente esos dos caracteres. Nació en el 86. No tiene ninguna enfermedad congénita. Profesión… estilista. Ahora mismo le envío su número de identidad —dijo—. ¿Puede decirme la ubicación exacta del hospital, por favor?
Qué era lo que Li Bai quería decir antes de morir, aquello despertó la curiosidad de Yang Jian. Además, incluso al borde de la tumba seguía pensando en él; incluso si apagaba el teléfono y se hacía el sordo, había una barrera dentro de sí que, en mayor o menor medida, no podría franquear. Por eso estaba ahora allí.
Se puso ropa cómoda para el monte, fue a la secretaría académica a pedir días libres con todo descaro, compró un boleto de avión a precio de oro a última hora y esa misma noche se puso en camino con un solo bolso al hombro. De Pekín a Guiyang, de ahí a Tongren, luego a Dejiang, hasta internarse en la montaña por un camino que, a fuerza de sacudidas, le dejó los huesos molidos. Esta carretera estaba restringida, reservada solo para emergencias; la otra había quedado sepultada por un desprendimiento de tierra. En sus oídos no había más que el sonido de la lluvia y un silencio de tumba. En el asiento del copiloto, solo quedaba un impermeable hecho un gurruño, idéntico a una bolsa de plástico.
Al avanzar hacia el norte, la lluvia fue cediendo poco a poco. El cielo tras las montañas lejanas ya no era una negrura sin lindes; incluso empezaba a insinuar un matiz azulado. Yang Jian bajó la ventanilla hasta la mitad, y la llovizna, envuelta en olor a tierra húmeda, le golpeó las mejillas, fina y fresca, como una caricia que tomara la iniciativa.
Aquel tipo de amanecer no le era extraño. Yang Jian había pasado cinco años como profesor de apoyo rural. Poco después del suicidio de su hermana mayor, Yang Yuqiu, había ido a una escuela secundaria de Liangshan, en Sichuan, donde se encargaba de enseñar matemáticas, física y química, inglés y baloncesto, además de mandarín. Durante aquella época sufría a menudo de insomnio. Su dormitorio estaba justo detrás de las aulas y, cuando no hacía demasiado frío, subía al tejado y contemplaba el patio vacío y el mástil con la bandera roja caída. Si miraba más lejos, veía el río impetuoso y las aldeas sumidas en el sueño, mientras las estrellas, pesadas, tachonaban el cielo y parecían hacerlo descender. El viento y la niebla habían fundido el mundo en una sola pieza de vidrio azul oscuro, y Yang Jian se quedaba hundido en el fondo, sentado allí toda la noche.
También había recorrido carreteras de montaña como aquella para llevar a un alumno con neumonía aguda al dispensario de la cabecera del condado. El todoterreno urbano de ahora no tenía la fuerza de la vieja camioneta del pueblo. Fuera de eso, solo bajaba a la ciudad para comprar material didáctico y golosinas para los estudiantes; el resto del tiempo, Yang Jian no entraba en la ciudad.
Sabía que Li Bai lo buscaba por todas partes y una vez incluso logró encontrarlo. En plena clase, Yang Jian oyó el alboroto de los alumnos de otros cursos. Alguien que atraía todas las miradas había entrado en la escuela. Li Bai llegó hasta la puerta entreabierta del aula de Yang Jian, pero se detuvo allí, sin dar un paso más.
Los alumnos de primero y segundo contuvieron el aliento al unísono. En aquellos rostros morenos, unos ojos redondos se abrían de par en par mientras miraban con cautela hacia fuera. Yang Jian no dejó por ello de escribir en la pizarra y, de vez en cuando, lo veía de reojo: la camiseta blanca arrugada de Li Bai, estampada con Samurai Champloo; las rodillas llenas de tierra y raspaduras que asomaban por los vaqueros rotos; las sienes empapadas de sudor y los pequeños adornos metálicos que salpicaban su rostro. Bajo el sol de las montañas, todo relucía.
Li Bai se quedó allí, plantado en la rendija entre la pared amarilla y la puerta roja, sin decir palabra. No era que quisiera hablar y se contuviera; simplemente miraba, absorto.
Se marchó antes de que terminara la clase. Yang Jian guardó la pequeña pelota didáctica en el fregadero y no llegó a verlo darse la vuelta.
Más tarde también hablaron de aquello. «Quería comprobar con mis propios ojos si seguías vivo», le había dicho Li Bai.
Como era de esperar, lo único que se exigían mutuamente era seguir vivos. Esa era la clase de relación que siempre habían tenido.
Yang Jian detuvo el coche en el arcén de emergencia y echó el freno de mano. Conectó una batería externa al móvil, que se había apagado solo, esperó a que reviviera y luego a que cargara el mapa. Fue un proceso largo. Al alzar la vista, las interminables montañas se erguían imponentes a su lado, surgiendo de la tierra y proyectando sombra tras sombra gigantesca. ¿Se van a derrumbar también ustedes? ¿Me van a arrastrar hasta el fondo del barranco? Eso pensaba Yang Jian mientras retomaba la marcha, con la voz del cómico Guo Degang dándole las indicaciones en el GPS del coche.
Li Bai yacía rígido en una cama estrecha. No había habitaciones individuales, así que estaba en la sala de urgencias. El aire era pésimo y cada respiración traía consigo un bochorno húmedo de olor extraño. A su alrededor solo había una cortina azul. Al otro lado, el bullicio de la gente era ensordecedor, pero lo que más destacaba era su propio llanto, que casi igualaba los alaridos de los heridos de las otras camas cuando los desinfectaban.
Yang Jian de verdad había venido. No solo había venido: también había escuchado su mensaje de despedida. Y no solo lo había escuchado: lo había puesto en altavoz.
A esa persona jamás le había gustado desenredar los auriculares.
Li Bai apenas llevaba un rato despierto y solo quería volver a desmayarse. Retiró la mano bajo la manta y, con unos dedos que aún no habían recuperado del todo la fuerza, levantó la sábana. Miró a escondidas, por la rendija de la cortina, aquel perfil. Llevaba al menos tres meses sin cortarse el cabello. Se le había humedecido un poco, pero no se le pegaba a la frente; seguía levantado y firme, como si llevara gel. El cabello de Yang Jian siempre había sido así de duro y Li Bai lo conocía mejor que nadie. Tampoco habían cambiado las ojeras azuladas bajo sus ojos ni la marcada línea de su mandíbula; ni siquiera el polvo acumulado durante el viaje conseguía ocultarlas.
Li Bai se quedó mirándolo, absorto, hasta que sus ojos llegaron al rabillo del ojo de Yang Jian. Entonces sintió miedo de que sus miradas se cruzaran. Cerró los ojos apresuradamente, presa del pánico, y justo entonces descorrieron la cortina de la entrada. Sintió que alguien se acercaba.
Se oyeron unos pasos; debía de ser que el doctor Chen, el que tanto le había ayudado con las llamadas, ya se había ido. ¿Se escuchaba alguna respiración? Yang Jian seguramente estaba de pie junto a la cama, mirándolo; esos ojos suyos también sabían respirar. Li Bai procuró relajar los rasgos: cuando uno está sumido en el sopor, no puede permitirse un gesto crispado.
Algo pesó de pronto junto a sus piernas: Yang Jian se había sentado en el borde de la cama. La cortina no estaba corrida, y la luz de afuera teñía de rojo el campo de visión de Li Bai. Respirar ahora era tan fatigoso como hacer ejercicios; temía que, en un descuido, se le desacompasara el ritmo. Li Bai se insultó a sí mismo, llamándose idiota. Cuando percibió con claridad el calor que le subía a las mejillas y sospechó que estaba a punto de no poder resistir más, Yang Jian habló:
—¿Ya terminaste de dormir?
Li Bai no se movió.
Yang Jian estaba más que acostumbrado a lidiar con aquella obstinada resistencia.
—Si te quieres ir, voy a tramitar el alta. Como no traes ropa para cambiarte, te vas a tener que ir con el pijama de hospital —dijo, y se levantó con agilidad—. O, si de verdad no quieres moverte, haz como si no hubiera venido.
Li Bai abrió por fin los ojos.
Se encontró de lleno con la mirada de Yang Jian, que lo observaba como si ya lo hubiera entendido todo. Aquellas cejas seguían siendo de un negro intenso, y era imposible saber si escondían algún rastro de impaciencia.
—… Cuánto tiempo sin vernos —dijo Li Bai.
Yang Jian no recogió el hilo; se volvió y caminó hacia fuera de la cortina.
—Espera. —Li Bai se incorporó de golpe, apoyándose en la cama. Cuando Yang Jian se volvió, Li Bai se quedó sin saber muy bien qué decir; sólo sentía el corazón oprimido bajo el pecho, palpitando con fuerza—. ¿Vas a llevarme contigo?
—Si te quedas a descansar una temporada en Guiyang o te vienes conmigo a Pekín, lo decides tú. —Yang Jian dejó caer al lado de Li Bai el teléfono superviviente dentro de su bolsa sellada—. Mi permiso es limitado.
Li Bai se quedó un momento atónito. Seguía siendo el mismo de siempre: esa cara imperturbable, cada frase con un «como quieras» implícito. Yang Jian no iba a cambiar, ni tampoco le importaba la incomodidad entre ellos; hablaba de las cosas concretas con la naturalidad de siempre. Así que Li Bai comprendió que no tenía por qué sentirse en vilo. El reencuentro no era nada extraordinario. Como si recuperara el alma, tomó el teléfono de pantalla hecha añicos y manchado de arena, y, adoptando su habitual desparpajo, lo miró con ojos suplicantes.
—No puedo caminar; llévame en brazos. Ahora apenas peso cincuenta y tantos kilos.
—Compré muletas.
Li Bai soltó de pronto una risa, breve y clara.
—No será verdad… ¿Sigues enfadado conmigo? —Alzó con ambas manos la pierna escayolada, la fue desplazando hasta el borde de la cama y, levantando el rostro, miró a Yang Jian—. Profesor Yang, dime la verdad: ¿te dio mucho miedo que me muriera? ¿O es que me extrañabas un poquito? Acabo de despertar; el doctor Chen dijo que, en cuanto recibiste la llamada, viniste corriendo durante la noche. Aún ni ha amanecido.
Yang Jian arqueó una ceja.
—¿Tiene gracia? Yo más bien temía que, de camino, acabaran enterrándome a mí también.
Li Bai no se desanimó; seguía sonriendo con descaro. Se abrazó directamente a aquella cintura que tenía delante; incluso con la chaqueta de por medio, todavía podía, como antes, rodearlo por completo hasta agarrarse sus propios codos.
—Entonces, ¿no hay nada que quieras preguntarme? —Apoyó la barbilla bajo las costillas de Yang Jian—. Por ejemplo, ¿cómo acabé viniendo a parar aquí?
Yang Jian le apartó los brazos del cuerpo y, con toda franqueza, preguntó:
—Quiero saber qué decías exactamente en esa grabación de tu móvil.
—¿Eh? —Li Bai se quedó rígido un instante, pero enseguida lo disimuló—. En realidad no estuve llorando todo el tiempo; quizá el móvil, al mojarse con barro, grabó el sonido borroso… —Puso cara de misterio y cerró un puño—. Dije que, ni convertido en fantasma, te dejaría en paz. Si me vuelvo fantasma, ya no podrás librarte de mí.
Yang Jian también sonrió, pero su sonrisa tenía algo de cansancio, de vaga indiferencia.
—También dije cuánto dinero tengo ahorrado, las contraseñas del banco y quiénes me deben dinero… —Li Bai alzó el puño y extendió tres dedos.
Yang Jian apartó la cortina y se encaminó hacia el puesto de enfermería.
—Además, ya encontré a esa persona. Sigue en lo de siempre y anda por los pueblos de esta zona. Vine desde tan lejos precisamente para encontrarlo —dijo Li Bai, que ya había recuperado por completo la calma. Hablaba despacio, con aparente indiferencia, mientras seguía jugueteando con los dedos. Al ver que Yang Jian se daba la vuelta, clavó la mirada en sus ojos y fue pronunciando cada palabra con mayor énfasis—. Ese bastardo de la máscara. Han pasado más de diez años y el muy cabrón todavía no se ha muerto. Quiero ir a matarlo. Así podré vengar a tu hermana.
