Capítulo 1: No tengo un Motorola

Enero de 2002, Pekín, avenida Zhongguancun Norte.

Li Bai llevaba en la mano una bolsa de plástico negra en la que, por su tamaño, habría cabido él entero, y escondía la otra dentro de la manga. Hacía demasiado frío. Tras más de medio mes, seguía sin acostumbrarse al clima del norte. En aquel entonces no había conseguido un asiento duro, y tampoco quiso gastar en una litera, así que se acurrucó a dormir en un rincón, al final del vagón. Al despertar, encontró varios cigarrillos apagados que le habían arrojado encima; sin embargo, lo primero que captó su mirada fue la intensa nevada tras la ventana; una blancura deslumbrante que le hirió los ojos y se extendía a grandes mantos sobre una tierra sin una sola colina, perdiéndose en el infinito. No sabía cuán profunda era la nieve, ni qué se ocultaba bajo su superficie.

Aquella uniformidad, aquella escala ordenada, le resultaba algo novedoso. Se sacudió las colillas y saltó en pie para mirar; se pegó al vidrio de la puerta del vagón y siguió observando. No sabía por qué, pero al cabo de un rato le entró hambre. El tren también se detuvo: era Shijiazhuang. Y así, con el estómago vacío, pasó de Shijiazhuang a Pekín.

En Pekín también nevaba, pero no se parecía en nada a lo que había imaginado. En la mente de Li Bai, la nieve iba siempre unida a la humedad; la de Pekín, en cambio, era áspera y seca como arena, envuelta en el viento, arremetiendo sin rumbo. Había ráfagas que se congelaban en cuchillas: avanzar contra ellas, si no se protegía uno bien el rostro, era como ofrecer la piel al filo. A Li Bai el viento le hacía doler la nariz con frecuencia; por más agua que bebiera, a cada rato, al sonarse, aparecían hebras de sangre.

La ciudad era igual: del blanco de la nieve al negro del asfalto, la transición se resolvía en una gama de grises desiguales, como los muros de cemento bajo los pasos elevados del Tercer Anillo o los tubos de calefacción en cuartos alquilados que nunca llegaban a soltar calor. Fría, turbia, Pekín no era mucho más amable que su viento y su nieve.

¿Estaría Yang Jian aquí? Li Bai no podía evitar pensar que, de ser así, tampoco le iba mucho mejor.

En este mismo instante, Li Bai también pensaba en ello. Caminaba despacio, mirando a su alrededor, tratando de examinar el rostro de cada transeúnte, dándole vueltas una y otra vez a cómo sería la vida de Yang Jian en aquel lugar. Era, en el fondo, un esfuerzo inútil: los recuerdos eran demasiado borrosos, y por eso imaginar resultaba difícil. Cuando Yang Jian se marchó aún era un niño; Li Bai, más pequeño todavía, sin nadie que lo guiara, apenas sabía articular unas cuantas palabras. No hubo señal previa ni despedida: sólo supo que aquel «gege» que le cazaba saltamontes había desaparecido sin más, igual que la hermana mayor que solía sonreírle.

Más tarde, cuando comprendió qué era la muerte, Li Bai empezó a sentir miedo. Estuvo preguntando durante largo rato a la gente del pueblo, hasta que finalmente oyó que los hermanos de la familia Yang habían dejado atrás a su padre, el viejo barbero, y se habían marchado a Pekín para no volver jamás.

Li Bai entendió entonces que, igual que aquel anciano trastornado, él tampoco había sido llevado con ellos.

Pasaron unos años más, y acabó marchándose por su cuenta. No podía compararse con aquellos dos hermanos, que, teniéndose el uno al otro, habían sido capaces de lanzarse de pronto, con temeraria audacia, hacia la capital. Li Bai estaba solo, sin ese arrojo. Además, sentía un miedo casi instintivo a los viajes largos: siempre temía que el dinero no le alcanzara y morir de hambre en el camino. Así que eligió un destino cercano: la capital de la provincia. Debía de ser el verano de sus doce años; recordaba haber pasado tres Años Nuevos en Nankín. «El hombre asciende, el agua desciende»: había visto esa frase en la pequeña barbería donde trabajaba, probablemente en una revista, y siempre le había parecido muy sensata.

Por eso ahora Li Bai volvía a ascender, paso a paso, y había llegado hasta la puerta de la Universidad de Pekín.

¿Yang Jian estudiaba aquí? Aunque ni siquiera había ido a la escuela primaria, después de varios años trabajando en Nankín y de todo lo que había oído por ahí en las clases nocturnas, sabía que aquel lugar era extraordinario. Entonces, ¿Yang Jian también sería extraordinario? ¿Cómo sería ahora? ¿Llevaría unas gafas de gruesos cristales, como el fondo de una botella, o se habría convertido en un hombre gordo? Li Bai llevaba varios años haciéndose estas preguntas. En los últimos meses, pensaba en ellas cada vez más, sobre todo cuando daba vueltas alrededor del campus, deambulando sin rumbo de una puerta a otra. En esos momentos era completamente incapaz de pensar en otra cosa. Pero hasta entonces no había conseguido nada.

Conocer apenas un nombre, una universidad y que estudiaba una carrera de Física hacía que encontrar a una persona siguiera siendo muy difícil. A veces, mientras Li Bai mordisqueaba un shaobing en su cama de tablones, aterido de frío, y hacía cuentas para calcular el alquiler, no podía evitar preguntarse si la información que había conseguido uno o dos años atrás no sería incorrecta, o si acaso no lo habría sido desde el principio. Quizá no eran más que tonterías que circulaban por el pueblo. Quizá Yang Jian ni siquiera había venido a Pekín.

No podía resignarse. No podía resignarse de ninguna manera. Así que, mientras se maldecía por lo torpe que era, Li Bai reunió por fin el valor y aquel día entró en el campus. Siguiendo el mapa que un grupo de turistas había dejado tirado junto a la entrada, llegó hasta la Facultad de Física, detrás de la fábrica de radio.

El edificio parecía más bien de oficinas, aunque por suerte también había clases dentro. Li Bai no se atrevía a llamar a las puertas de las aulas; sólo se animaba a detener en el pasillo a quienes parecían estudiantes. Al abrir la boca, el sudor frío le brotaba. Por suerte, aunque no especialmente entusiastas, las personas con las que se cruzó fueron bastante amables. Al cuarto intento, obtuvo por fin una respuesta.

Aquel era un estudiante de cursos superiores de Yang Jian, y parecía tener buena relación con él. Le dijo que, en efecto, existía alguien así: que, a la hora de la cena, si no tenía clase, solía ir a trabajar a tiempo parcial a un restaurante de fideos fuera de la puerta este, y que ni siquiera en época de exámenes finales había dejado de hacerlo.

«¿Trabajar a tiempo parcial? —pensó Li Bai—. Vaya que tiene gracia cómo habla la gente con estudios».

Sin embargo, tras tantos días merodeando por la zona, Li Bai ya había hecho el recuento: cerca de la puerta este había seis restaurantes de fideos. No había tenido tiempo de preguntar cuál era exactamente; el estudiante, con los libros bajo el brazo, se había metido en el aula contigua. Li Bai lo pensó un momento y, entre seguir tirando de la gente como un necio para preguntar o salir a buscar en uno por uno, eligió lo segundo.

Ya había pasado por uno de fideos hui de Henan y otro de fideos tirados a mano de Lanzhou. A las ocho de la noche, compró un boniato asado de un yuan y lo mordisqueaba con una mano, tiritando aún de frío, cuando llegó al tercero: uno de fideos picantes de Chongqing.

«No puede ser que tenga tan mala suerte y que en esta tampoco esté. ¿De verdad voy a tener que ir a un cuarto?», pensó.

Aquel pequeño restaurante de fideos estaba en una ubicación relativamente apartada. Lo separaba de la avenida principal un edificio cuadrado en obras, y se escondía, discreto, en la planta baja de un bloque de electrónica. Visto desde lejos, tras los cristales empañados se adivinaban sombras en movimiento. Entre la farola donde estaba Li Bai y el local mediaba un callejón formado por los edificios: no era estrecho, pero carecía de iluminación, y a ambos lados crecían árboles. Las ramas secas del invierno se recortaban contra la luna fría, y la luz tumultuosa de la gran calle no lograba penetrar allí. Había un tramo completamente a oscuras, lo que le daba un aire inquietante.

Claro que Li Bai no sintió miedo. Se había metido muchas veces en rincones más oscuros que aquel. Tiró la piel ya roída del boniato a la basura, apretó con fuerza su bolsa de plástico negra y avanzó hacia dentro con paso firme.

El camino era aún más largo de lo que parecía desde fuera: no menos de doscientos metros, calculó para sí. Y, a todas luces, poco transitado; la nieve en medio del sendero seguía esponjosa, crujiendo bajo sus pisadas, lo que lo llevó a aguzar el oído. Tras dar unos pasos más, el rumor del tráfico a su espalda se fue apagando, y entonces percibió otros sonidos mezclados.

Qué ferocidad. Alguien maldecía en voz baja, pero nadie lloraba. Alguien estaba siendo golpeado –ese ruido seco de puños impactando contra un cuerpo le resultaba demasiado familiar–, pero nadie suplicaba clemencia.

Li Bai se sorprendió un poco. Buscó el amparo de un tronco y siguió escuchando. Distinguió al menos cuatro voces distintas.
Parecía que el que recibía los golpes era de los duros.

El acento de Pekín era fácil de entender: lo que se oía eran insultos como «¿te atreves a meterte con mi hermana?», «¿muy gallito para molestar a una chica, eh?», «¿todavía te atreves, mocoso?».

Así que el que estaba recibiendo los golpes…

En fin, Li Bai no sabría cómo describirlo. Solo pensaba que, por un lío sentimental, acabar lisiado era un poco excesivo; y que uno contra varios, allí, recibiendo puñetazos, era demasiado injusto. Alcanzó a ver que el golpeado parecía tendido en el suelo, mientras le propinaban patadas dirigidas al abdomen. Li Bai conocía bien esa sensación. Inspiró hondo, irguió la espalda y salió de detrás del árbol.

No fue hasta que avanzó una decena de pasos más que lo notaron; aún así, no parecían dispuestos a hacerle caso. Li Bai se secó el sudor de la palma en la costura del pantalón y levantó la mano derecha junto a la oreja.

—¿Hola, policía? Estoy por la avenida Zhongguancun Norte, cerca de la puerta este de la Universidad de Pekín. Por aquí hay un restaurante de fideos de Chongqing que se llama Fideos Forrest Gump —dijo a voz en grito—. ¡Hay gente peleándose y van a matar a alguien!

No bajó la mano al terminar. A unos metros de la escena, empezó a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro! ¡Va a haber un muerto! ¡Aquí le están reventando el vientre a alguien a patadas! ¡Cuando llegue la policía ya estará muerto!

No había terminado cuando la puerta del local se abrió de golpe: alguien asomó la cabeza para mirar; en el edificio de al lado también se abrieron ventanas. Los que estaban golpeando ya se habían detenido. Li Bai distinguió sus siluetas, recortadas contra el tenue brillo de la nieve: parecían mirarlo fijamente. Uno tras otro, le hicieron gestos amenazantes con los puños y, al momento siguiente, salieron corriendo en tropel.

Cinco en total. Pero antes solo había oído a cuatro gritar… Así que había quien peleaba sin decir una palabra. A Li Bai se le cruzó ese pensamiento absurdo.

—Oye… ¿estás bien? —Bajó la mano derecha, volvió a meterla en la manga y se acercó a aquel caos.

El suelo estaba lleno de huellas; la nieve casi había desaparecido bajo las pisadas, dejando al descubierto las losas de cemento, húmedas y oscuras. El herido ya había logrado incorporarse por sí mismo y se apoyaba contra la base de un árbol. La sangre caía en hilos sobre la nieve revuelta, derritiéndola en pequeños huecos negros que la luz de la luna hacía resaltar con claridad.

—Gracias —dijo el otro, tosiendo un par de veces.

—¿Quieres ir al hospital? —Li Bai aspiró por la nariz. El aire estaba impregnado de un fuerte olor a sangre, expulsado en respiraciones pesadas, y por un momento tuvo la ilusión de que le volvía a sangrar la nariz.

—No hace falta —respondió.

Tal vez por vergüenza, evitaba mirarlo a los ojos. Li Bai se acercó hasta quedar frente a él y, al bajar la vista, vio una cabeza cubierta de cabello revuelto. Entre las hebras negras parecía haber también granos de nieve, apenas visibles. Era un hombre, muy joven; la voz le salía algo ronca, no sabía si por la paliza o porque así era. Delgado; el cuello del suéter era tan amplio que no debía de abrigar gran cosa. Al inclinar la cabeza, dejaba al descubierto la nuca, donde sobresalían los huesos.

Esa era, por ahora, toda su impresión.

Li Bai continuó observándolo, cruzando de su izquierda a su derecha con paso lento, dejando tras de sí dos huellas perfectas mientras la bolsa de plástico negra que cargaba le rozaba el muslo al oscilar. El silencio se prolongó durante casi un minuto, hasta que el desconocido, pareciendo sentirse inquieto bajo aquella mirada fija, rompió el hielo:

—¿No te vas?

—¿Qué haces ahí sentado? ¿No tienes frío? —replicó Li Bai con otra pregunta.

—Me estoy lamiendo los dientes —respondió el hombre, y en su voz se percibió un leve rastro de humor—. No están mal; no se me ha caído ninguno.

—…

Li Bai tragó saliva antes de insistir:

—¿Te asaltaron a mitad de camino? ¿Querías ir a comer fideos y te interceptaron?

Apenas terminó de hablar, Li Bai se cuestionó si su curiosidad no estaba siendo excesiva. Escenas como esa no eran ninguna novedad para él; ¿para qué quedarse mirando? Sin embargo, le invadía una sensación extraña, una que le impedía marcharse sin más y olvidar lo ocurrido en un par de días. El hombre frente a él tampoco parecía tener intención de responder. Con la cabeza gacha, apoyó las manos en el suelo y las hundió en la nieve, dispuesto a incorporarse.

—Gracias por llamar a la policía, pero me voy. Cuantos menos problemas, mejor —dijo mientras lograba ponerse de pie a duras penas, provocando que más gotas de sangre salpicaran la blancura de la nieve—. Si no quieres tener que dar una declaración, será mejor que tú también salgas corriendo.

—No, no he llamado. Solo estaba fingiendo; no tengo un Motorola ni un ladrillo de esos —dijo Li Bai, obligándolo a sentarse de nuevo mientras forcejeaba por desatar su bolsa de plástico—. Si tú tienes uno, préstamelo para llamar a una ambulancia. Si no, ni te muevas; si tienes alguna costilla rota y te perfora un órgano, se va a armar un lío. Los que estaban mirando se han largado todos…, voy a ver si encuentro a alguien que ayude.

Inesperadamente, el hombre alzó la cabeza en ese momento y lo miró con los ojos entrecerrados, conservando en la comisura de los labios una sonrisa apenas perceptible, casi etérea.

Coincidió que Li Bai también lo observaba, concentrado en la herida de su frente. Ese cruce de miradas, repentino y frontal, era algo que Li Bai nunca había sabido gestionar bien; sus dedos, enrojecidos por el frío, empezaron a temblar mientras lidiaba con los tres nudos ciegos de la bolsa. Brillo. Seguía siendo el brillo de esos ojos lo que lo dominaba. Pero tras esa luz había algo ajeno, algo indescifrable, como los ojos de un gato o los de un espectro. No todo el mundo posee esa mirada. En un instante, los papeles se invirtieron: Li Bai dejó de ser el observador para convertirse en el observado. Se sintió como un libro cuyas cubiertas no cierran bien, abierto de par en par y sujetado por las esquinas, siendo leído con una crudeza absoluta.

—Eres bastante listo —dijo el hombre, bostezando.

Li Bai se quedó petrificado unos segundos antes de desviar la vista.

Finalmente logró abrir la bolsa. Sacó aquel abrigo de algodón grueso y anticuado que ocultaba bajo el plástico negro como si fuera una vergüenza, lo sacudió y se lo tendió al herido. Fue entonces cuando reparó en el delantal que llevaba sobre el jersey; al incorporarse el hombre, el emblema del pecho quedó al descubierto: letras blancas sobre fondo rojo, Fideos Forrest Gump.

Pero aquel hombre no aceptó el abrigo. Como si el frío no lograra alcanzarlo, mantuvo esa sonrisa mientras decía:

—No iba a comer fideos, yo trabajo en el sitio donde los sirven. Y no me interceptaron, ellos me llamaron y yo mismo salí a verlos.

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