Las palabras cesaron, pero la mano de Yang Jian seguía posada sobre el hombro de Li Bai. Los dos pulgares presionaron por debajo del cuello, subiendo hasta su nuca; su contacto tenía una calidez áspera. Li Bai alzó la barbilla y sostuvo la mirada de Hu Qian, esforzándose por no parpadear ni esquivarla.
Más que nerviosismo, lo que se agolpaba en su pecho era, para su sorpresa, una especie de excitación. Veía cómo la incredulidad, el desconcierto, el remordimiento y la torpeza se amontonaban y crecían frenéticamente en aquel rostro, reventando el hermoso armazón de sus facciones. Solo la ferocidad que antes desprendía se extinguía a ojos vista. A aquella muchacha ya no le quedaban fuerzas para soltar insultos como «zorra» o «Xianglin Sao». Li Bai podía comprenderla íntimamente, pero no se sentía triste por ella. Solo pensó que, en efecto, no se había equivocado: Yang Jian era exactamente esa clase de persona. Alguien capaz de casi borrar de su memoria la existencia de su didi, abandonado en su pueblo natal, sin haberse preocupado jamás por si seguía vivo o muerto; y capaz también de desarmar por completo a su exnovia, que venía lista para la guerra, con apenas un par de frases ordinarias.
Puede que te haya herido, pero ni siquiera puedes reprocharle que lo hiciera «a propósito».
La verdad era que, cuando Yang Jian se le quedó mirando largo rato, cavilando antes de llamarlo por fin «Xiao Bai», Li Bai sí se sintió un poco herido. Durante aquellos años en el pueblo, cuando a menudo acababa con la piel abierta y la carne desgarrada, y durante los días que pasó en Nankín, sin saber si tendría qué comer al día siguiente y soportando que su patrón lo mandara de un lado para otro como a un perro, había aguantado todo eso aferrándose a una sola idea, que se repetía una y otra vez: tenía que ir a Pekín. Una vez allí, la vida sería un poco más llevadera, allí había una hermana y un hermano que eran su familia, que quizá también lo echaban de menos y quizá lo tratarían bien.
Hacía aproximadamente media hora, Li Bai se había dado cuenta de que se había hecho demasiadas ilusiones. La balanza estaba inclinada, pero tampoco podía considerarlo una injusticia: nadie tenía la obligación de acordarse de él. Sin embargo, al mismo tiempo comprendió otra cosa: al menos su capacidad para resistir los golpes era digna de mención. Unos cuantos bocados de comida caliente bastaron para devolverle el ánimo. Y ahora Yang Jian estaba a su espalda, lo había arrastrado a aquel enfrentamiento, e incluso le hacía sentir que estaban del mismo lado. Había ganado. ¿No era esto acaso como «el zorro que se aprovecha del poder del tigre»?
Li Bai volvió a acordarse de una expresión que había visto en un álbum ilustrado a todo color de la peluquería. El álbum pertenecía al hijo de ocho años de su primer patrón. Si lo sorprendían hojeándolo a escondidas, aunque solo fuera una vez, aquel gordito de ojos agudos y lengua venenosa rompía a llorar mientras lo miraba de soslayo y enseñaba los dientes, dejando al descubierto varias muelas grandes que parecían rebosar de una malicia satisfecha. La mujer del patrón acudía al oírlo, estrechaba contra el pecho aquel cuerpo fofo que fingía secarse las lágrimas y, después, incluso delante de los clientes, mandaba a Li Bai a arrodillarse a un lado para recoger de las junturas del suelo los cabellos hediondos.
Cuando los clientes que esperaban veían aquella escena, ya no querían que esas manos tocaran su cabeza con las tijeras. Si cortaba menos cabello, aquel día podría quedarse sin comer.
De pronto, Li Bai sintió que su vida ya había mejorado, sobre todo porque, al comparar, entre las tres personas sentadas a la mesa, él no era, ni de lejos, el más desgraciado. «Vete ya. Ya no le gustas, hasta hablarte le da pereza. ¿No te das cuenta? Qué patética eres», pensaba en silencio. Qué mezquino. Y qué feliz se sentía.
En ese momento Hu Qian ya había empezado a esquivarle la mirada. Tenía ambas manos apoyadas en la cintura del vestido y las frotaba con inquietud. Era la primera vez que Li Bai obtenía una victoria en un cruce de ojos. Cuanto más la miraba, más incapaz se sentía de apartar la vista. Hu Qian, en cambio, se secó los párpados hasta dejarlos enrojecidos y, con una solemnidad casi declamatoria, como si recitara un poema, dejó caer con gran énfasis una última frase:
—Yang Jian, no habrá un mañana para nosotros.
Luego se dio media vuelta y se marchó taconeando con paso apresurado.
Li Bai vio, tras la puerta de cristal del comedor, una silueta bastante alta y robusta que la esperaba; al acercarse, la rodeó por los hombros.
—¿«No habrá un mañana» quiere decir que no volverán a verse nunca? —preguntó. Aquella expresión le sonaba demasiado rebuscada, como de drama televisivo.
—Mañana estaremos en la misma aula de examen. —Yang Jian volvió a sentarse en su sitio—. Somos compañeros de clase.
Li Bai soltó de pronto una carcajada.
—¿Qué?
Al verlo reírse tontamente, Yang Jian también curvó apenas los labios en una sonrisa relajada.
—Ustedes, los universitarios, son divertidísimos. —Li Bai parpadeó.
—Sí, yo también lo creo —convino Yang Jian, y con los palillos tomó un bocado de oreja de Judas para dejarlo en el plato de Li Bai—. Lamento que haya tenido que presenciar este espectáculo.
Li Bai, a modo de devolución, le pasó un trozo de morcilla de pato. Pero como era bajo y tenía los brazos cortos, tuvo que incorporarse a medias desde el asiento para lograr que aterrizara sano y salvo sobre el arroz de Yang Jian.
—Creo que te estás burlando de mí —dijo.
Al oírlo, Yang Jian se cubrió los ojos con la mano. Sobre el dorso, las heridas se amontonaban, dibujando el relieve de los huesos, y bajo la luz fría resaltaban de forma hiriente. Contenerse parecía costarle trabajo porque los hombros le temblaban una y otra vez. Esta vez sí se estaba riendo de verdad, mezclando la risa con un leve sonido nasal que hacía pensar al mismo tiempo en una tos y en un llanto. Li Bai lanzó una mirada de soslayo a varios estudiantes que espiaban desde unas mesas más allá y fue hasta donde estaba la señora del comedor para pedirle un cuenco de agua caliente.
La comida ya no conservaba calor; cada bocado parecía enfriarse un poco más al entrar en la boca. Pero los dos comieron con concentración, sin desperdiciar nada.
Después de cenar, Yang Jian aún tenía que ir a trabajar. Dijo que era en un centro logístico junto al edificio Hailong: ayudaba a descargar mercancía y a clasificar paquetes, un día sí y otro no, desde las once de la noche hasta las tres de la madrugada. Como parte del camino coincidía con el de Li Bai, decidió acompañarlo hasta la parada del autobús.
—¿Cuántas horas duermes al día? —preguntó Li Bai.
—Sumándolo todo, unas cuatro o cinco —respondió Yang Jian.
—Yo más o menos igual —dijo Li Bai.
Yang Jian se apoyó en un poste del tendido eléctrico, bajó la cabeza y encendió un cigarrillo. Así que fumaba. Liqun. No era una buena marca; en los quioscos de prensa de Nankín vendían la cajetilla por dos yuanes. La luz de la calle era de un naranja tibio; si el viento pudiera verse, habría sido de un azul verdoso y helado. Su flequillo, revuelto y deshecho, ya no parecía negro, y entre sus ojos y los de Li Bai se interponía una neblina blanquecina.
—¿No podrías probar algún trabajo menos agotador? —dijo Li Bai, volviendo a romper el silencio.
—¿Tanto te preocupas por mí? —replicó Yang Jian.
—Yo también ando buscando trabajo. —Li Bai echó la cabeza hacia atrás y exhaló vaho hacia la farola—. Compartamos experiencias.
—Sí los hay. Por ejemplo, dar clases particulares a estudiantes de secundaria, o ser asistente en cursos de inglés de New Oriental. —Yang Jian alzó la vista hacia el último autobús que se acercaba a lo lejos, la línea 982; aquel pequeño letrero rojo brillando en la noche parecía también la brasa de su cigarrillo—. Pero apenas estoy en primero. Nadie quiere contratarme.
¿Entonces en segundo año sería distinto? Un estudiante de la Universidad de Pekín debía de ser muy cotizado. Li Bai se quedó tranquilo.
—Eso, para mí, no tiene ninguna utilidad como referencia. Yo, a lo sumo, podría ir a barrer aulas en una academia de inglés.
Pisó la sombra de Yang Jian con la punta del pie.
—¿Te alcanza el dinero? —Yang Jian no se apartó. También fumaba despacio.
—No, sí me alcanza. La mayor parte la escondo en la habitación y no la llevo encima, por miedo a que me la roben —soltó Li Bai sin pensar.
Nada más decirlo se arrepintió un poco. La verdad, le habría gustado oír qué haría Yang Jian si él respondía que no le alcanzaba.
Pero no lo hizo. Y, tal como cabía esperar, Yang Jian no dijo nada más.
Pasaron otros diez minutos, más o menos. Cuando el autobús estaba a punto de llegar a la parada, Li Bai volvió a hablar:
—Yo también quiero fumar.
Yang Jian no respondió. Sujetando entre dos dedos aquel medio cigarrillo, tiró de Li Bai hasta ponerlo delante de sí, de espaldas a él. Era zurdo, de modo que el brazo izquierdo le rodeó medio cuerpo a Li Bai. El humo le llegaba desde atrás hasta el rostro, y los dedos ásperos por los callos le rozaron también la oreja, fríos, haciendo que instintivamente quisiera encoger el lóbulo. Naturalmente, no poseía semejante habilidad; lo único que hizo fue encogerse de hombros y meter un poco el cuello. Luego volvió a estirarlo, acercó la cabeza y, entreabriendo la boca, intentó atrapar con los labios la punta del cigarrillo. El arco de su labio superior ya había rozado el meñique ajeno cuando Yang Jian, de pronto, alzó la mano.
—¿Qué va a fumar un crío? —Le dio un ligero empujón—. Anda, basta ya. Vuelve a casa.
Li Bai se quedó con las ganas y también un poco enfadado. Subía un escalón del autobús y volvía la cabeza, subía otro, y volvía a mirar. Cuando echó la moneda, se sujetó a la barra delantera y logró afirmarse en su sitio, el enfado ya se le había disipado. El autobús cerró las puertas y arrancó.
Volvió el rostro una vez más. Yang Jian ya se había ido. Cruzaba desde la parada una callejuela estrecha, embarrada de nieve derretida y mugre, para internarse en una avenida ancha y luminosa. En toda la calle no había nadie más que él. El autobús avanzaba en la misma dirección, pasando junto a las huellas de sus pasos.
Aún quería visitar las residencias de la Universidad de Pekín y preguntarle si podría llevarlo a Tiananmén algún fin de semana, pensó Li Bai en silencio al tiempo que observaba a Yang Jian desde atrás. Luego avanzó por el autobús hasta rebasarlo y pudo verlo de frente. Giró la cabeza de un lado a otro, como un girasol, viviendo un día entero en apenas dos minutos, mientras veía a Yang Jian acercarse, hacerse cada vez más grande ante sus ojos y después alejarse hasta hacerse pequeño. Sin embargo, ahora que lo pensaba, nada de aquello parecía demasiado realista.
Pero al menos los dos seguían vivos, aunque vivir no resultara fácil. Cuando la figura se redujo a un puntito y ya no se vio más, Li Bai cerró los ojos.
Antes de venir a Pekín, Li Bai llevaba consigo todos los ahorros que había reunido durante aquellos años: dos mil yuanes. Hasta entonces solo había gastado una pequeña parte, pero no hacía más que gastar sin recibir ningún ingreso, mientras el alquiler, el transporte, la comida y demás gastos iban descontándole unos cuantos yuanes tras otros. Era como contemplar impotente cómo las hormigas iban devorando poco a poco un gran pastel, dulce y apetitoso; tarde o temprano, aquello no podía sino provocar ansiedad.
Después de aquel día, Li Bai dejó de deambular sin rumbo por Zhongguancun. Con la misma perseverancia incansable con la que había buscado a Yang Jian, empezó a recorrer una peluquería tras otra.
Sin embargo, los pekineses parecían no darle tanta importancia al cabello como la gente de Nankín. Tomando como centro la habitación que alquilaba, Li Bai fue ampliando la búsqueda en círculos cada vez mayores, pero no encontró, como había imaginado, una zona repleta de modernos salones de peluquería. Al parecer, aquello que le habían dicho sus antiguos compañeros —que en el norte la gente no era muy aficionada a arreglarse— no era ninguna exageración.
Para colmo, aunque ya llevaba varios años más perfeccionando su técnica, seguía topándose con muchos más rechazos que cuando acababa de llegar a Nankín. Su oficio estaba más que a la altura y además cobraba barato; el principal motivo por el que lo rechazaban era su edad. Lo más indignante fue que una peluquería incluso lo aceptó y lo dejó trabajar tranquilamente durante tres días, hasta que el dueño, de repente, le pagó cien yuanes y le dijo que últimamente había una campaña de inspecciones muy estricta y que, sinceramente, no se atrevía a seguir empleándolo. Añadió que él también iba a regresar a su pueblo por las fiestas y le deseó que pasara un buen Año Nuevo por su cuenta.
Li Bai se sintió como una hortaliza recién arraigada a la que arrancaban de golpe de la tierra.
También comprendió por completo que allí las reglas eran distintas de las que había aprendido antes. Ya nadie lo maltrataba por ser joven, pero tampoco nadie lo quería por ser joven.
Era el día de Laba. Li Bai regresó a casa hambriento y aterido, se tendió en la dura tabla que hacía de cama, se cubrió con la manta y encima se echó también el abrigo acolchado, sosteniendo entre los dedos aquel billete de cien yuanes mientras lo miraba fijamente, absorto. Se abatió durante un rato; luego se levantó y se cocinó gachas. Les echó tanto azúcar blanco que al beberlas se le adormeció la raíz de la lengua.
Shijingshan no había funcionado. Decidió que, después del Año Nuevo, probaría suerte en Daxing.
Aquello seguía siendo la periferia; seguramente allí controlarían el trabajo de menores con menos rigor que en la ciudad.
No tardó en quedarse dormido. En cuanto se relajó, durmió casi dos días enteros. Aún no había amanecido cuando lo despertó el frío. Abrió los ojos y vio que, en la esquina sureste del cuarto de alquiler, se había desplomado un gran trozo del techo, que ocupaba aproximadamente una cuarta parte de toda la habitación. Cascotes y tierra habían caído dentro; encima se abría el cielo completamente oscuro, y el viento helado entraba de lleno. La nieve del tejado había caído por su propio peso, mientras que otra parte seguía amontonada en los bordes, ya bastante derretida, goteando sin descanso.
Incluso alguien tan resignado a ir tirando como Li Bai se asustó un poco. Rescató sus pertenencias, les limpió la suciedad y encendió la pequeña estufa para secarlas. Esperó a que amaneciera y, hacia las ocho y media, cuando más o menos todo el mundo debía de estar ya levantado, llamó con cautela al casero.
El casero no le pidió que pagara nada. Incluso le dijo que lo sentía, que él no estaba en Pekín, pero que ya había contactado a unos obreros para repararlo.
Li Bai esperó tres días, pero no apareció ningún obrero.
Buscó gente por su cuenta. Unos cobraban demasiado y otros ya se habían ido de vacaciones.
Por suerte, la cama no estaba justo debajo del agujero; solo hacía más frío, así que Li Bai no había caído todavía en la miseria absoluta. Durante el día, para matar el tiempo, iba al centro comercial. No compraba nada, solo quería escuchar las canciones de Faye Wong que sonaban por los altavoces. Pero pasaron algunos días más y la víspera de Año Nuevo estaba cada vez más cerca. Li Bai, además, cayó con una fuerte gripe y en mitad de la noche le subió la fiebre. A la mañana siguiente se levantó y se envolvió en tanta ropa que parecía un nabo. Como no tenía seguro médico para ir al hospital a por medicinas, entró en una pequeña farmacia que encontró por ahí. Su cartera volvió a sufrir un duro golpe. De repente se sintió profundamente abatido y tomó conciencia de lo desoladora que era su situación.
Compró una botella de agua mineral, aunque en realidad lo que deseaba era beber agua tibia. Tragaba las pastillas entre lágrimas; además, se había llenado el estómago de un viento tan helado que caminaba hinchado y atragantándose. Antes, por miedo a que alguien entrara por el agujero a robar, se había llevado encima todo lo valioso que tenía: en realidad no era más que un sobre de papel kraft con billetes y un reloj de bolsillo con la llave atada. Con todo su patrimonio a cuestas, caminó hasta la estación.
Con los ojos empañados por el llanto miró un rato el letrero de las rutas. Las direcciones iban en rojo, las letras en un verde apagado; los nombres de los lugares de Pekín eran extraños y caprichosos, y había caracteres que no conocía. Pero esas cuatro palabras sí las reconocía: Puerta Este de la Universidad de Pekín. Identificó la línea correcta y subió a aquel autobús que marchaba hacia el norte.
Para encontrar a Yang Jian, lo único que Li Bai conocía eran el edificio de Física y el comedor número cinco. Le pareció que lo primero sería más fiable. Con el rostro hundido en el cuello del abrigo acolchado, echó a correr en esa dirección, solo para descubrir que en la entrada había guardias de seguridad y una gran pancarta que decía: «Prohibido hacer trampas en los exámenes; fomentemos una ética académica rigurosa».
¿Era época de exámenes finales?
El edificio, y con él todo el campus, estaba extrañamente silencioso. Li Bai comprendió que esta vez no lograría colarse. Se quedó en una pequeña bifurcación donde el guardia no podía verlo y esperó más de media hora. Pasaban apenas unos minutos de las cinco; la tarde había caído en una penumbra espesa. Cuando el ruido comenzó a llegarle a los oídos, tampoco tenía la cabeza muy clara. Tardó más de diez segundos en comprender que aquel estruendo sordo era el de los estudiantes bajando las escaleras mientras charlaban entre sí.
Siguiendo el ruido, fue avanzando hacia donde se extendía la marea humana, a punto ya de tragárselo. Li Bai pensó que debía encontrar a Yang Jian entre toda aquella gente. Y quiso la casualidad que, apenas alzar la vista, la primera persona que viera fuera Hu Qian, quien caminaba a la cabeza del grupo, con un abrigo largo y llevando del brazo a sus amigos a ambos lados.
Hu Qian, evidentemente, también lo vio. Dio unas palmadas a la compañera que iba a su lado, señaló hacia él, y sin duda se puso a comentar algo.
Li Bai retrocedió dos pasos. De pronto había perdido por completo el aplomo con que se enfrentó a ella cuando Yang Jian estaba detrás de él. Ya no quiso internarse en aquella multitud tumultuosa. Junto al borde de la acera había un muro de acebos recortados; se apoyó en él, siguió retrocediendo y luego dobló las rodillas hasta ponerse en cuclillas.
Li Bai se sentó entre los arbustos.
Ya antes le gustaba hacer aquello: sentarse entre la vegetación, dejando al descubierto solo una pequeña parte del cuerpo. Eso le hacía sentirse seguro. Pero eso había sido en Nankín, en algún rincón poco frecuentado de ciertos parques, cuando cobraba el sueldo y podía descansar un rato. Ahora estaba en un campus universitario desconocido, junto a la riada de gente que no dejaba de salir del edificio docente. Li Bai no entendía lo que zumbaban y murmuraban aquellas voces, ni tampoco tenía ya claro qué había venido a hacer a ese lugar.
La verdad era que, a veces, Li Bai no podía controlar bien su propia conducta. Cuanto más consciente era de lo extraño que resultaba, menos lograba contenerse, y aquello lo atormentaba a menudo. Solo tenía un presentimiento: si seguía moviéndose sin ton ni son, estaba destinado a avergonzar a Yang Jian otra vez. Así que retrocedió aún más entre los arbustos, se cruzó de brazos y quedó ensimismado, con la cara hundida entre las rodillas, sin atreverse a salir ni queriendo que los transeúntes lo vieran.
Y aquello, en efecto, aún podía hacerlo. Li Bai era muy delgado, de cuerpo flexible, y tenía larga práctica en meterse y esconderse en toda clase de rincones y recovecos. Entre el hueco de dos árboles podía replegarse hasta el fondo, sin dejar siquiera los pies a la vista.
Poco a poco, Li Bai se fue calmando. Olía la humedad de la tierra; el polvo de las hojas se humedecía con su aliento y la nieve vieja bajo sus pantalones se derretía. Le parecía haberse convertido por completo en una parte de aquella grieta; allí, nadie podía obligarlo a moverse ni arrancarlo de su sitio. También alcanzaba a ver algo de lo que ocurría fuera. Las voces se habían aquietado bastante; ya no formaban aquella densidad opresiva. Tal vez, dentro de un rato, podría salir por sí mismo.
Entonces vio acercarse varias sombras oscuras. Alguien se había detenido frente al muro de acebos.
La respiración de Li Bai volvió a quedar suspendida. Su primer pensamiento fue que Hu Qian había venido a buscar venganza, acompañada de su grupo de amistades vistosamente ataviadas, para insultarlo con palabras peores aún que «zorra». Cuando apartaron la rama que lo cubría, Li Bai sintió que era una almeja a la que arrancaban la concha; se mordió el labio hasta saborear la sangre.
—Así que estabas aquí.
Pero la voz que oyó era conocida.
Yang Jian estaba inclinado frente al arbusto, con los brazos abiertos, tan envolventes como el abrazo mismo del árbol, como si quisiera recogerlo dentro de ellos.
Yang Jian lo había encontrado.
Ni siquiera se había atrevido a pensar: «encuéntrame pronto».
La mente de Li Bai quedó en blanco por un instante. Vio, detrás de Yang Jian, que el cielo entre las ramas secas seguía grisáceo; las urracas chillaban con fiereza; ya se habían encendido algunas farolas, y todavía bastantes estudiantes pasaban por el camino iluminado.
Yang Jian volvió también la cabeza para mirar hacia atrás, y solo entonces Li Bai advirtió que había otro muchacho de pie detrás de él. Vestía completamente de negro; tenía la piel muy blanca y era alto y delgado. La luz verdosa de la pantalla del móvil velaba sus rasgos y los difuminaba, aunque, aun así, se adivinaban delicados.
—Vete tú primero —le dijo Yang Jian—. Lao Zhao ya debe de estar impaciente. Esta noche no iré a la reunión de los compañeros; los del instituto también son bastante pesados. En un par de días quedaré con ustedes dos aparte.
—Entonces adiós. —El otro asintió con la cabeza y se marchó sin apartar la vista del teléfono, sin mostrar apenas curiosidad por lo extraño de la escena.
Sin saber por qué, Li Bai respiró aliviado.
Entonces vio que Yang Jian se agachaba más, apartando todavía las ramas a ambos lados, y se quedaba así, delante de él, como si no hubiera nadie más en el mundo, mirándolo de frente. La hinchazón del rostro ya se le había ido; también habían sanado los moratones del arco de la ceja. Entre la penumbra del cielo y los reflejos de las farolas, su cara parecía luminosa.
Abrió la boca, guardó un momento de silencio y luego frunció el ceño.
—¿Qué demonios te pasa?
Li Bai inhaló hondo y cerró los ojos.
Plic.
No sabía desde qué edad había en su interior un vaso vacío, de vidrio; al mirar el mundo a través de él, todo parecía un poco deformado. Siempre que cerraba los ojos, lo veía. Su mundo también había parecido siempre incapaz de adoptar una forma definida. Pero, «plic, plic plic», justo hacía un momento, habían caído dentro unas gotas de agua.
El agua era muy clara.
El vaso ya no estaba vacío.
