Capítulo 2: Un crío de quince años

Las palabras de Li Bai se le deshicieron en la boca al instante.

Todavía había estado calculando cómo soltar un par de frases amables para dar lástima que, sumadas a su reciente hazaña de alzar la voz ante la injusticia, le permitieran sonsacarle unas cuantas monedas a ese tipo de Pekín (quien claramente tenía dinero de sobra para andar buscando pareja). Con que le soltara algo en plan de agradecimiento, unos diez yuanes, le bastaría para cubrir tres días de alquiler o, al menos, para que le invitara a una comida caliente. Pero ahora, simplemente, era incapaz de abrir la boca.

No sabía qué parte de su conclusión se debía a la pura intuición, pero estaba prácticamente seguro de quién era aquel hombre.

—¿Tu apellido es Yang? —preguntó mientras empezaba a doblar de nuevo el tosco abrigo rechazado para embutirlo en la bolsa de plástico.

La mirada del otro perdió su aire de indiferencia. Se puso de pie bruscamente y se acercó a Li Bai, envolviéndolo con un aura de sangre y frío, hasta casi rozar su nariz con la suya.

—¿Me conoces?

—Yo… —Li Bai retrocedió, con las pestañas temblando—. Si eres Yang Jian, sí.

—Lo soy —respondió él, pero su atención se desvió de inmediato hacia el restaurante de fideos, como si estuviera sopesando algo con los ojos entrecerrados.

—¿No vas a preguntarme quién soy yo? —preguntó Li Bai, alzando la voz.

—Ah, sí. ¿Quién eres? —soltó Yang Jian mientras caminaba directo hacia el local. Cojeaba, pero no avanzaba lento; se limpió distraídamente la sangre de la nariz para evitar que le llegara a la boca. Había preguntado con tal desgana, con una falta de curiosidad tan absoluta, que Li Bai sintió cómo la rabia y el desconcierto le nublaban el juicio. Olvidó la presentación enigmática que había ensayado y lo persiguió apresuradamente.

—¡Soy Li Bai! —le gritó.

Yang Jian, mirando la nieve, se echó a reír.

—Y yo soy Du Fu.

«¿Qué? ¿Du Fu?».

Li Bai hizo memoria: Li y Du, los dos grandes poetas. En la escuela nocturna incluso le habían obligado a memorizar varios de sus versos.

¿Así que Yang Jian pensaba que se estaba burlando de él?

Las uñas de Li Bai rasgaron el plástico de la bolsa que apretaba contra su palma. Tragó saliva, asaltado por una comprensión repentina: habían pasado diez años; era muy probable que Yang Jian no guardara el menor recuerdo de él.

Daba igual que su nombre fuera fácil de retener.

—Vengo de nuestro pueblo —dijo, intentando asirle la manga—. Tú tenías un didi… Su familia murió en un incendio y la tuya lo adoptó. Cuando éramos niños me caí al río y fuiste tú quien me rescató. Casi te ahogas conmigo por haber tragado agua, ¿te acuerdas? —Intentó mencionar algún episodio que hubiera dejado huella.

Esta vez, Yang Jian escuchó con atención, frunciendo el ceño. Estaban a punto de llegar a la puerta del restaurante cuando, de pronto, giró la cabeza y clavó la vista en el muchacho, a quien le sacaba más de una cabeza de altura.

—¿Xiao Bai? —dijo, y añadió de inmediato—: ¡Cómo has crecido!

—Sí, soy yo —respondió Li Bai. La luz cálida del local tiñó su rostro de un tono anaranjado y sus ojos cobraron un brillo centelleante—. Me enteré de que entraste en la Universidad de Pekín… Hiciste la secundaria en la número 4, ¿verdad? Ganaste aquel concurso nacional de composición, el del año 2000; ¡salió hasta en los periódicos! Luego vi en el foro de tu escuela que quedaste octavo en los exámenes de ciencias de tu promoción y que entraste en Física. Podría haber sido alguien con el mismo nombre, pero yo sabía que eras tú.

Yang Jian lo miró con una sombra de asombro.

—¿Y por eso has venido a buscarme?

Li Bai se quedó mudo por un instante. Sin esperar respuesta, Yang Jian empujó la puerta del local y entró con total naturalidad, sosteniendo con entereza las miradas de los pocos comensales. Le soltó al dueño, que en ese momento limpiaba una mesa, que necesitaba lavarse la cara y, acto seguido, se coló tras la cortina de la cocina. Li Bai se quedó allí plantado, desorientado bajo el chorro de aire caliente del aire acondicionado.

—¿Eres compañero suyo? —preguntó el dueño con amabilidad y un leve acento sureño, dedicándole una sonrisa.

—Ah… este… —Li Bai intentó negar el parentesco, pero las palabras no le salieron. Bajó la mirada, incapaz de sostenerle el contacto visual a aquel extraño.

—Hace un rato vinieron unos tipos corpulentos y se llevaron a Xiao Yang. Le dije que no saliera, pero no me hizo caso; ni siquiera me dejó llamar a la policía —suspiró el hombre—. Hoy cerraremos antes. Ayúdalo a volver a su dormitorio para que pueda descansar un poco.

Li Bai se apresuró a darle las gracias.

Se sentía cada vez más fuera de lugar. En silencio, se felicitó por conservar ese corte de cabello tan formal, de estilo estudiantil, y por llevar puesta su camisa blanca más nueva, bien fajada dentro de los pantalones negros, en lugar de haberse echado encima aquel abrigo de algodón color ladrillo que guardaba en la bolsa. En realidad, no tenía tanto frío; el día que decidió entrar al campus se había preparado a conciencia: se puso dos capas de ropa térmica bajo la holgada camisa y, en cuanto se acercó a la puerta de la universidad, se despojó del abrigo para esconderlo. Su intención principal era no parecer un maleante callejero ni un campesino rudo, para no cargar a Yang Jian con rumores del tipo «anda con amistades de dudosa procedencia». Sin embargo, ahora, al compararse con el entorno, percibía que seguía existiendo un abismo entre él y los estudiantes de la facultad.

La razón de fondo, posiblemente, era que él sí era un maleante callejero.

Y cargar con esa enorme bolsa de plástico negra era, en sí mismo, una estupidez.

No obstante, Li Bai decidió que no tenía por qué sentirse inferior. Al menos, cortando el cabello debía de ganar más que Yang Jian sirviendo platos; con lo que había ahorrado estos últimos años, de no haber insistido en venir a Pekín, le habría alcanzado incluso para comprarse una pequeña motocicleta.

Absorto en estos pensamientos, vio a Yang Jian asomar tras la cortina, luciendo una sonrisa cortés ante las miradas furtivas de los comensales. Se había limpiado la sangre del rostro y del cuello, donde aún quedaban gotas de agua dispersas; el flequillo y las cejas, empapados, resaltaban con un negro más profundo. Li Bai pudo verlo por fin con claridad: era, en efecto, un rostro de facciones limpias y agradables, incluso a pesar de la hinchazón. Cuando no sonreía, sus rasgos eran tan definidos que parecían dibujados, pero al esbozar el más mínimo gesto, asomaba un colmillo y se le marcaban dos hoyuelos; tenía, sin duda, los atributos y el aire de ser alguien capaz de romperle el corazón a las jovencitas.

La piel se le veía enrojecida por el agua helada, pero no presentaba muchas heridas abiertas; la más llamativa era un hematoma violáceo en el hueso de la ceja.

Yang Jian también le dio las gracias al dueño, colgó el delantal tras la puerta y se puso su chaqueta de trabajo. Al cruzar el umbral, se quedó sujetando el marco de la puerta, esperando a que Li Bai saliera.

—¿Seguro que no necesitas ir al hospital? —insistió Li Bai, todavía incrédulo.

—No es nada. El que sabe pelear también sabe cómo recibir los golpes —respondió Yang Jian cerrando la puerta con un golpe seco. Se metió las manos en los bolsillos y se adentró en la nieve—. Solo me duele; no tengo ninguna herida que requiera médico.

—¿O sea que eres muy bueno peleando? —Li Bai imitó su gesto y se guardó las manos en los bolsillos. Sonrió.

—¿Estás de vacaciones de invierno y viniste de turismo? —Yang Jian no se dio importancia; en cambio, le hizo preguntas—. ¿Vives por aquí?

—Vivo por Shijingshan, por allá el alquiler es barato.

Yang Jian miró el reloj.

—Entonces date prisa: ya casi son las nueve. El último autobús hacia allá sale sobre las diez.

—A las diez y media aún hay uno; últimamente lo tomo todos los días. —Li Bai se irritó de pronto—. Y no he venido de turismo. ¿Quién va de viaje alquilando cuarto? Para eso se quedan en pensiones, ¿no?

Yang Jian asintió, como si le pareciera perfectamente razonable. Luego volvió a quedarse callado, y aquel pequeño resentimiento de Li Bai se apagó enseguida, sofocado por el aire frío que le entraba en la boca.

Salieron en silencio del callejón oscuro.

—¿Cuántos años cumples este año? —preguntó de pronto Yang Jian.

—Dieciséis. —Li Bai esquivó una motocicleta que pasó rozando por la acera.

—¿Y tu documento de identidad?

—¿Me vas a revisar el registro familiar?

Yang Jian rodeó a Li Bai por el otro lado para separarlo de la calle. A esas horas ya no se veían muchos peatones; había más motitos dispersas que coches. Era una zona de nuevos parques tecnológicos: alrededor, o bien lugares turísticos, o bien universidades; de noche resultaba algo desolada. Lo más brillante eran las farolas y los carteles luminosos de los edificios. Extendió la palma de la mano y movió la muñeca, indicándole que se diera prisa.

Li Bai lo fulminó con la mirada. Le entregó la bolsa de plástico negra, casi arrugada de tanto apretarla, para que se la sostuviera, y empezó a rebuscar en su bandolera de tela caqui.

—Si no lo llevara encima, ¿también pensarías que soy un mentiroso? —Recuperó su bolsa y le estampó el documento en la mano.

—Pero si aquí dice que tienes quince… No cumples los dieciséis hasta noviembre. —Yang Jian examinó la foto del carné—. De pequeño parecías una patata; ahora has crecido así… normal que no te reconociera al instante. ¿Sigues estudiando?

—No. Hace unos años estuve en Nankín, de aprendiz en una barbería; el año pasado ya me hicieron fijo. Pero tampoco soy un analfabeto —respondió Li Bai con cierta molestia mientras recuperaba su documento y lo guardaba en una funda de Naruto de impresión barata—. En Nankín hay muchas clases nocturnas; ahora sé resolver funciones cuadráticas y también sé leer inglés.

Temiendo que Yang Jian lo malinterpretara, volvió a alzar la cabeza.

—Me escapé del pueblo porque no aguantaba que me pegaran todos los días. Y venir a Pekín tampoco tiene ningún propósito concreto… no sabía qué hacer, sólo quería verte a ti… ¡y también a la hermana Yang Ping!

—Se cambió el nombre, ahora se llama Yang Yuqiu. Incluso pensó en cambiarse el apellido, pero luego vio que era complicarse sin necesidad. —La mirada de Yang Jian se suavizó notablemente; sobre todo cuando Li Bai mencionó los golpes, en sus ojos tembló un destello que bien podría llamarse comprensión—. Nos va bastante bien.

—Me alegro. —Li Bai volvió a bajar la cabeza.

Del padre, al que ambos habían dejado atrás, ninguno dijo nada. Era un silencio compartido, casi un acuerdo tácito.

—¿Por qué llevas el abrigo en la mano en vez de ponértelo? —En la entrada del campus, Yang Jian volvió a sacar el tema—. Lo que llevas puesto te queda demasiado grande; pareces un dirigente de visita de inspección, o… por un momento pensé que venías de cantar en el coro de la iglesia de la calle Suzhou.

—… El abrigo parece de la vecina de al lado —respondió Li Bai.

—¿Y qué más da, si abriga? —Yang Jian señaló la mitad de su rostro hinchado y entró en el campus con aire despreocupado. Parecía capaz de leer los pensamientos de Li Bai—. Que la gente te mire solo significa que eres diferente.

Sin saber siquiera si lo conocía, sonrió al chico que pasaba junto a ellos bajo la luz de la farola, empujando su bicicleta.

Li Bai se decidió de una vez, dejó caer la bolsa de plástico negra y se puso el gran abrigo acolchado. La nieve que llevaba encima se fue derritiendo sobre la tela, pero el abrigo era lo bastante grueso y, además, tenía una capa impermeable.

Qué calentito.

Siguió a Yang Jian. Era época de exámenes finales, hacía frío, y el campus estaba oscuro y silencioso. Pasaron junto a un campo de deportes y un conjunto de residencias, y luego atravesaron un pequeño bosque. Li Bai no pudo contenerse más y tiró del bajo de la chaqueta de Yang Jian.

—¿Adónde vamos? —le preguntó.

—Al comedor número cinco. Si voy después de las nueve, todavía queda comida. —Yang Jian lo dejó hacer; el vaho de su aliento blanqueaba un tramo de la noche—. Tú también debes de tener hambre. Invita tu ge.

—El puesto de fideos de antes ya estaba bien.

«Tampoco hacía falta ir tan lejos para invitarme a comer», pensó Li Bai para sus adentros.

—Tengo dinero en la tarjeta del comedor, pero no en los bolsillos. —Yang Jian bostezó de nuevo.

A la entrada del comedor se cruzaron con unos compañeros. Por la familiaridad con la que se comportaban, debían de ser del mismo curso. Acababan de tomar la recena; los tres iban en pijama, con pantuflas y grandes abrigos de plumas. Le dieron palmadas en el hombro a Yang Jian a modo de saludo, sin preguntarle siquiera de dónde venía su herida; se limitaron a lamentarse de que, al día siguiente, la asignatura de Física del Estado Sólido volvería a obligarlos a pasar la noche en vela para salvarse como pudieran. Yang Jian, con gesto serio, les dijo que se lo tomaran con calma, que no acabaran como los de la facultad de ingeniería de al lado, donde a uno ya le había dado un síncope por el esfuerzo.

Luego, llevó a Li Bai hasta el mostrador. Eran, en su mayoría, sobras, pero las bandejas, sumergidas en baños de agua caliente, seguían humeando; el aroma era tentador. La mujer que servía comentó: «Hoy has venido temprano», y, sin dudar, volcó en el plato de Yang Jian varias de las cazuelas casi vacías, con caldo y todo, con bastantes trozos de carne. Al ver que venía acompañado, también le llenó dos grandes cuencos de arroz hasta el borde.

—Ah, muchas gracias. —Yang Jian pasó la tarjeta por el lector y pagó diez yuanes; luego alzó la bandeja metálica—. Este tofu de sangre de pato me encanta.

—Con esa cara, más te vale reponer sangre —lo regañó la mujer—. A saber en qué andas metido todo el día.

Li Bai cargaba con los dos cuencos de arroz y siguió a aquel que, sonriendo, repetía «no pasa nada, no pasa nada», hasta sentarse en una mesa cuadrada bajo la luz.

—Se te da bien la gente —dijo con sinceridad.

Pero Yang Jian ya había empezado a comer. Parecía famélico: devoraba la comida sin reparar en la herida de su boca, como si tuviera prisa, como si aún le quedara algo urgente por hacer. Li Bai tampoco se contuvo; tomó su cuenco y empezó a engullir grandes bocados. Al principio le daba pudor tocar la carne, pero al cabo de unos minutos, aquel salteado de panceta con setas negras se convirtió en su plato favorito.

Sin embargo, en ese mismo momento, Yang Jian dejó de pronto el cuenco, dejó caer las manos a los costados y alzó la vista en silencio.

Al principio, Li Bai creyó que lo estaba mirando a él. Como lo observaba con tanta atención, hasta le dio un poco de vergüenza. Pero enseguida se dio cuenta de que había sido demasiado susceptible: Yang Jian tenía el rostro ligeramente levantado y, claramente, estaba mirando a alguien detrás de él.

¿Había alguien allí? ¿Quién? Li Bai contuvo la respiración y se volvió.

Lo primero que vio fue una falda de lana color café oscuro, con un suéter de punto grueso rosa claro metido por dentro de la cintura. Encima llevaba una gabardina larga, de las que estaban más de moda por aquellos días. Una larga cabellera de grandes ondas le caía por delante, hasta más abajo del pecho.

Al alzar la vista, confirmó que aquella figura tan a la moda era también una joven de rasgos delicados. Pero tenía el rostro desencajado: apretaba los labios y las lágrimas le corrían por toda la cara, colgando bajo la línea fina de la barbilla.

—Yo no sabía lo que había pasado… —dijo ella con la voz ronca—. Ya he hablado con mi hermano. No vayas a trabajar después; ven conmigo al hospital para que te revisen.

—No hace falta. —Yang Jian no se movió; siguió mirándola con calma—. Entiendo que tu hermano no haya podido contener la rabia. Después de todo, yo te hice llorar. Además, yo tampoco le devolví el golpe.

—¡Yang Jian! —La chica rodeó a Li Bai y, en unos pasos, se plantó al lado de Yang Jian.

—¿Qué quieres decir? —preguntó entre lágrimas.

—Que hemos terminado. Lo propusiste tú.

—Lo dije sin pensar, estaba enfadada… —sollozó—. Tú dijiste que no quieres casarte, que no quieres hacerlo a ninguna edad. Pero podemos seguir saliendo ahora, ¿no? Como mucho, cuando yo quiera casarme, rompemos entonces… Todavía ni siquiera tenemos edad para casarnos. ¿Qué prisa hay? ¿No te parece?

—Ahora mismo tú sí quieres casarte.

—No quiero, ¡ya no quiero para nada!

Li Bai contempló cómo la firmeza de la joven se iba deshaciendo poco a poco, como si en el instante siguiente fuera a desplomarse junto a Yang Jian, a apoyarse en sus piernas y romper a llorar.

—No hace falta mentir, ni rebajarte así —dijo Yang Jian, sin siquiera alzar la mano para sostenerla, con una sinceridad absoluta—. Si nuestras ideas no coinciden, forzarlo no tiene sentido. No soy tan bueno como crees, y que dependas así de mí también me resulta demasiado pesado.

La chica se quedó paralizada durante un buen rato. En el comedor, los pocos grupos que había estaban pendientes de la escena, pero la mirada de Yang Jian le resultaba claramente mucho más cortante. Bajo aquella doble presión, empezó a respirar entrecortadamente, cada vez con más dificultad, hasta que el rostro se le puso morado. De pronto alzó una mano y señaló directamente a Li Bai; su mirada feroz se clavó en los ojos muy abiertos de él.

—Muy bien, muy bien. Ya lo entiendo. Tenías tanta prisa por echarme de tu vida porque ya encontraste a alguien nuevo, ¿verdad? Es él, ¿no? Comiendo sobras juntos a estas horas de la noche… Desde luego, son tal para cual.

Se acercó y agarró a Li Bai directamente del cuello de la ropa. Frunciendo el ceño, soltó una risa fría.

—¿Y esto qué es? Vaya cara de zorra… ¿eres hombre o mujer? ¿Del grupo de teatro? ¿Vas a hacer de Xianglin Sao con esa ropa?

A Li Bai le dolió la nuca por el tirón; decidió simplemente seguir la inercia y ponerse en pie. Pensó: «Bueno, ya van tres comparaciones distintas para mi atuendo hoy».

Pero entonces vio que Yang Jian también se levantaba. Se acercó a ambos y, con calma, fue separando uno a uno los dedos de la chica. Tomó el cuello de la ropa de Li Bai en su propia mano, lo acomodó de nuevo en la silla y apoyó las manos en sus hombros, apretándolos con suavidad.

—Sí, claro, mi nuevo amor: un crío de quince años —dijo, esbozando una sonrisa inocente. Tan natural resultaba aquella inocencia que rozaba la frialdad—. Hu Qian, ¿de verdad te crees lo que estás diciendo? ¿No te arrepentirás mañana de estas tonterías?

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